Raymundo
Riva Palacio.
La captura
en Estados Unidos del exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, le
abrió un enorme e inesperado espacio político al presidente Andrés Manuel López
Obrador, que desde el 17 de octubre, cuando sucedió el culiacanazo, había
perdido su magia por la mala estrategia en el combate a los cárteles de la
droga. La caída de García Luna proporcionó la excusa ideal. “Hay quienes
volteaban con aguerrida nostalgia hacia la ‘estrategia’ de seguridad del
pasado”, escribió el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso
Durazo, en su cuenta de Twitter. “La detención… la ha reducido a la trágica
protección oficial del gobierno de (Felipe) Calderón al Cártel de Sinaloa. Este
hecho refleja por sí solo el desastre que heredamos en esta materia”.
Los datos no
le dan la razón al secretario Durazo, pero eso no es lo importante en este
momento. Tampoco la narrativa política para justificar el fracaso del gobierno
en el combate a los cárteles de la droga, ni la política laxa que ha llevado a
México a una pax narca. Menos aún la discusión sobre García Luna, que deberá
defenderse ante las acusaciones de la Fiscalía del Distrito Este de Brooklyn y
probar que las imputaciones son falsas. Lo que es importante, porque apunta en
la dirección correcta, es lo que sucedió las vísperas, un acuerdo con el
gobierno de Estados Unidos para ajustar la estrategia de seguridad.
La visita a
México del procurador general estadounidense, William Barr, la semana pasada, y
su plática con López Obrador, selló ese acuerdo. Los detalles permanecen
ambiguos, perdidos en los espacios de opinión pública. Un comunicado del
Departamento de Justicia indicó que Barr había discutido con el gobierno
mexicano el combate a las organizaciones criminales trasnacionales, y un
fortalecimiento en la cooperación bilateral para llevarlas a tribunales. El
comunicado del gobierno mexicano aportó un dato adicional, al informar que se
reforzaría el Grupo de Alto Nivel de Seguridad México-Estados Unidos, integrado
en agosto pasado sin que hubiera dado señales de vida.
Los acuerdos
a los que llegó Barr con el gobierno de México hicieron que el presidente
Donald Trump se desistiera de clasificar a los cárteles de la droga mexicanos
como organizaciones terroristas. Reactivar un grupo de coordinación bilateral
no habría sido suficiente para que reculara Trump, pero frente a la vorágine de
información sobre las negociaciones de último minuto del acuerdo comercial
norteamericano, nadie reparó en ello. La postura de Barr, como todas las que
han mantenido en situaciones críticas con el gobierno de López Obrador, fue
inflexible.
El
Presidente había anticipado pocas horas antes de recibir al procurador, que
analizarían un documento que iba a presentar. El plan que llevó Barr tenía una
exigencia, la de fortalecer la cooperación en materia de seguridad, y trabajar
conjuntamente con el Ejército, la Guardia Nacional y la Fiscalía General para
combatir a los cárteles de la droga. Abrazos no, y balazos cuando fuera
necesario para someter a las organizaciones criminales. No importaría el
discurso que quisieran usar el Presidente y el gabinete de seguridad, porque en
todo caso sí se haría el ajuste exigido por Trump para impedir que su amenaza
se concretara.
No esperaríamos
un cambio de narrativa. Si López Obrador la pudo mantener, aunque con gran
desgaste, en los momentos más difíciles de su gobierno en la materia, el
culiacanazo y la matanza de la familia LeBarón, tras la captura de García Luna,
de la cual fue notificado el gobierno mexicano, pero no fue producto de una
negociación, esa retórica le podrá dar frutos renovados y fortaleza política.
Para efecto de la seguridad de los mexicanos, no importa. La pusilanimidad ante
las organizaciones criminales y la pérdida de Estado ante su violencia, tendrá
un corrector que en un principio difícilmente se verá, pero que deberá
funcionar.
Lo
fundamental es detener el avance territorial de los cárteles y la colonización
de las instituciones. Previamente a la visita de Barr, pero tras la experiencia
de Culiacán, se reactivaron diversos sistemas de inteligencia en el viejo
Cisen, llamado actualmente Central Nacional de Inteligencia, que fueron
apagados al llegar el gobierno de López Obrador. Igualmente, se ha comenzado a recuperar
inteligencia y equipos tácticos de la Marina para trabajar en el
desmantelamiento de las bandas criminales en la Ciudad de México. Un reciente
trabajo en ese sentido, de acuerdo con funcionarios federales, permitió que
volvieran a acercarse a José Antonio Yépez, El Marro, jefe del Cártel de Santa
Rosa de Lima, renaciendo la posibilidad de que capturen al rey del huachicoleo
en el Bajío.
Aunque
producto de un desastre y tragedias, lo que está sucediendo por fuera del
escrutinio público en materia de seguridad es positivo. La rectificación que se
está haciendo ayudará al gobierno a ir recuperando la paz, aunque ciertamente
pronto, si se empieza a confrontar a los cárteles de la droga, se empezarán a
notar bajas en las fuerzas federales. Sólo no combatiendo se evitan víctimas en
el Ejército y la Guardia Nacional. Sólo enfrentándolos, la promesa de recuperar
la paz y la tranquilidad nacional, de mantener la nueva estrategia, va a ser
una realidad.
Tras el
respiro que le dará a la economía la firma del acuerdo comercial con Estados
Unidos y Canadá, frenar el alza de los índices delictivos y el incremento de
homicidios dolosos debe ser el siguiente objetivo. López Obrador no perderá
cara. Sólo necesita no empatar en términos definitivos su discurso y la
narrativa sobre el fenómeno, con las acciones. El Presidente ha demostrado su
pragmatismo y que está dispuesto a tomar riesgos aun mediante políticas en las
que ideológicamente no cree. Enfrentar criminales es una de ellas, y lo que
está haciendo es encomiable.
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