Diego Petersen Farah.
Los 500 años de la llegada de Hernán Cortés al territorio que
hoy es México se ha convertido en una excusa perfecta para el uso político de
la historia. Cortés es sin duda el personaje más odiado de la historia del
libro de texto; es el antihéroe necesario para que los otros brillen, el malo
de la película que hace lucir al protagonista.
De aquí al 2021, que se conmemore la caída de Tenochtitlan,
la figura de Cortés será recordada, novelada, discutida, vapuleada por unos y
ensalzada por otros. Libros, miniseries, películas, pero sobre todo discursos
políticos nos llegarán a raudales para recordar al militar extremeño. Unos
privilegiarán la figura del invasor, el conquistador sanguinario, el hombre
voraz, traidor y falto de escrúpulos. Otros rescatarán al estratega militar, al
político capaz de entender las contradicciones y las luchas políticas al
interior de un imperio no menos sanguinario que tenía sojuzgados a los pueblos
vecinos para imponerse con muy pocos hombres (y unos cuantos virus) a un pueblo
de guerreros. Entre unos y otros vamos sin duda a aprender mucho de Cortés, y
vamos a escuchar enormes barrabasadas de sus aplaudidores y sus detractores.
Pero si de algo podemos estar ciertos es que Cortés estará en
la boleta electoral del 2021. En su gran capacidad para polarizar y manejar
elecciones que tiene Andrés Manuel López Obrador, la figura del conquistador
está ni mandada a hacer para dividir a los que están con él, del lado de
indígenas, de los pueblos originarios, de los que fueron vencidos, despojados y
orillados desde hace 500 años a la pobreza, pero que ahora tienen la oportunidad
de reivindicarse, frente a los otros invasores, los que representan los
intereses extranjeros, la imposición, los que vencieron a la mala y condenaron
a los habitantes originales a ser extranjeros en su s propias tierras.
Algunos conservadores de oposición (es importante hacer la
distinción porque hay también muchos conservadores en el gobierno) ya mordieron
el anzuelo y han entrado a debatir la figura de Hernán Cortés.
Independientemente de que tengan o no razón histórica es una batalla perdida de
antemano, cada vez que intenten matizar o contradecir la versión del presidente
(como la falacia genial de esta semana de que Cortés hizo el primer fraude
electoral del país) se van a colocar solitos del lado de los malos, pues no
están luchando contra una simple versión de la historia sino contra la religión
de la Patria, esa historia escrita en mármol, que solo tiene blancos y negros,
generada después de la revolución como una estrategia de unidad y exaltación
del nacionalismo.
Lo Cortés no quitará al debate lo estridente.
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