Javier Risco.
Imagínense a una multitud de hombres, sólo hombres, miles,
que caminan por las calles rumbo a un estadio para ver un partido de futbol.
Ahora imaginen que esa masa va indignada, que van a ver el juego, pero no les
importa el resultado, no les importa el marcador ni el rival y mucho menos las
alineaciones o la táctica. Por el camino van recogiendo piedras y palos, y
destruyen cosas cantando canciones de guerra, no de futbol. El colmo de la
locura es que no van a descargar la ira con el equipo rival, no, ellos tienen
pensado atacar a su propia selección.
A pesar de lo increíble y surreal que parezca esta imagen, es
posible y probable. Y es que a la mayoría de los que integran esa horda sin
control, ni siquiera le gusta el futbol, van ahí por otro motivo.
El próximo 24 de septiembre se llevará a cabo, en Madrid, el
World Football Summit, el evento anual de la industria internacional del
futbol. Para que se haga una idea, este encuentro es algo así como el festival
de Cannes del futbol; es decir, se presenta desde nueva tecnología hasta
lanzamientos de nuevos proyectos de estadios o videojuegos, pasando por
encuentros de formadores y representantes y un sinnúmero de charlas de figuras
del balompié.
En esta cita también reconocen y premian a figuras destacadas
en algún ámbito del deporte rey. Este año se premiará a las jugadoras que
integran la selección de Afganistán, por su contribución en la lucha por los
derechos humanos, la discriminación y el abuso sexual.
Un plantel de muchachas que, gracias a la pasión que ponen en
el futbol, le recuerda al mundo lo difícil que es ser mujer y, más aún, en
países como el suyo, en el que no sólo los hombres y las leyes no las ayudan,
sino que las tradiciones y la religión son enemigos aún peores, al ser la
eterna justificación de todo tipo de abusos.
Kelly Lindsey (Omaha, Nebraska, 1979), exjugadora de fútbol
profesional y antropóloga, se hizo cargo, en 2015, luego de una serie de
coincidencias en su vida, de la selección de futbol femenil afgana. El último
partido de futbol femenil que se jugó en ese país asiático fue en el año 2014,
es decir, un año antes de que la actual seleccionadora asumiera, y acabó
suspendiéndose por los ataques de los propios afganos hacia sus jugadoras.
La selección de esta república islámica, la conforman chicas
nacidas o radicadas fuera del territorio, es decir, en la diáspora. Sin
embargo, a pesar de que las estrictas leyes del país no las alcanzan, muchas de
ellas deben mentir a sus familias, e incluso huir de sus casas para poder
entrenar y acudir al llamado de su seleccionadora en alguna nación neutral
cercana.
Pero la labor de Lindsey ha ido mucho más allá de los
márgenes de un campo de juego. En cuanto asumió el cargo, comenzó a investigar
sobre casos de abuso sexual sistemático denunciados por sus jugadoras. Luego de
más de tres años de presentar pruebas e investigaciones en conjunto con The
Guardian, han logrado desmantelar dicha red, que estaba encabezada ni más ni
menos que por el propio presidente de la federación de futbol, a quien la FIFA
finalmente destituyó.
Dentro de los testimonios de la entrenadora al diario El
País, dice que cuando les preguntó a sus dirigidas por qué estaban haciendo lo
que hacían, lo primero que dijeron es que jugaban futbol por todas las mujeres
de su país que no tenían voz.
Cada vez que veamos a las chicas afganas saltar a la cancha,
seamos conscientes que su partido se juega en otro campo y, aunque no parezca,
van ganando.
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