Ricardo
Ravelo.
El asesinato
del Juez Uriel Villegas y su esposa Verónica Barajas, uno de los más arteros
que se hayan visto en la historia reciente, rememora los tiempos aciagos que
vivió Colombia en la etapa más cruenta de la violencia que desató el narcotráfico
en ese país. La omisión del poder político llevó a que el país sudamericano
pasara a la fase del narcoterrorismo. En México no falta mucho para entrar a
ese túnel.
Nos
recuerda, también, el estilo mafioso, la forma en que Pablo Escobar –en los
años ochenta y noventa jefe del cártel de Cali– ordenaba ejecutar a personajes
del Gobierno y a los jueces que no le convenían. Pagaba millones de dólares por
asesinar a fiscales y altos mandos policiacos y militares. Esos tiempos se
viven en México y lo más grave es que, más allá de lamentarlo, el Presidente
Andrés Manuel López Obrador se muestra impotente ante este flagelo que poco a
poco está hundiendo a México.
Armado de
muchos recursos explicativos –por no decir que justificaciones– el Gobierno de
López Obrador podrá decir y argumentar todo lo que quiera desde su púlpito
mañanero. Lo cierto es que hay una realidad clara y cruda: su Gobierno es un
fracaso ante el crimen organizado, a pesar de todo el poder que dispone –y que
no le basta– y no obstante que en todo el país opera la Guardia Nacional y
ahora las Fuerzas Armadas. Podría decir muchas cosas sobre el Presidente.
Mentarle la madre por su ineficacia sería muy poco para reclamarle su falta de
compromiso con el tema de la seguridad pública, problema que se comprometió a
resolver.
Con una
corta carrera en el Poder Judicial, Uriel Villegas, quien se hizo abogado en el
2001, comenzó su trabajo como actuario y secretario de juzgado, entre otras
tareas.
Poco antes
de ser trasladado a Colima –un estado que desde hace tiempo debió ser declarado
de excepción por el desastre que padece– fungió como Juez Sexto de Distrito en
Procesos Penales. Desde esa posición le tocó ordenar el traslado de Rubén
Oseguera, “El Menchito” –hijo del capo más sanguinario, –Nemesio Oseguera– de
un penal de Oaxaca a otro de máxima seguridad, “El Rincón”. Consumado el
traslado, el vástago de “El Mencho” fue colocado en la antesala de la
extradición hacia Estados Unidos, donde lo esperaba un voluminoso expediente
criminal y un encarcelamiento que, esperemos, sea de por vida.
Cerrados
todos los requisitos, en febrero de este año, el Canciller Marcelo Ebrard firmó
su extradición y fue entregado a las autoridades de Estados Unidos.
Durante el
lapso en que duró este proceso –traslado de penal y extradición– el Consejo de
la Judicatura le asignó una escolta al juzgador, pero poco tiempo después
renunció a ella bajo el argumento de que no la necesitaba.
Se ignoran
las razones por las que Villegas renunció a la seguridad que le otorgaron. Es
muy probable que, como ocurre en la mayoría de los casos de este tipo, el Juez
asesinado no haya confiado en los hombres que lo cuidaban.
Muchos
periodistas que se han visto en la necesidad de disponer de una escolta, debido
al riesgo que corren, aseguran que han desconfiado de los agentes que los
protegen. En lo personal, he sostenido que la mejor seguridad es no tenerla.
Respecto del Juez Villegas, pues ignoramos las razones porque, en la carta que
en febrero de 2019 le envió al titular de la Judicatura Federal, no las
explica: en aquel momento sólo dijo que ya no la necesita.
Pero lo que
olvidó el Juez Uriel Villegas es que el crimen organizado tarda, pero nunca
olvida en ajustar sus cuentas pendientes. El juzgador no sólo tuvo en sus manos
el expediente de “El Menchito”: también se ocupó de casos relacionados con el
huachicol (así se le llama peyorativamente el robo de combustibles) en la
región del Bajío y, recientemente, habían caído en su juzgado las carpetas
relacionadas con el aseguramiento de cuentas que realizó la Unidad de
Inteligencia Financiera en contra de empresas presuntamente vinculadas al
Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), uno de los golpes más importantes de
la historia en materia de lavado de dinero.
En realidad,
todavía es muy prematuro para establecer las posibles causas del asesinato. Lo
que hasta ahora se sabe es que la Fiscalía General de la República (FGR)
trabaja en la línea respecto de que una posible venganza del narcotráfico pudo
ser la causa del artero asesinato de Uriel Villegas y Verónica Barajas.
