Raymundo
Riva Palacio.
La Fiscalía
General, atrapada en el desaseo legal, va a investigar quién filtró la denuncia
del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, el miércoles por la tarde. La secrecía
explotó un documento para el conocimiento único de la autoridad, la defensa del
inculpado y eventualmente de los imputados, convirtiéndose en material público
al alcance del que quisiera. La filtración lo exhibió, pero sobre todo, afectó
el debido proceso y viola la presunción de inocencia. La buena es que una gran
pista está más cerca de lo que parece. Está en Palacio Nacional, y las pruebas
las encontrará en las conferencias mañaneras del presidente Andrés Manuel López
Obrador, el primer filtrador de la nación.
El
Presidente siempre dice que su pecho no es una bodega y es cierto. No miente,
aunque suele confundir lo que tiene que ser mantenido bajo el sigilo
profesional, y lo que cree que debe ser difundido en menoscabo de la ley, y en
beneficio –lo que es relativo– de la sociedad. Paradójicamente, este jueves le
pidió al fiscal que actúe con apego de la ley, cuando sistemáticamente hace lo
contrario.
López
Obrador lleva toda la semana, de lunes a jueves, animando a todos, incluido a
Gertz Manero, a que violen la ley y que difundan lo que es secreto, violentando
el debido proceso y la presunción de inocencia. Todavía este jueves, en medio
de la escandalera política, valoró lo que leyó en periódicos y vio y escuchó en
la televisión y la radio –porque dijo que no terminó de leer la denuncia–, como
algo “muy grave, muy escandalosa”.
Esta parcialidad
sobre una investigación en curso y un juicio, que apenas comienza, borra la
presunción de inocencia, pero no tiene que ver con las filtraciones del
Presidente, sino con su imprudencia jurídica y política, a menos que sólo le
importe esto último y que la ley sea irrelevante para sus fines. Pero cuidado.
En el caso
de las filtraciones de cualquier investigación en curso por parte de un
funcionario, se viola el artículo 225 del Código Penal Federal, en cuyo inciso
XXVIII prohibe “dar a conocer a quien no tenga derecho, documentos, constancias
o información que obren en una carpeta de investigación o en un proceso penal y
que por disposición de la ley o resolución de la autoridad judicial, sean
reservados o confidenciales”.
Ese es
nuestro Presidente, que ha incurrido en filtraciones de averiguaciones en curso
de distintos temas. En el caso de Lozoya, ha dejado constancia de haber
adelantado procedimientos legales, a partir del conocimiento que tenía –no se
explican de otra forma sus afirmaciones–, del expediente en manos de la
Fiscalía General, que no deja de decir que es autónoma, aunque cada vez queda
más de manifiesto que la línea de independencia de Gertz Manero, se estira y
achica en función de los intereses de Palacio Nacional.
Un botón de
muestra: en la mañanera del 12 de agosto le preguntaron sobre las informaciones
periodísticas que daban cuenta de la imputación de Lozoya del expresidente
Enrique Peña Nieto y su exsecretario de Hacienda y Relaciones Exteriores, Luis
Videgaray. López Obrador afirmó que de acuerdo con las imputaciones de Lozoya,
tendrían que declarar los dos, además del expresidente Felipe Calderón, que
también había sido señalado por el exdirector de Pemex. Hasta ese momento nadie
sabía que Calderón había sido imputado por Lozoya, puesto que la primera
referencia de ello se publicó en este espacio el lunes pasado, lo que fue
confirmado hasta el miércoles.
Esa es una
filtración importante al venir del Presidente, y ensució el caso más importante
que sobre corrupción tiene el gobierno de López Obrador. Pasó desapercibida la
violación presidencial de la ley, por la polarización que genera el Presidente,
y la convicción de muchos de que más importante que la justicia –aunque el
discurso sea distinto–, lo esencial es la denuncia para lograr la inhibición
moral. La moral, sin embargo, no resuelve la corrupción ni su factor
determinante, la impunidad, pero la forma como el Presidente está manejando las
cosas, con un énfasis en la política, el escarnio y la sanción pública, la
impunidad no borrará la corrupción. Peor aún es que acabe López Obrador con un
sistema corrupto –lo que sería muy bueno–, para instalar otro sistema corrupto
–lo que sería muy lamentable.
La
investigación de la Fiscalía General de la filtración de la denuncia de Lozoya
no es la única donde se está tratando de determinar su origen.
El gobierno
está investigando las filtraciones del gabinete de seguridad que han encontrado
exposición pública en una columna de Héctor de Mauleón, de Raúl Rodríguez, de
Salvador García Soto y en dos más de quien esto escribe. Hay otras filtraciones
internas que se están investigando sobre asuntos intragabinete, pero el perfil
de la filtración de la denuncia de Lozoya está en el contexto de la
investigación sobre de dónde obtuvieron su información los columnistas.
Lo que
estamos observando con estos casos es un absoluto caos en el manejo de la
información confidencial del gobierno y las contradicciones y choques dentro de
Palacio Nacional, donde dirimen asuntos de seguridad nacional en la prensa. En
el caso de Lozoya, las filtraciones son más graves, porque se supone hay una
lucha contra la corrupción, y lo que se pone en riesgo es la legalidad y la
legitimidad judicial del mismo, agravado por el hecho de que el primer
incitador y violador de la secrecía de las investigaciones es el presidente de
la República.
Gertz Manero
tendrá que investigar el origen de las filtraciones, pero primero debería
persuadir a López Obrador de que si su pecho no es una bodega, ello no
significa que por sus creencias y desconocimiento violente sistemáticamente la
ley y afecte los objetivos de una procuración y administración de justicia
imparcial. Eso es a lo que todos debemos aspirar, aún cuando se enoje el
Presidente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.