Arnoldo
Cuellar.
La forma
esencial de hacer política del PRI, que logró catequizar al PAN a su llegada al
poder en gubernaturas y en la propia Presidencia de la República, fue la
corrupción: repartirse
los bienes públicos entre cuates, para que las redes de complicidad crearan una
omertá, o ley del silencio, como en cualquier mafia que se respete.
Sin embargo,
el modelo de corrupción priista, floreciente en la cerrada sociedad mexicana
del siglo XX, no pudo sobrellevar a la oxigenada vida pública del nuevo milenio
y los modos del peñanietismo, frívolo además de corrupto, terminaron por hacer
crisis en el 2018, hundiendo las expectativas electorales de ese partido
cuyo regreso al poder fue un epílogo patético para una historia que, de acuerdo
al clásico, se repitió como comedia.
Ahora, de
nuevo bajo el expediente de las filtraciones y no de los procesos legales,
surge a la luz pública el detalle siniestro de la corrupción que como pantalla
se proponía “Mover a México”.
¿Sorprende
a alguien ver videos de maletas repletas de billetes, saber de regalos de
ferraris, conocer que los votos de la oposición se pagan en metálico o con favores?
Parece que no: la
clase política no goza de buena fama desde hace mucho tiempo en México.
Guanajuato
no se escapa al auge de inmoralidad que inundó el país de la mano del regreso
priista en el año de 2012. ¿Nombres? Gerardo Sánchez García, Francisco Arroyo
Vieyra, Bárbara Botello Santibáñez.
Los
principales dirigentes de corrientes del PRI, los políticos más exitosos para
conseguir candidaturas, también se convirtieron en magnates a lo largo de los
seis años del sexenio peñanietista, mostrando que por la vena priista no corría
otra motivación más que la corrupción.
Gerardo
Sánchez, consentido por Luis Videgaray desde la coordinación de campaña y la
Secretaría de Hacienda, obtuvo no solo posiciones políticas, sino también
recursos públicos, mediante subsidios legislativos y fondos para programas
sociales. Los cientos de millones de pesos que formalmente iban destinados a
orquestas infantiles y ballets escolares, terminaron convertidos en
invernaderos de la familia Sánchez y en casas señoriales en varios municipios
del estado, incluyendo Guanajuato y San Miguel de Allende, donde el metro
cuadrado de terreno se tasa en dólares.
Francisco
Arroyo encontró la veta en el tráfico de influencias desde el Congreso de la
Unión, lo que le dio para impulsar despachos fachada desde los cuales acumuló
una serie de casonas emblemáticas de Guanajuato, hoy convertidas en hoteles,
además de un millón de dólares en una cuenta bancaria en el paraíso fiscal de
Andorra. No contento con eso, Arroyo logró obtener de Peña Nieto un retiro
dorado como embajador en Uruguay, donde lo sorprendió la revelación de sus
“ahorros” en el principado europeo, para desdoro de la diplomacia mexicana.
Sin embargo,
el éxito económico del ex legislador guanajuatense le alcanza para paliar su
declinación política al estar convertido en un influyente aliado del alcalde
panista Alejandro Navarro, quien le endosó en propiedad el sistema municipal de
agua potable a través de su protegido Juan Sebastián Ávila, un funcionario sin
mayores dotes que prosperó en la política municipal de la mano de Arroyo
Vieyra, ocupando cargo tras cargo pese a su carencia de perfil.
El político también
capitaliza su boom inmobiliario al rentar espacios para oficinas municipales de
otras de sus múltiples propiedades, cuyas adquisiciones no se explican ni
acumulando todas las dietas de un cuarto de siglo en cargos de los congresos
local y federal.
Bárbara
Botello le entregó a Peña Nieto un triunfo en la capital del panismo
guanajuatense, en el 2012, lo que le fue recompensado con un apoyo absoluto
desde la Presidencia de la República. Además del gasto ordinario del municipio
de León, la Alcaldesa priista recibió aportaciones directas del erario federal
para realizar obras y proyectos que se perdieron políticamente entre escándalos
de corrupción que la llevaron a pisar la cárcel, al igual que a su tesorero
Roberto Pesquera Vargas. Con ello se perdió la posibilidad de que el PRI
pudiese convertirse en alternativa política para Guanajuato.
Así, el
impulso electoral del 2012 después de la reconquista de la Presidencia de la
República, se perdió en un mar de corrupción a nivel local y federal, lo que
condujo a la pérdida de la alcaldía de León en 2015 y la presidencia de la
República en 2018. El PRI descendió al tercer lugar electoral y su bancada ya
lo hace formar entre la chiquillada del congreso.
El PRI
que logró una fugaz restauración, reconstruido a golpe de mercadotecnia,
protección de las grandes televisoras y ambiciones pecuniarias desatadas, no
tuvo combustible para gobernar y hacer política tras el fracaso de los 12 años
de gobiernos panistas y su desastre en materia de seguridad.
El PRI,
de los Peña, Videgaray, Lozoya, Osorio y Ruiz Esparza, a nivel nacional; y de
los Sánchez, Arroyo, Botello y Pesquera, no tenía más motivación que el
enriquecimiento y lo lograron con creces, al precio incluso de entregar el
poder en las manos de su adversario histórico.
¿Tiene
algo que hacer ese PRI en las próximas elecciones en Guanajuato? Hay quienes así lo consideran, como
la intermitente presidenta estatal, la potosina Ruth Tiscareño, quien parece
considerar un logro de alta diplomacia el tener un consejo político equilibrado
de arroyistas y gerardistas.
Es el
PRI, la corrupción para ellos no es defecto sino parte sustancial del ADN. Así
vivieron, así desaparecerán.
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