Lo que hasta
ahora se ha podido reconstruir es que el Juez Villegas se levantó muy temprano,
como de costumbre; revisó sus redes sociales, envió algunos mensajes,
presuntamente de trabajo y relacionados con las tareas del juzgado a su cargo;
desayunó y, al filo de las 9:30 de la mañana, aproximadamente, un comando
armado arribó a su domicilio. Villegas salió a ver qué ocurría y en ese momento
le dejaron caer una verdadera metralla. Más de veinte disparos cegaron su vida
y la de su esposa. Lo horroroso, además del hecho en sí, es que todo ocurrió delante
de sus dos hijas, una de cinco y otra de tres años. Luego, los sicarios se
introdujeron a la casa y rompieron el sistema de circuito cerrado que
contendría las imágenes de lo ocurrido. La señora del servicio y las niñas
resultaron ilesas. Así, en minutos, se transformó aquella mañana del martes 16
de junio que para Villegas y su esposa pintaba apacible.
La lógica
indica que la saña contra el juzgador y su esposa, descargadas por el escuadrón
armado, no tiene otra lectura más que un claro ajuste de cuentas del crimen
organizado. ¿Fue una orden de “El Mencho”? ¿Así vengó la extradición de su
hijo? Si investigan a fondo, las autoridades conocerán la verdad. El Presidente
López Obrador prometió justicia en este caso y castigar a los culpables. Pero
su palabra se pierde en el vacío. El mandatario está más preocupado por hacer
campaña rumbo a la elección del 2021 que por esclarecer los baños que sangre
que han ocurrido en lo que va de su Gobierno.
Un crimen de
Estado.
El
presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar,
calificó el asesinato de Uriel Villegas como un crimen de Estado. Esta
declaración lleva fondo. En realidad, un crimen de Estado es cuando varios
miembros de la cúpula del poder se confabulan para asesinar a un rival político.
Pudo ser el caso, en 1994, de Luis Donaldo Colosio, cuyo asesinato apunta a una
decisión tomada en Los Pinos, lo que quizá nunca sabremos porque esta
investigación fue cerrada y, peor aún, sepultada.
Lo cierto es
que desde hace muchos años los juzgadores de todos los niveles –desde jueces y
magistrados– trabajan en completa vulnerabilidad y, pese a la narcodinámica que
vive México, el Consejo de la Judicatura Federal no se ha preocupado por
construir un instrumento eficaz para brindar protección obligatoria a los
juzgadores que deben emitir fallos sobre asuntos de la delincuencia organizada.
En el año
2006 fue asesinado el Juez Vicente Bermúdez. Desde entonces no se había
presentado un caso de esta magnitud. A Bermúdez, según las indagaciones efectuadas
en su momento, le tocó revisar el expediente sobre la viabilidad de la
extradición de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”.
Su opinión
–según se sabe– fue a favor de la extradición y, poco tiempo después, lo
ejecutaron. El crimen no olvida.
Este asesinato
reabrió entonces la discusión sobre la implementación de la figura de los
jueces sin rostro, igual como se hizo en Italia, Colombia y Perú, medida que,
se decía entonces, brindaba seguridad al juzgador porque no era conocido por
los actores de un hecho criminal.
Pero aquel
instrumento devino en corrupción. Se documentaron muchos casos en los que
personas inocentes terminaron en la cárcel sin que se dispusieran de pruebas
fehacientes; se dijo en aquel momento que esta figura de los jueces sin rostro
atentaba contra los derechos humanos.
En las
reformas judiciales mexicanas se desechó este recurso. El argumento: que el
Juez debía dar la cara ante las partes, pues lo contrario, se explicó, atentaba
contra las libertades.
Sin embargo,
no se entiende por qué el Poder Judicial no cuenta con un instrumento de
protección eficaz para sus juzgadores, sobre todo, tratándose de un país como
México donde el crimen organizado gobierna en buena parte del territorio y,
peor aún, cuando toda la estructura de poder –el Estado mismo, para ser claros–
está totalmente rebasado y no puede garantizar la seguridad de ningún
ciudadano.
El Poder
Judicial ahora mismo tiene cientos y cientos de expedientes sobre la
delincuencia organizada, otros relacionados con herencias, despojo de tierras,
fraudes, extradiciones, lavado de dinero, tráfico de drogas, por citar sólo
algunos. ¿Y dónde está la seguridad para sus juzgadores? ¿Alguien se preocupa
por ello? Los altos mandos del Poder Judicial pegan el grito sólo cuando un
Juez es asesinado arteramente, como ocurrió con Uriel Villegas.
Mientras el
Gobierno de López Obrador no ponga orden en el país –hasta ahora no se ve cómo–
el elevado nivel de ejecuciones continuará.
En la medida
en que las investigaciones criminales –como las que lleva Santiago Nieto en la
UIF– se incrementen y las carpetas de investigación sean consignadas, el riesgo
de más asesinatos de juzgadores aumenta. ¿Alguien en el Gobierno tiene
consciencia de esto?
¿El
Presidente?
Lo dudo.
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