Jorge Javier Romero Vadillo.
Las fuerzas armadas mexicanas no están acostumbradas a la crítica.
Durante décadas, en los tiempos de la época clásica del régimen del PRI, fueron
intocables en los medios de comunicación, como parte del pacto que garantizó su
alejamiento relativo de la lucha por el poder político. A cambio de su
sometimiento al poder civil, los altos mandos del Ejército consiguieron
mantener importantes parcelas de control territorial de rentas, una
representación corporativa en el Congreso, gobiernos estatales y la cerrazón
frente a cualquier escrutinio social, no se diga ya judicial, de sus
actividades.
En el discurso oficial, las fuerzas armadas eran objeto de
reconocimiento y pleitesía en cada informe presidencial, donde era alabada su
patriótica entrega; en el momento de la mención del Presidente, los jefes
militares eran ovacionados con entusiasmo por los presentes en el recinto
legislativo y estos se ponían de pie, con gesto marcial, para agradecer los
aplausos. Más que una obligación, su
aceptación de la subordinación al orden civil del régimen era vista como una
concesión que cada año debía ser agradecida desde la tribuna en la que el
ejecutivo simulaba rendir cuentas a la nación.
Así, no es extraño que los militares se muestren susceptibles ante las
críticas que su actuación en tareas de seguridad pública. Su baja tolerancia es reflejo no solo de la
falta de costumbre en eso de rendir cuentas, natural en las organizaciones
militares de los regímenes autoritarios como fue el mexicano, sino de una
sensación de vulnerabilidad producida por una alta exposición a la atención
pública debido a su despliegue generalizado durante los últimos dos lustros.
Los militares se sienten expuestos porque las autoridades civiles los
han colocado en la primera línea de responsabilidad en actividades que no les
corresponden constitucionalmente y para las que, según sus propios dichos, no
se encuentran capacitados.
Así, el director general de Derechos Humanos de la Secretaría de la
Defensa Nacional, General José Carlos Beltrán, ha salido en conferencia de
prensa a descalificar los cuestionamientos clamando injurias y difamación. De
manera genérica, ha desechado toda crítica como calumniosa si no se acompaña
una acusación formal, como si los indicios sustentados estadísticamente con
base en datos provenientes de información oficial no fueran suficientes para
llamar la atención y desatar las alarmas respecto a la necesidad de revisar el
despliegue militar como la principal estrategia de política pública de
seguridad. Cuando se trata a todos los críticos como simples detractores se
acaba por rehuir toda responsabilidad.
El General Beltrán ha pretendido
cancelar toda controversia sobre el respeto de las fuerzas armadas a los
derechos humanos en sus actuaciones de la malhadada guerra en la que Felipe
Calderón los metió y Enrique Peña Nieto los ha mantenido con la lectura de su
informe burocrático de actividades al frente de la dirección de derechos
humanos de la Sedena. En su conferencia
de prensa nos enteramos de la ingente cantidad de cursos y pláticas que sobre
la materia han recibido soldados clases, oficiales y jefes; con ello nos quiere
convencer de que el comportamiento militar es impoluto. La lectura de los
manuales de uso de la fuerza se traduce, según su dicho, en el inmediato uso
proporcionado de la fuerza. Cursos sí,
controles democráticos de sus actos, eso sí que no.
El asunto no es cuántos cursos reciben los soldados, sino la necesidad
de que si se va a seguir utilizando a las fuerzas armadas como principal
garante de la seguridad pública –por más que se le disfrace con el confuso
término de seguridad interior– deben existir mecanismos de supervisión operativa
de sus acciones que no dependan de las fuerzas armadas mismas. De eso se
habla cuando se pide que exista rendición de cuentas de las acciones del
Ejército y la marina, pues se trata de servidores públicos del Estado mexicano,
como cualesquiera otros. Si los soldados
y marinos van a hacer tareas de seguridad pública, entonces deben ser sujetos a
los controles propios de las policías en cualquier democracia constitucional
que se respete. De ahí que sería mucho mejor, en lugar de estar tratando de impulsar leyes que regularicen la
presencia militar en tareas de seguridad, como la que surgiría de aprobarse
algo cercano a las iniciativas puestas sobre la mesa en materia de seguridad
interior, que mejor se planteara un plan de retirada ordenada y escalonada de
las fuerzas armadas a sus cuarteles, en la medida que se despliegan policías
profesionales bien capacitadas y sujetas a controles legales estrictos y
transparentes.
Las iniciativas de seguridad interior puestas a debate tienen signos
ominosos. Por ejemplo, la presentada
por la Diputada Tamayo y el Diputado Camacho, del PRI, casi con toda
seguridad elaborada en la consejería jurídica de la Presidencia de la
República, le otorga el mismo grado de
reserva que la concedida a los temas de seguridad nacional a la información
derivada de acciones de seguridad interior, con lo que se resguardaría del
escrutinio civil a los actos de los militares. Esa no es la ruta que
llevará a México a tener unos cuerpos de seguridad eficaces al tiempo que
apegados en su actuación al orden jurídico y al respeto de las garantías
procesales.
Como toda persona, los militares
tienen derecho a la presunción de inocencia: no se trata de acusarlos
genéricamente y sin pruebas de violadores sistemáticos de los derechos humanos.
Sin embargo, como servidores públicos en
una democracia constitucional, deben estar abiertos al escrutinio social y
deben rendir cuentas de sus actos; más cuando están interviniendo en tareas
expresamente reservadas en la Constitución a los cuerpos civiles. Así, no pueden exigir lealtades más allá de la
razón, simplemente envueltas en la bandera del patriotismo que los coloque por
encima de toda duda.
Que salgan los militares a descalificar a los críticos, como si de
simples afrentas a su honor se tratara, es un signo ominoso que señala un
retroceso respecto al avance histórico de su subordinación al poder civil
alcanzada hace más de siete décadas.
Más cuando lo que se intuye detrás de la salida pública es una
intervención velada en el debate político electoral que comienza. Desde
luego se muestra un poder civil
debilitado y omiso, incapaz de cumplir con sus responsabilidades en materia de
seguridad, pues a final de cuentas, las
fuerzas armadas no han hecho otra cosa que seguir las órdenes de su jefe
supremo, entrampado en la continuación de una estrategia de política pública
evidentemente fallida y que empieza a pasarle la factura a todos los
involucrados en ella.
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