Adela
Navarro Bello.
El Presidente
Andrés Manuel López Obrador, piensa, como muchos otros de quienes le
antecedieron en el máximo encargo de la administración pública mexicana, que
sus adversarios están fuera del Gobierno. No parece ser así.
Ciertamente
en campaña política, proselitista, como las que encabezó en tres ocasiones el
hoy Presidente de México, sus adversarios estuvieron afuera. En el partido de
enfrente, en la cúpula empresarial, en el Gobierno en turno, en grupos
organizados, conglomerados financieros y otros. Entonces el punto de
enfrentamiento era precisamente el proyecto de nación, querían ganar la
posición para sí o para otros con el fin de llevar a cabo su proyecto y no el
propuesto por López Obrador.
Pero una vez
encabezando el Gobierno federal los adversarios en todo caso pasan a ser
oposición, contrapesos en remotos y contadas excepciones, pues también al
compartir el poder, u ostentar una parte por más mínima que sea en el
legislativo, dejan de ser oposición para convertirse en negociadores.
Hace unos
días el Presidente llamó adversarios a un grupo de ciudadanos que desde una
organización civil se han dedicado al análisis de la administración pública, la
rendición de cuentas y la transparencia para combatir la corrupción
denunciándola a partir de documentos, ponencias y ensayos de corte académico y
periodístico, con el rigor de la investigación.
Este grupo,
Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, junto a otros organismos de la
sociedad civil, crearon uno más para, en la medida de sus capacidades y
utilizando figuras jurídicas asentadas en la Carta Magna, impedir el derroche
de recursos y esfuerzos en los gobiernos que muchas veces ponderan intereses
ajenos a la administración federal en la activación de proyectos y programas.
En el caso
de Mexicanos, inició en 2015. Todavía imperaba el Gobierno de Enrique Peña
Nieto y de esa representación fueron los casos de corrupción que señalaron.
También Peña pensaba que eran sus adversarios, y en el peor de los casos, fue
señalado de haberlos espiado y de enviar auditorías a las empresas
patrocinadoras.
Hoy día
estos grupos han interpuesto una serie de amparos, más de 100, para que se
detengan las obras del Aeropuerto de Santa Lucía que propuso y echó a andar el
Presidente Andrés Manuel López Obrador y que no se inunden las obras del Nuevo
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que propuso y echó a andar
Enrique Peña Nieto.
Varios
jueces de distrito y tribunales colegiados, ante la declaración de
incompetencia de jueces, han concedido suspensiones provisionales y definitivas
en ambos casos.
Para
suspender la marcha de las obras en el Aeropuerto de Santa Lucía, entre otros
fundamentos los colegiados han concedido las suspensiones hasta en tanto:
Demuestre [el Gobierno federal] que cuenta con las autorizaciones requeridas
por parte de autoridades ambientales. Que demuestre [el Gobierno federal] contar con los estudios
en materia de seguridad. Que presente
[el Gobierno federal] dictámenes y permisos. Mientras que para la
conservación del NAIM se analiza, entre otros, la constitucionalidad de la
cancelación.
Es decir,
los jueces de distrito y tribunales colegiados que han fallado a favor de los
ciudadanos organizados [incluidos los residentes de Zumpango, que consideran se
verían afectados con la construcción], lo han hecho no porque les caigan bien
las organizaciones civiles, o porque quieran convertirse de manera gratuita en
“adversarios” del Presidente de la república, sino porque han encontrado
elementos para suspender las acciones de Gobierno. Por ejemplo que no se hayan
presentado los permisos, los dictámenes, los estudios.
Es decir,
los adversarios del Presidente no están afuera, no están en la sociedad civil,
están dentro del Gobierno que encabeza y son aquellos que decidieron iniciar
una obra sin los permisos, los dictámenes, los estudios técnicos, y todos los
requisitos que por ley deben cumplir antes de arrancar construcción, y que
fueron elementos para que los colegiados decretaran las suspensiones.
Los
adversarios del Presidente están a su alrededor y son aquellos que para cumplir
con el proyecto que plantea López Obrador, no le hacen llegar los elementos
legales para ello. Los adversarios son quienes desde el Gabinete federal
incumplen a la población y proveen elementos para ser señalados, denunciados.
No es
adversario quien señala a Manuel Bartlett de poseer junto a sus hijos y esposa
más de 20 propiedades y más de 12 empresas que no fueron registradas
debidamente en su declaración patrimonial, fiscal y documento de conflicto de
intereses. El enemigo del proyecto de transparencia, honestidad y rendición de
cuentas que encabeza el Presidente López Obrador es en todo caso Manuel
Bartlett al ocultar la información sobre las propiedades de esposa e hijos, y
los negocios de los mismos. Como también resulta ser la Secretaria de la
Función Pública, que en lugar de acatar las leyes y la política de López
Obrador de investigar a quien incurra en actos deshonestos, defendió al
director de la Comisión Federal de Electricidad y no permaneció neutral
iniciando una investigación a su debido tiempo.
Los
adversarios, entiendo a estos como los enemigos del Presidente, no están fuera.
No son los periodistas que denuncian las compras del compadre, los bienes del
director, tampoco lo son los ciudadanos que ganan amparos porque funcionarios
federales no hicieron su trabajo, ni siquiera quienes critican una política
pública. Los adversarios del Presidente están dentro de su Gabinete. Son
quienes le dicen que sí a todo, irrespetando la ley. Son quienes abren la
puerta y proporcionan elementos para amparos, para denuncias públicas, para ser
protagonistas de investigaciones periodísticas que revelan irregularidades,
favoritismo, abuso del poder.
Ojalá el
Presidente López Obrador reprendiera a su equipo las fallas que reclama a la
sociedad organizada a la cual califica de adversarios. Ojalá cumpliera con
todos los requisitos de la ley para que ningún Juez le detenga obras, proyectos
políticos. Ojalá…
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