Raymundo
Riva Palacio.
En poco más
de un año, Beatriz Gutiérrez Müller pasó de ser la esposa a la que escuchaba
Andrés Manuel López Obrador y carecía de voto y veto, a la esposa a la que el
Presidente le hace caso y lo lleva a modificar políticas públicas y acciones de
gobierno. La vimos actuar por primera vez cuando lo empujó a un diferendo
diplomático con España por exigir a manotazos una disculpa por la Conquista,
hace más de 500 años, y recientemente, al empujarlo a firmar la muerte de un
órgano contra la discriminación –que surgió del activismo y la presión de
luchadores de la verdadera izquierda mexicana en beneficio de la nación–, y
provocar una polémica censura a la libertad de expresión.
A lo largo
de este tiempo, Gutiérrez Müller se ha colocado en las antípodas de lo que su
complaciente esposo dice no ser: déspota, autoritaria e intolerante. El último
episodio, discutido ampliamente, sobre la insensibilidad y torpeza de Mónica
Maccise, que como titular del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación
invitó al comediante Chumel Torres a un foro sobre racismo y clasismo después
de que se había referido de manera racista y clasista sobre el hijo menor de la
pareja presidencial.
Su intervención,
sin facultad alguna para hacerlo, para que la Comisión cancelara el foro, fue
preludio a que el Presidente pidiera el cierre del respetado organismo en
México y el mundo –como lo han demostrado las críticas al Presidente por su
ataque al organismo–, y a sus más cercanos a exigir a la cadena HBO, que
transmitía un programa de Torres, cancelarlo. Lo profundamente despreciable de
los comentarios del comediante sólo fueron superados por el condenable ataque a
las libertades, sólo vistas hoy en día en regímenes autoritarios. Se puede
argumentar que si el Presidente no detuvo esas acciones ilegales e ilegítimas,
es porque las avala y las escala.
Este
desafortunado e inacabado episodio desnuda el talante de Gutiérrez Müller,
quien no fue la primera vez que intervino con la fuerza implícita que le da ser
la esposa del Presidente. El año pasado, cuando su hijo tuvo un accidente que
ella misma hizo público en redes, y convirtió un asunto privado en público,
protestó airadamente a El Universal por publicar la fotografía del menor
saliendo del hospital en una silla de ruedas. Los propietarios del periódico
sintieron que tenían que compensarla y sacrificaron a dos experimentados
editores y a una reportera.
La forma
como irrumpe la señora presidenta, por la que nadie votó pero que toma
decisiones que afectan a la sociedad, no tiene precedente. Otras primeras damas
–un término que le choca que le apliquen, aunque no significa absolutamente
nada y es un sinónimo popular para identificar a la esposa del presidente aquí
y otras partes del mundo–, han tenido influencia sobre sus cónyuges, pero sin
el talante abiertamente brutal, por lo violento de sus formas y consecuencias,
como el que realiza Gutiérrez Müller.
Marta
Sahagún, quien se casó con Vicente Fox en Los Pinos, fue precursora de la
señora Gutiérrez Müller en convertir asuntos de vida privada en públicos, y
usaba su influencia con su esposo, no para cambiar políticas públicas, sino
para hacer gestiones para conocidos –algunos actuales colaboradores de López Obrador
en Palacio Nacional, por cierto–, y tejer negocios al amparo del poder. La
señora Fox sí se llegó a quejar, en calidad de operadora de medios de su
esposo, sobre coberturas periodísticas, pero sin amenazas ni gritos.
Fuera de
Marta de Fox, no se recuerda a nadie con las ínfulas de poder que da compartir
alcoba con el Presidente. Los abusos cometidos, como la frivolidad de Angélica
Rivera, no causaron daño a la sociedad, sino más bien fue tóxico para su esposo
Enrique Peña Nieto, a quien una casa adquirida en un claro conflicto de
interés, pavimentó el último trato de la carretera para que López Obrador
llegara a la Presidencia.
Rivera nunca
se quejó con los medios de los insultos soeces contra sus hijas, algunos de
ellos proferidos por los que ahora se quejan de Torres. Margarita Zavala, que
tenía una larga carrera política cuando Felipe Calderón, su esposo, llegó a la
Presidencia, nunca se quejó de las duras críticas que recibieron, y si bien no
dejó de hacer política partidista, no lo hizo de manera pública.
Previamente,
ninguna esposa de presidente actuó en la política, ni generó escándalos
públicos. La única primera dama que vivió un episodio vinculado con una
publicación fue Carmen Romano, esposa del presidente José López Portillo,
cuando en la parte final del sexenio apareció un libelo –llamándola incluso
meretriz–, en una revista del Instituto Nacional de Bellas Artes, el cual
provocó una indignación que llevó a la destitución violenta de su entonces
director, Juan José Bremer.
Más allá de
aquello, no se habían vivido ataques frontales a las libertades como los que
realiza la señora Gutiérrez Müller. El presidente López Obrador insiste siempre
en que respeta las libertades, lo que objetivamente es cierto, y que no hace lo
que otros presidentes, que piden cabezas de periodistas, que también es cierto.
Por eso mismo, al encontrarse en sus antípodas, su esposa tendría que
contenerse o ser frenada. En términos de responsabilidad política y rendición
de cuentas, la señora no existe, pero la tolerancia a sus acciones provoca
alteraciones en la vida pública, lastima a instituciones y provoca cambios en
la política, que afectan a todos.
En el
episodio con el Conapred y Chumel Torres, el sentido común y la indignación
pública coinciden con la molestia de la señora Gutiérrez Müller. No así en sus
arrebatos, ni en la forma como se dejó influir Andrés Manuel López Obrador y
actuar en consecuencia, lo que es improcedente e indebido para un Presidente,
que respondió con acciones que afectarán a miles de personas, y todo por un
arrebato de su esposa.
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