Raymundo
Riva Palacio.
Como jefe de
Morena y candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador fue ligero al
hablar sobre la seguridad, el fenómeno más lacerante en la sociedad, y ofreció
soluciones milagrosas para resolver problemas estructurales en corto plazo.
Pecó de ingenuo e incluso ignorante sobre este tema, y llegó a plantear como
modelo a seguir algunos que, se puede afirmar, no entiende. El punto de partida
de su argumentación y el llamado a la reconciliación a través de una
convocatoria pública nacional puede rastrearse a un mitin en Chihuahua, el 1 de
octubre del año pasado, donde dibujó su propuesta que, dijo, replicaría el
modelo que llevó la paz a Colombia.
A lo que se
refirió someramente López Obrador fue al Plan Colombia, creado por los
presidentes Andrés Pastrana y Bill Clinton, en 1999, que buscaba atender las
causas sociales y económicas del fenómeno, iniciar un diálogo con las
guerrillas de las FARC y el ELN para otorgar amnistías y lograr su reinserción
social y política, y desarrollar una estrategia para combatir al narcotráfico
con batallones militares antinarcóticos.
Esta última
parte no se manejó en Bogotá, sino desde Washington, dirigida por el general
Barry McCaffrey, el zar de las drogas de la Casa Blanca. Los críticos al Plan
dijeron que se institucionalizó la intervención estadounidense en Colombia, lo
que, conociendo la animadversión de López Obrador hacia Estados Unidos, sólo se
puede entender el uso de ese ejemplo a su desconocimiento del mismo, que
también se aprecia en su falta de información actual sobre el incremento de la
violencia y del narcotráfico en esa nación.
Pero las
palabras electoreras siempre buscan tocar música para los votantes. De manera
regular, López Obrador aseguraba en campaña que la guerra contra el
narcotráfico se acabaría a la mitad de su sexenio, pero que “en muy poco”
tiempo se reduciría la violencia, atendiendo las causas económicas del fenómeno
y “haciendo el bien”, sin “apagar el fuego con el fuego, (ni) enfrentar la violencia
con la violencia”, porque “si así fuese, nos quedaríamos tuertos y chimuelos”.
Consecuente
con sus dichos, ordenó foros de consulta para la reconciliación del país y
regresar la seguridad, de donde saldría la estrategia de seguridad del próximo
gobierno. Los foros sirven políticamente, porque la seguridad ha sido debatida
y diagnosticada en México durante varios lustros, y envolverán lo que el nuevo
gobierno está preparando para el arranque del sexenio.
Los
colaboradores de López Obrador saben que las declaraciones del presidente
electo fueron sólo palabras, que para tener los resultados que reviertan los
índices de criminalidad y restablezcan la seguridad colectiva, no bastarán los
36 meses de plazo prometido. Pero, al mismo tiempo, necesitan que la ciudadanía
empiece a ver acciones concretas que apunten en ese sentido y les permitan
ganar espacio de maniobra política. Para ello, existe un plan sobre el que
están trabajando los detalles, que divide al país en tres campos de acción: las
tres grandes capitales, la Ciudad de México y sus municipios conurbados,
Guadalajara y Monterrey; los destinos turísticos de la Riviera Maya, Los Cabos
y Puerto Vallarta, y 254 zonas en el país de alta criminalidad.
Este plan
implica el desplazamiento de lo que le denominan “células” que integrarán mil
elementos de seguridad, compuesta cada una por soldados, marinos y policías
federales, a los cuales se les añadirá una nueva figura de policías
ministeriales, pero adscritos a la nueva Secretaría de Seguridad, y no a la PGR
donde actualmente están, además de policías estatales. Soldados y marinos no
formarán parte de una misma “célula”, sino que encabezarán las suyas, donde el
militar de más alto rango será el responsable, y reportará al secretario
general de Gobierno de cada entidad, quien informará al gobernador para que
éste haga lo mismo directamente con el secretario de Seguridad federal y éste,
a su vez, lo haga con el presidente.
Esta
arquitectura requiere de un funciograma nuevo al que existe en la actualidad,
donde no hay unidades que sólo atiendan una zona en específico, como pretende
este nuevo modelo de aplicación inmediata en las 254 zonas de alta
peligrosidad, que son los polígonos que se han identificado en el país, a
partir de insumos como el historial de incidencia delictiva, los censos de
población, los indicadores sobre gobernanza y las encuestas ciudadanas sobre la
seguridad.
También
requerirá de la creación de una policía ministerial dentro de la Policía
Federal, que se asemeja en sus posibilidades judiciales al FBI en Estados
Unidos, pero no sería lo mismo, pues, a diferencia de ese organismo que trabaja
en apoyo a las policías locales –salvo cuando atrae los casos al convertirse en
casos de índole federal–, estas células estarían por encima de las autoridades
locales, cuyas fuerzas de seguridad están subordinadas al mando militar.
Este modelo
que se pondrá en operación en el arranque del nuevo gobierno no puede considerarse
una política pública, sino una estrategia de intervención rápida y eficaz
contra la delincuencia. Se espera genere acciones de alto impacto ante la
sociedad, con lo cual se cumplen dos objetivos: mostrar que el nuevo gobierno
comenzó a dar los resultados prometidos –aunque en realidad sean de poco
alcance para el objetivo final de López Obrador–, y le dará el espacio para que
las acciones de fondo puedan ser instrumentadas y tengan su periodo de madurez
para que rindan frutos. Si se hace bien, no será una acción cosmética ni
demagógica. Y con algo concreto y eficiente, habrá iniciado el nuevo gobierno.
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