Jenaro Villamil.
Cuando
escribió en 1887, su legendaria novela El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr.
Hyde, Robert Louis Stevenson no sólo inauguró el thriller psicológico
contemporáneo. Se anticipó al diagnóstico freudiano sobre los trastornos de
personalidad o al llamado “trastorno disociativo de la identidad”, algo tan
común en los políticos y, sobre todo, entre los mexicanos.
En un
régimen autoritario, es común que un político pueda defender una decisión y al
sexenio siguiente condenar esa misma medida que él adoptó y hasta firmó. Nada
los obliga a rendir cuentas ante sus decisiones, veleidades o traiciones.
Esta disociación de la identidad es común en la “tecnocracia
dorada” que ha gobernado el país con doctrinaria ortodoxia política. Primero el
mercado y luego el mercado rezan las tesis del neoliberalismo. En realidad, es primero el poder y siempre
el poder, para ellos.
En vísperas de la sucesión del 2018 estamos ante otro caso de
trastorno disociativo. El aspirante más firme a candidato del PRI a la
presidencia es José Antonio Meade Kuribeña, un joven de 48 años que lleva el
récord de ser funcionario al hilo de cuatro expresidentes (Zedillo, Fox,
Calderón y Peña) y cinco cargos en el gabinete en seis años (secretario de
Energía, de enero a septiembre de 2011; secretario de Hacienda, de 2011 a 2012
con Calderón; secretario de Relaciones Exteriores, titular de Sedesol y ahora
secretario de Hacienda con Peña Nieto).
Hijo de
Dionisio Alfredo Meade y García de León, exdiputado federal del PRI que creció también en la “familia feliz”
del Banco de México, José Antonio Meade
se ha convertido en el “consentido” de los priistas más por eliminación que por
convicción. Su perfil no habla de congruencia política sino de habilidad
para escurrirse ante medidas draconianas. Su buen trato encubre su implacable
ortodoxia. La ausencia de escándalos de
corrupción en torno suyo no borra el de otros tecnócratas que lo apoyan.
Basta seguir algunos ejemplos para entender este papel contradictorio
de Meade frente a decisiones impopulares:
1.- El
Gasolinazo. En su mensaje a la nación del 5 de enero de 2017, Enrique
Peña Nieto justificó el incremento abrupto del precio de las gasolinas acusando
que “en el pasado, otros gobiernos decidieron mantener artificialmente bajo el
precio de la gasolina, para evitar costos políticos”.
“Así, en el sexenio anterior, se perdieron casi un billón de
pesos, es decir, un millón de millones subsidiando a la gasolina. Y digo que se
perdieron porque literalmente fue dinero que se generó regalando gasolina, en
lugar de invertir en cosas más productivas como sistemas de transporte público,
escuelas, universidades y hospitales”.
Resultó que
José Antonio Meade fue tanto secretario de Energía como secretario de Hacienda
en el gobierno de Felipe Calderón responsable de ambos reproches de Peña Nieto.
Meade fue
fugaz secretario de Energía durante 9 meses: de enero a septiembre de 2011, y
de esta fecha hasta el final del sexenio fue secretario de Hacienda hasta el 30
de noviembre de 2012.
Cuando
Meade fue secretario de Hacienda fue el periodo en el que el subsidio a la
gasolina fue mayor: en 2012 resultó ser de 220 mil millones de pesos.
Cuando
Meade fue secretario de Energía (enero a septiembre de 2011) y terminó el año
al frente de Hacienda, el subsidio a las gasolinas fue de 171 mil millones de
pesos.
En otras palabras, entre
2011 y 2012 el subsidio a las gasolinas fue de 391 mil millones de pesos. ¿A
eso se refería Peña Nieto?
El propio Meade
justificó este enorme subsidio señalando que “en ese momento se encontró un
equilibrio usando los excedentes en los precios del petróleo”.
El 30 de diciembre de 2016, al anunciar el gasolinazo, Meade afirmó que gracias a este incremento
“gana el hecho de que no estemos artificialmente manipulando el precio de las
gasolinas como se maneja en el resto del mundo”.
¿Quiere
decir que en el gobierno de Felipe Calderón “manipuló artificialmente” este
precio? ¿Cuándo decidió cambiar? ¿Por qué nunca dijo nada?
2.- La
Elección del 2012. Durante su comparecencia en el Senado, este 12 de
octubre, el senador chiapaneco Zoe Robledo, ahora integrante de Morena, le preguntó a Meade por quién votó en las
elecciones presidenciales en el 2012 porque “su trayectoria y decisiones
estarán en escrutinio”.
Meade no
escurrió el bulto y buscó el aplauso de los priistas al afirmar que “en 2012
voté por Enrique Peña Nieto”, el candidato del PRI a la presidencia.
Quizá Meade espere del actual mandatario una condescendencia
igual y “vote” por él para ser el sucesor del 2018. El pequeño detalle es que Meade se olvidó que en 2012 era integrante
del gabinete calderonista y que la candidata del PAN fue Josefina Vázquez Mota.
3.- Meade,
Videgaray y el Endeudamiento. Al asumir la secretaría de
Hacienda en el gabinete de Peña Nieto, Luis Videgaray, se enfrentó a este
panorama: la deuda interna al cierre del
gobierno de Felipe Calderón llegó a un “nivel histórico” de 3 billones 567 mil
800 millones de pesos y la deuda externa ascendió a 123 mil 100 millones de
dólares.
Tan sólo
entre enero y noviembre de 2012 –periodo de Meade como secretario de Hacienda
calderonista-, la deuda interna creció en 168 por ciento y la deuda externa se
incrementó en 146.6 por ciento, según el Informe sobre Finanzas Públicas y la
Deuda Pública.
Un lustro después, en enero de 2017, Meade volvió a estar al frente de la Secretaría de Hacienda y los datos
de las deudas interna y externa fueron sustancialmente mayores: la deuda
interna neta se tasó en 6.01 billones de pesos mientras que la deuda externa se
elevó a 180 mil 600 millones de dólares.
En abril de este año, Meade se libró de las amenazas de las
calificadoras que no bajaron la calificación de México en su capacidad para
pagar la deuda por la inestable situación financiera.
Por una
extraña “lealtad” o pacto entre esta tercera generación de tecnócratas,
Videgaray y Meade se cuidan de no reprocharse públicamente los resultados de
este incremento de las deudas interna y externa.
Cuentan que este pacto proviene de la época de estudiantes de
ambos en el ITAM, en 1988. El joven Meade acudió a una reunión con Luis
Videgaray, Abraham Zamora (actual colaborador del canciller) y Jaime Valls
Esponda para convencer a Francisco González Díaz, para que fusionarse en una
sola planilla como presidente del Consejo de Alumnos de 1989.
Desde entonces, cuentan quienes los conocieron, provienen el
pacto y el apoyo entre ambos. Quizá más
que un problema de trastorno de identidad, el extraño caso del Doctor Meade es
el mismo que el del Doctor Videgaray: una ambición a prueba de todo con tal de
mantenerse en los centros neurálgicos del poder.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.