Francisco Ortiz Pinchetti.
Más allá de la polémica sobre la efectividad de la medida en
una reducción del consumo en beneficio de la salud pública –que la industria
minimiza con sus cifras y la academia valora muy positivamente– la aplicación
de impuestos especiales a bebidas azucaradas, alimentos no esenciales altos en
densidad energética, tabaco y alcohol parece tener justificaciones económicas y
científicas evidentes.
El Instituto Nacional de Salud Pública (INS) acaba de
elaborar una nueva propuesta de “aumento moderado” a los impuestos a esos
productos, para reducir la carga de las enfermedades crónicas en México, a cuyo
texto tuve acceso. Y resulta de veras interesante.
Según el INS, el paquete económico para 2020 plantea ajustes
inflacionarios importantes para los impuestos específicos a bebidas azucaradas
y tabaco. “La propuesta de actualizarlos y contemplar ajustes anuales por
inflación, son medidas muy pertinentes para evitar que los impuestos pierdan
valor y que se reduzca la carga tributaria, para que no haya incrementos
abruptos (para el caso de bebidas azucaradas) y para contribuir en el combate
al sobrepeso y obesidad”, indica la institución.
El Gobierno federal propuso hace unos días en su paquete
económico para 2020 aumentar el impuesto a los refrescos a partir del próximo
año para que paguen una cuota de 1.2705 pesos por litro, mayor a la actual de
1.17 pesos, como parte de la Ley del Impuesto Especial Sobre Producción y
Servicios (IEPS) cuya reforma se propone en el documento presentado por la
Secretaría de Hacienda.
Sin embargo, el Instituto considera que la propuesta del
gobierno podría mejorar si se aprobaran incrementos moderados a los impuestos a
bebidas azucaradas, alimentos no esenciales altos en densidad energética,
tabaco y alcohol.
El documento, que incluye gráficas y tablas estadísticas,
muestra los incrementos a los impuestos que permitirían lograr mayores
beneficios en salud derivado de la reducción en consumo. Adicionalmente, se podría financiar, a través
de una parte de la recaudación, la reforma en salud, prioridad del actual
gobierno. Lo anterior requeriría por supuesto permitir etiquetar estos
impuestos para asegurar su aplicación adecuada.
Los incrementos propuestos permitirían que la recaudación por
esos impuestos alcanzara los 192 mil 702 millones de pesos, cifra que indica un
incremento de 62 mil 110 millones de pesos adicionales con respecto a lo
recaudado en el año 2017.
Concretamente, se propone aumentar de uno a dos pesos por
litro el impuesto a bebidas azucaradas, del ocho al 12 por ciento a alimentos
no esenciales, de 0.35 a 1.35 pesos por cigarrillo (adicional al gravamen
actual de 160 por ciento), del 26 al 35 por ciento a cervezas, y del 30-53 al
45-60 a otras bebidas alcohólicas.
Los argumentos a favor de esos incrementos son contundentes.
En 2017 el consumo de bebidas azucaradas se asoció con 16 mil 348 muertes (2.3
por ciento del total de muertes con factor de riesgo identificado). Con el
actual impuesto de un peso por litro, las compras de bebidas con impuesto se
redujeron en seis por ciento en 2014 y 9.7 por ciento en 2015, las compras de
bebidas sin impuesto aumentaron, sobre todo el agua embotellada.
La reducción fue mayor en los más pobres, en los altos
consumidores y en los hogares con niños y adolescentes. El empleo en la
industria de bebidas y en los establecimientos comerciales, no se redujo.
Modelos de simulación proyectan reducciones en sobrepeso y obesidad, diabetes y
diversas enfermedades crónicas.
Igual contundencia muestran las apreciaciones sobre los
efectos distributivos de la medida. Los impuestos, indica el INSP, tienen
mayores beneficios en los más pobres (la población con más bajos ingresos) por
las siguientes razones: Los pobres reducen más su consumo cuando se implementan
estos impuestos (la elasticidad precio de la demanda es mayor en los pobres
porque tienen menos recursos).
Si la reducción en consumo tiene efectos positivos en salud,
precisa la propuesta, los pobres podrían reducir su gasto de bolsillo en salud.
Un beneficio adicional es que la recaudación puede utilizarse para invertir en
salud, particularmente en programas focalizados en los más pobres.
El estudio que sustenta la propuesta concluye que el aumento
a los impuestos a tabaco, alcohol, bebidas azucaradas y alimentos no esenciales
altos en densidad energética tendrían importantes beneficios en reducción de
consumo, beneficios en salud que permitirían reducir los elevados costos
directos de atención derivados de su inclusión en la alimentación cotidiana.
Asegura que los beneficios pueden ser mayores, ojo, en la
población más pobre, dado que responden más a los aumentos en precio y
particularmente si los ingresos fiscales se utilizan para cumplir con el
objetivo de cobertura universal efectiva con protección financiera a todos los
mexicanos.
Frente a las necesidades que la propuesta enfrenta, se
esgrimen razones económicas que como tales pueden ser válidas, pero que languidecen
ante los efectos positivos del incremento de impuestos a productos cuya
producción y comercialización representan sin duda grandes negocios, lo que se
traduce en ingresos, empleos y desarrollo económico.
El dilema se diluye, sin embargo, cuando se ponen en la
balanza los pros y las contras. De entrada, me parece que es inaceptable que se
privilegie la ganancia cuando está de por medio la salud de millones de
personas, y que tengan el gobierno y la sociedad que asumir los costos del
tratamiento de enfermedades causadas por esos productos. No se vale.
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