Jorge Javier
Romero Vadillo.
El Estado
mexicano se encuentra al borde del colapso. Sus cimientos están carcomidos y
las oquedades se notan por todas partes. Un edificio que nunca fue muy sólido,
pero que se sostenía en pie, ahora amenaza ruina inminente, ante la inepcia de
quienes hoy lo administran y el pasmo irresponsable de quienes contribuyeron a
la carcoma de la estructura. Mientras tanto, los residentes estamos a punto de
ser aplastados por los cascotes, y muchos ya han sucumbido entre escombros.
Construido desde su origen en terreno pantanoso, las necesarias obras de
recimentación nunca se hicieron, mientras se pretendía eliminar el material
putrefacto de su basamento.
La metáfora
ilustra el proceso de deterioro paralizante que vive la organización estatal
mexicana, en el origen producto del triunfo de una coalición militar en la
guerra civil que llamamos revolución, incapaz desde su nacimiento de
sustentarse en una eficaz aplicación obligatoria de la ley, debido a que su
dominio nunca gozó de aceptación plena. Heredero de una trayectoria
institucional basada en los privilegios y las excepciones, de matriz hispánica,
y de una manera de hacer las cosas arraigada por su antecesor inmediato –el
Estado porfiriano–, el cual ejercía su dominio a través de una tupida red de
intermediarios que usaban sus parcelas de poder en beneficio personal, el
régimen posrevolucionario operó siempre con ingentes problemas de agencia y
llevó a cabo su tarea sustantiva, la reducción de la violencia, por medio de la
venta de protecciones particulares y la negociación permanente de la
desobediencia de la ley.
Aquejado de
una incapacidad congénita para cobrar impuestos, el Estado posrevolucionario
nunca pudo imponer una dominación legal–racional efectiva. Durante toda su
historia, la disonancia entre la ley escrita y el orden real fue siempre
evidente. Sus reglas formales nunca alcanzaron la legitimidad necesaria entre
la población como para lograr una aplicación eficaz de la ley a un costo
aceptable. En cambio, desarrolló una compleja red de agentes relativamente
autónomos que vendían protección, cobraban por permitir la violación de la ley
formal y concedían protecciones clientelistas a cambio de apoyo político.
Así de
contrahecho, sin embargo, el Estado posrevolucionario fue relativamente eficaz
para reducir la violencia y durante cuatro décadas también generó un entorno
propicio para un crecimiento económico favorable solo para aquellos que pagaban
por protecciones particulares, mientras las redes de clientelas recibían las
migajas de la bonanza. Se trataba de una estructura abusiva y corrupta, en la
que medraban los agentes que privatizaban en su beneficio la capacidad de
coerción estatal, nunca demasiado vigorosa.
El cambio
tecnológico, el crecimiento de la población y la transformación del mercado
mundial hicieron que la estructura de tabicón y varillas oxidadas y salientes
del edificio priista –que protegió a un empresariado voraz e ineficiente,
incapaz de competir sin el amparo político– tuviera que comenzar a modernizarse.
Se construyeron nuevas alas y nuevos pisos que aparentaban modernidad, pero
sobre la misma cimentación carcomida. Los beneficiarios de las protecciones
particulares cambiaron y se fueron abriendo espacios de certidumbre económica y
política que parecían allanar el camino para una remodelación completa, pero la
base seguía siendo la misma: un sistema de botín controlado por una coalición
estrecha, que apenas si se amplió cuando las reglas del juego de la competencia
por el poder cambiaron. El arreglo monopolista consolidado en 1946, que
obligaba a pertenecer al PRI a quienes buscaran capturar una parcela de rentas
estatales y medrar gracias a ella, fue sustituido por un nuevo pacto en 1996,
abierto a la competencia, pero solo entre unos cuantos, con ingentes barreras
de entrada que benefician a quienes cuentan con redes de clientelas ávidas de
rentas estatales.
La
estructura de la administración estatal siguió siendo la misma: redes de
clientelas burocráticas con incentivos de lealtad política, no de desempeño
técnico eficaz. Un Estado de políticos e intermediarios gestores de demandas
clientelistas y vendedores de protección, incapaz de enfrentar con eficacia
técnica los retos cada vez mayores de reducir la violencia, dar certidumbres a
la inversión, proveer bienes públicos y protecciones generales, sin
intermediación corporativas o clientelista ni pago individual, en una sociedad
de 120 millones de habitantes y en el contexto de una economía global.
Cuando el
PRI fue relevado de la Presidencia, en 2000, los nuevos administradores del
ruinoso edificio desaprovecharon la oportunidad para cambiar los cimientos. Era
una tarea compleja pero posible: había que invertir en profesionalización de
los cuerpos fundamentales del Estado, empezando por su función primordial, la
seguridad. El desastre, sin embargo, llegó con Calderón y su intención de
desmontar la estructura de venta de protecciones particulares que, mal que
bien, aún funcionaba para reducir la violencia. Comenzó a eliminar tabiques en
la base y pretendió apuntalar lo socavado con las fuerzas armadas. Los boquetes
comenzaron a proliferar. Peña siguió agujereando la base estatal sin
sustituirla con cuerpos profesionales especializados, que poco a poco
sustituyeran a las redes tradicionales. El mismo recurso, el ejército y la
marina, para contener la presión de quienes, al ver las ruinas, tratan de
ocupar el vacío también con la fuerza de las armas.
Al actual
Gobierno los escombros le están cayendo en la cabeza. Sin el talento ni el
proyecto para una reconstrucción seria, que requeriría de un nuevo pacto de
gran base política y social, en lugar de parar el derrumbe, contribuye al
socavamiento con su bravuconería y su cantaleta de que las cosas ya cambiaron,
aunque todo vaya a peor. Si la ventaja comparativa sustancial de los Estados es
la capacidad de usar la violencia de manera regulada, pero con mayor eficacia
que sus adversarios, lo que hemos visto en los últimos días es que el Estado
mexicano ha perdido ese atributo sustancial. Es el momento de un nuevo pacto
constitutivo, pero quién podría convocarlo se ha atrincherado en su pretendida
popularidad, se bate diariamente con enemigos imaginarios y carece de la visión
y el talento para lograrlo. Así, el derrumbe continuará, a ver si el colapso no
es total.
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