Raymundo Riva Palacio.
Algo se está pudriendo, que lo estamos oliendo y que no
queremos admitir la realidad. Pensamos que la violencia está contenida, porque
ese es el discurso oficial que lucha retóricamente contra la estadística del
crimen, que se mantiene al alza en prácticamente todos los delitos. Los nuevos
datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública
dados a conocer esta semana, son más que descorazonadores. La batalla contra el
crimen se está perdiendo de manera creciente en el país.
En 18 entidades, el número de homicidios dolosos se elevó, y
en 13 de ellos se supera la media nacional. Diariamente se registran 25.8
asesinatos por cada 100 mil habitantes, lo que nos hace estar en peores niveles
que Brasil –que en un año redujo su tasa en 10%–, y Colombia. Chile y Bolivia,
a quien tanto hemos volteado a ver en las últimas semanas, tienen 2.7 y 6.3
asesinatos, respectivamente, por cada 100 mil habitantes. Los números han
dejado de ser fríos, y las víctimas, como los menores de la familia LeBarón, ya
tienen nombres y caras. El impacto emocional, por tanto, es mayor.
Zonas enteras se volvieron a calentar, como en Nuevo Laredo y
la Frontera Chica, en Tamaulipas, el norte de Sonora, o surgieron puntos donde
la violencia alcanza niveles de violencia y crueldad que nunca se habían visto,
como en la Ciudad de México, donde los decapitados dejaron de ser excepción, y
las mantas de criminales comienzan a abundar como mensaje a sus rivales o a
funcionarios a los que acusan de haberlos traicionado.
Hay colonias o calles en la capital federal que se han
convertido en puntos donde la recomendación es no caminarlas a ninguna hora, en
lugares céntricos incluso, como cerca de la Embajada de Rusia, donde incluso se
tuvieron que instalar botones de pánico públicos. Pequeños negocios en
diferentes barrios han tenido que empezar a pagar derecho de piso a criminales,
por primera vez desde que iniciaron sus operaciones.
El fenómeno de la violencia no tiene común denominador. Por
ejemplo, el SNSP ubica a Sonora como el estado donde más se elevó el número de
homicidios dolosos durante los primeros 10 meses de este año, en comparación
con el mismo periodo de 2018 (48.2), resultado de la lucha entre el Cártel de
Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación, que es diferente a lo que sucede
en Hidalgo, donde creció también esa tasa (48.1%), pero asociado de manera más
clara con el robo de combustible.
El tercer lugar de mayor violencia es Nuevo León (40.4% el
incremento), que responde a la lucha entre los grupos antagónicos que nacieron
de la división de Los Zetas, el Cártel del Noreste y La Vieja Escuela, mientras
que en Morelos aumentaron los homicidios dolosos 37.1%, como resultado de la
pugna entre Los Rojos, que hasta hace poco dominaban el estado, con el Cártel Jalisco
Nueva Generación, La Familia Michoacana, y los grupos locales Los Tlahuicas y
Los Mayas. En Tabasco, quinto lugar en incremento de ese tipo de delito
(20.8%), disputan al estado los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación,
además de los remanentes de Los Zetas –que antes dominaban la plaza– y el
Golfo.
Para nadie hay respuesta federal eficaz. Al contrario, la
carta de impunidad a los cárteles de las drogas, oficializada con el discurso
oficial de que no los van a combatir porque eso produce más violencia, lo único
que ha probado, según las propias estadísticas gubernamentales, es que genera
más violencia y más muertes. Los homicidios dolosos se elevaron 2.44% en los
primeros 10 meses del año comparado con el mismo periodo del año pasado, que muestra
su gravedad de manera más acentuada cuando se ve el total de víctimas: 28 mil
869 el año pasado, contra 29 mil 571 en los 10 primeros meses de este. La
realidad se estrella con las palabras: este año será el más violento en la
historia del país, incluidas sus guerras y revoluciones, si no se modifica la
estrategia de entregarle el país a los cárteles.
La inacción está resultando tóxica. Desde 2015, cuando
colapsó la estrategia del presidente Enrique Peña Nieto –idéntica a la del
presidente Andrés Manuel López Obrador– de no combatir a los cárteles de la
droga, y se combinó con la entrada en vigor del nuevo Sistema Penal Acusatorio,
que fue la puerta giratoria por donde más de 11 mil delincuentes encarcelados
salieron libres, el incremento en homicidios dolosos ha tenido una línea
ascendente de 45 grados. Ese año la tasa de homicidios dolosos se situó en 20
mil 762, que subió a 32 mil 79 en 2017, y a 36 mil 685 al cambio de gobierno.
Los números van a subir. El gobierno de López Obrador está
haciendo algo adicional pernicioso a lo que hizo el de Peña Nieto: redujo el
número de carpetas de investigación. El gobierno de Peña Nieto entregó 29 mil
100 carpetas de investigación, según un análisis de la consultara GLAC, con
base en las estadísticas del SNSP y del INEGI hasta octubre de este año. Hasta
hace 22 días, el total de esas carpetas era de 24 mil 483; es decir, cuatro mil
617 carpetas menos.
Este hallazgo es inexplicable, salvo porque se encuentra
dentro de la racional de López Obrador de no enfrentar a las organizaciones
criminales. A no combatirlos se le ha añadido la variable de que los homicidios
tampoco se están investigando. La procuración y la administración de la
justicia están congeladas por diseño institucional, que proveyó un coliseo para
los cárteles de la droga, donde luchan por ganar espacios territoriales a costa
de sus enemigos y, de manera gratuita, del gobierno.
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