Javier Risco.
No ocurrió así, pero así me lo imagino. Sucedió en Barcelona,
eso es cierto.
El joven tiene apenas 18 años y llega como cada tarde a casa
de su padre, con quien vive desde que decidió que su madre no lo entendía. No
vivían juntos desde el divorcio y las cosas entre los dos son, por lo menos,
tensas.
El padre está sentado frente al televisor mirando las
noticias, El Telediario que le llaman allá. El joven saluda escuetamente y se
mete raudo en su habitación. Si hubiera llegado veinte minutos más tarde seguro
encuentra al padre dormido babeando el sillón, pero no. Y a este padre, como a
todos los padres del mundo, ver a su hijo correr a encerrarse en su cuarto le
resulta, por lo bajo, sospechoso.
¿Qué te hiciste? Pregunta retóricamente el padre al ver un
tiburón dibujado en la espalda del muchacho. Un tatuaje, responde
automáticamente el crío. ¿Con qué dinero? Pregunta el hombre con cara de entre
asco y rabia creciente. Con el dinero de la beca, responde el hijo. A partir de
ahí, supongo que ardió Troya: gritos, llamadas telefónicas cruzadas entre papá
y mamá pasándose la culpa. Que es un vago, que es un tonto, que era lo que
faltaba, hostias para allá y para acá.
Como el papá tampoco entendió al muchacho, este decidió irse,
dejar de estudiar, agarrar sus cosas y marchar, total, ya tiene edad suficiente
para hacer lo que le plazca. Papá, mamá, me voy. No quiero saber más de
ustedes, no quiero tener que pedirles nada, no quiero sus limosnas, me largo… a
casa de los abuelos. Y así fue como declaró el día de su independencia.
Hasta ahí todo normal, una historia familiar cualquiera, como
otras muchas.
Ayer, (esto es lo real) la Audiencia Provincial de Barcelona
rechazó la demanda interpuesta por un joven de 24 años que reclamaba una
pensión de alimentos a sus padres divorciados con los que no mantenía ninguna
relación, seis años después de abandonar el hogar familiar y decidir irse a
vivir por su cuenta.
El tribunal constató que desde la discusión por el tatuaje
(eso es cierto y lo de la beca también) y la posterior “emancipación” del
joven, este no había trabajado nunca, no se había apuntado a las bolsas de
trabajo estatales y no asistió a clases, a pesar de estar inscrito en uno de
los centenares de módulos vocacionales que el gobierno pone a disposición de la
chaviza europea.
En pocas palabras, “el chaval” estuvo viviendo seis años del
dinero de sus abuelos y ahora, cansado de levantarse y quedar desocupado,
decidió volver a estudiar, por lo que exige a sus progenitores que se hagan
cargo económicamente de él porque sus estudios no son responsabilidad de sus
abuelos.
El fallo es hilarante por su simpleza. No ocupa ningún
tecnicismo ni ese lenguaje jurídico que las sentencias suelen presentar. Es lo
más parecido a un tirón de orejas que he leído.
Dice así:
“La petición es rechazada porque se constata que el joven no
ha agotado todas las posibilidades para ser responsable de su decisión de vida
independiente y no se puede pretender que los parientes, por más cercanos que
sean, sostengan las ilusiones o expectativas de quien ya es un adulto… y en
lugar de exigir dinero a los padres, el tribunal exige al demandante que asuma
la responsabilidad de sus decisiones”
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