Raymundo
Riva Palacio.
El primero
de septiembre el presidente Andrés Manuel López Obrador incumplió su promesa de
amnistía para procesados y sentenciados por delitos relacionados con el
narcotráfico. Iba a ser presentada en el Congreso como una iniciativa
preferente para que fuera discutida y con seguridad, dada la mayoría de su
partido, aprobada en un mes. Ya nadie ha dicho nada de tan polémica propuesta,
lo que era un retorno a la sensatez. Sin embargo, en los hechos, tampoco parece
necesaria.
El crimen
organizado se mueve impune por el país, disputando territorios con sus
adversarios, movilizando comunidades para vejar a militares y policías
federales, y generando con esas imágenes la sensación de ingobernabilidad.
Desde febrero, cuando el presidente anunció en Palacio Nacional “el fin de la
guerra contra las drogas”, las condiciones han cambiado para los cárteles. Sus
líderes tienen extendida una especie de salvoconducto con la afirmación de
López Obrador que “no se han detenido a capos porque no es nuestra función
principal”, con lo que sus márgenes de operación deben haberse ampliado
sustancialmente.
Las frases
no ayudan al Presidente. Si su intención era despresurizar a una sociedad en
zozobra por la violencia, el discurso quedó rebasado. Si el propósito es
minimizar el fenómeno, la incidencia delictiva lo ha derrotado. Pero López
Obrador no ceja. El fin de semana en una gira por Tamaulipas, donde días antes
las gasolineras se negaron a reabastecer de combustible a los soldados y
policías federales por amenazas del crimen organizado, López Obrador envió un
mensaje a los criminales para que se desistieran de ello.
“Amenazaron
a este grupo de gasolineros de que no vendieran al Ejército y la policía, están
mal, así no es la cosa”, les dijo el Presidente. “Yo los llamo a que
recapaciten, que piensen en ellos, pero sobre todo en sus familias, en sus
mamás, en sus mamacitas”.
La dulzura
con la que les habla y la ausencia de una estrategia para combatir
integralmente al crimen organizado, los empodera. En su gira tamaulipeca lo
estaban esperando con pancartas de bienvenida miembros de la “Columna Cívica
general Pedro José Méndez”, una escisión de la “Columna Armada Pedro J.
Méndez”, vinculada al Cártel del Golfo, con quien su gobierno había tenido
contactos. La ruta cambió para que no se topara con ellos, pero el comité de
recepción habla por sí mismo del ánimo hacia el Presidente por parte de esos
grupos. En la campaña presidencial fue detenido en un retén de
narcotraficantes, y dejado pasar sin mayor problema al identificarse.
¿Quiere
decir que hay un pacto del gobierno con el crimen organizado? Hasta donde se
conoce, no hay tal. Pero la política de dejarlos pasar y dejarlos hacer,
construye una relación funcional para los criminales. El propio Presidente, en
un uso caprichoso de conceptos para justificar la no acción contra ellos, ha
dicho que el Ejército no será utilizado para “reprimir” criminales. A quien
delinque se le aplica la ley, y si es necesario, por la fuerza. Eso no es
reprimir, sino cumplir con la obligación de un gobierno. No aplicar la ley
contra un criminal es incumplir con la ley y la responsabilidad de una
autoridad.
Esta actitud
pasiva, tolerante y por omisión, cómplice, ya ha sido notada. El nuevo
embajador de Estados Unidos en México ha recibido informes donde le mencionan
esta política del gobierno de López Obrador, que afectan o pueden afectar
intereses económicos de ese país en México. Los jefes de la DEA y el FBI han
visitado al secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, en sus oficinas en México
para discutir estos temas, que han sido mantenidas en secreto por el gobierno.
El secretario de Estado Mike Pompeo, ha discutido ampliamente con el canciller
Marcelo Ebrard sobre el trasiego de drogas por México a Estados Unidos. La
presión, por lo pronto, a nivel de insistencia en las conversaciones, está
creciendo.
El gobierno
de Estados Unidos ha donado equipo a la Policía Federal y a las Fuerzas
Armadas, y les ha dado entrenamiento para interceptar cargamentos de droga y
erradicación de cultivos de amapola, sin que las estadísticas muestren un
cambio en la tendencia. Desde mayo, el presidente Donald Trump se ha referido
en cuando menos dos veces al tema del narcotráfico y su poder en México. A
López Obrador se le van a seguir enredando los temas con la Casa Blanca si no
hay ajustes en sus políticas y, de inmediato, en sus discursos.
La lógica de
López Obrador, según personas que han estado en sus discusiones, es que si no
combaten a los cárteles la violencia se reducirá –como se ha señalado varias
veces en este espacio, esa fue la estrategia en el inicio del gobierno de
Enrique Peña Nieto y fue un rotundo fracaso–, y que la droga que ellos lleven a
los consumidores de Estados Unidos, no es problema de México, sino de Trump.
Esta racional es simplista y las cosas no funcionan de esa manera. El problema
es bilateral, aunque por la asimetría entre los dos países, la carga del
combate al narcotráfico siempre recae en México. El consumo no es único de
Estados Unidos, y desde 1996, al pagar en especie los cárteles colombianos el
trasiego, existe un mercado interno.
Cerrar los
ojos a la actividad de los cárteles o voltear a ver a otro lado mientras
producen, comercializan, distribuyen y transportan su droga, es un error.
Querer evangelizar a los criminales es un acto cristiano, pero no de gobierno.
Su actitud los empodera y su estrategia les irá regalando territorio y control.
Si su intención no es cogobernar con los cárteles de la droga, cuidado, porque
eso es lo que está construyendo.
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