Jorge Javier Romero Vadillo.
Hace un cuarto de siglo, cuando se discutían los términos de
lo que finalmente fue el pacto de 1996, el cual estableció las reglas para la
competencia electoral principalmente entre las tres fuerzas mayores que se
disputaban el poder entonces –PRI, PAN y PRD–, y que devendría en el primer
arreglo realmente democrático de la historia de México, hubo quienes plantearon
–sobre todo Porfirio Muñoz Ledo, entonces presidente nacional del PRD– que el pacto
debería hacerse en torno a una reforma integral del Estado. Finalmente, solo se
establecieron nuevas reglas electorales –tema nada menor–, pero no se tocó la
estructura contrahecha de la organización estatal que se había construido a lo
largo del siglo XX, entonces a punto de concluir.
La idea de reforma del Estado que circulaba entonces se
centraba sobre todo en la manera en la que se debería articular la formación de
coaliciones para generar gobernabilidad: si era o no necesario introducir
elementos parlamentarios en el presidencialismo, de manera que mejoraran los
incentivos para los acuerdos entre partidos, en un escenario en el que se
antojaban poco probables las mayorías absolutas, como las que durante décadas
disfrutó el PRI, como resultado del sistema de incentivos provisto por las
instituciones formales e informales del régimen, que incluían las malas artes
de la manipulación electoral. En condiciones de competencia justa, la
pluralidad florecería y era necesario adecuar los mecanismos de relación y
cooperación entre el ejecutivo y el legislativo, como elemento esencial del
nuevo arreglo institucional que surgiría.
Además de la profunda reforma electoral, basamento del nuevo
pacto de elites, que finalmente periclitó con la elección federal del año
pasado, el cambio institucional de la segunda mitad de la década de 1990
incluyó una transformación profunda de la Suprema Corte de Justicia, para
fortalecerla y convertirla en un tribunal de constitucionalidad, con capacidad
para dirimir controversias entre poderes y entre órdenes de gobierno –federal,
estatales y municipales–. Así emergió un nuevo régimen, que dejó atrás el
consolidado en 1946, cuando se consolidó el arreglo de partido prácticamente
único, como lo llamó el entonces presidente Ernesto Zedillo.
A pesar de esos dos cambios sustanciales, la base de la
organización estatal se mantuvo intacta, pues las administraciones públicas
siguieron siendo un botín repartido entre los políticos y no se modificó su
operación clientelista y corporativa. A partir de entonces, la competencia
electoral se ha centrado en la captura de las parcelas de poder público para
repartirlo entre los seguidores y los leales, igual que antes, pero ahora sin
siquiera los elementos de continuidad que le daba la competencia dentro de la
misma organización partidista.
Ahora que el gobierno en turno insiste e insiste en que
representa la fundación de un nuevo régimen, ha quedado en evidencia que su
idea de cambio no pasa por transformar la esencia del sistema de botín, sino en
que sea capturado por su propia coalición política. No solo ha barrido con lo
poco de profesional que tenía la administración pública, para repartir el
empleo entre sus clientelas, sino que está haciendo todo lo posible para
capturar también los órganos estatales autónomos, construidos en buena medida
como espacios de profesionalización a prueba de captura partidista. Lo visto en
torno al nombramiento de la nueva presidente de la Comisión Nacional de
Derechos Humanos y las amenazas contra la autonomía y estabilidad del órgano
electoral son dos botones de muestra de la incomprensión de los políticos
mexicanos, lo mismo los de antes que los de ahora, que son casi los mismos de
antes, de la relevancia de la profesionalización y la relativa autonomía
política de los cuerpos estatales.
El Estado mexicano se está desmoronando porque el aparato
burocrático–administrativo de los tiempos del régimen del PRI es obsoleto. Se
trata de una organización que ha puesto siempre por delante la disciplina y la
lealtad política, antes de la capacidad técnica y la especialización. Los
funcionarios en México son más bien operadores políticos generalistas que un
día pueden estar Comunicaciones y Transportes y otro ir detrás de su jefe al
IMSS. Su tarea fundamental es servir de correa de transmisión para el reparto
clientelista de las rentas estatales, a través de los programas públicos. No
son especialistas en cierto ámbito de las políticas públicas que se mantienen
en el puesto por sus conocimientos y capacidades, con independencia del partido
en el gobierno; son parte de una red política específica y quedan fuera del
cargo cada relevo electoral, aun si gana su mismo partido, puesto que sus
lealtades son esencialmente personales.
Este sistema ha caducado y ya no es capaz de cumplir con las
tareas básicas del Estado. El sistema de botín hace que cada tres años en las
administraciones municipales y cada seis en las estatales prácticamente se
renueve toda la red de tomadores de decisiones e implementadores, mientras solo
se mantienen en sus puestos los quienes ocupan los peldaños más bajos de la
estructura, pero tampoco ahí es la capacidad profesional lo que se privilegia,
sino la pertenencia a alguna corporación sindical.
Este clientelismo burocrático es, en buena medida, la razón
del hundimiento de la capacidad estatal para reducir la violencia, pues opera
incluso en los cuerpos de seguridad y procuración de justicia. La ausencia de
policías profesionales, que no sean meros negociadores de la desobediencia de
la ley y vendedores de protecciones particulares, y de fiscales de carrera que
no sean parte de una red de lealtad política nos ha llevado al desastre en el
que nos encontramos. Pero los políticos siguen sin hacerse cargo del tema, como
se ha visto en la transformación cosmética de las fiscalías en casi todas las
entidades federativas.
Los políticos mexicanos siguen aferrados al botín del
presupuesto burocrático para repartirlo entre sus clientelas. Si no es así,
parecen preguntarse, ¿de qué sirve ganar elecciones? Y es que en México no se
hace política para impulsar agendas de reformas y paquetes concretos de
políticas, sino para apoderarse patrimonialmente de los recursos del erario. Y
en ello, la actual coalición de poder ha demostrado ya que son exactamente
iguales. Pero sin reforma del Estado, la República se nos seguirá derrumbando,
gane quien gane las elecciones.
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