El pueblo de
San Gregorio, en Xochimilco, sigue caminando entre los escombros. Sus
habitantes muestran aún desmoronados rostros tras la tragedia, y los hombros
que cargaron cuerpos son los mismos que hoy siguen levantando piedras con la
viva esperanza de salir adelante. Porque hace un mes tembló la tierra y privó
de la vida a más de 50 almas, barriendo con sus patrimonios y dejando una
herida que aún merece la sal en los ojos. San Gregorio es el olvido de aquellos
que lo gobiernan, pero también es la impotencia de sus pobladores y su empeño
por reconstruir a pesar de la duda: ¿Seguirá en pie San Gregorio o está
destinado a convertirse en un pueblo fantasma?
“La realidad es que nadie sabe qué va a
pasar con nuestras casas [o] si va a haber una ayuda […]. Nadie sabe qué va a
pasar ni con la economía ni con nosotros. Las chinampas quedaron destruidas, eran
nuestro medio de subsistencia. Lo más probable es que el pueblo desaparezca”,
dijo Perla Telésforo, quien como generaciones enteras de sus antepasados reside
en la localidad que quizá nunca abandone.
Ella perdió su casa. Fue marcada con
una “I” de “Inhabitable”. Cuando ocurrió el sismo de 7.1 grados en la escala de Richter del 19 de
septiembre, pensó que había “caído una bomba”, le narra a SinEmbargo. Y es que
una de las bardas de su domicilio colapsó y cayó a la puerta de la casa
contigua, lo que ocasionó que su vecina quedara atrapada. A pesar del miedo que
esto le provocó, de la destrucción que ha vivido y de no saber si podrá
reconstruir en una zona de riesgo, Perla está determinada a permanecer en el
pueblo que le dio vida y por el que estaría dispuesta a dejar este mundo.
“Muchos me
dicen que no me quede acá, pero yo le tengo mucho amor a este pueblo, a esta
tierra […]. Yo no puedo abandonar algo que me crio, que llevo en la sangre […].
Y pues, aunque me cueste mucho tiempo, dinero y esfuerzo, yo no voy a dejar mi
pueblo”, dijo a punto de quiebre y de llanto.
Hoy, las
calles y caminos de terracería de San Gregorio son un caos. Los perros han
vuelto a sus andadas y la gente se
aglutina en diferentes puntos para hacerse de víveres, comida y medicinas. Asimismo,
se forman con papeles en mano, expectantes de que el Gobierno de la Ciudad de
México, a través de sus diferentes políticas de ayuda, pueda apoyarlos a
realzar sus vapuleadas vidas.
Vivir en San Gregorio es vivir entre
socavones y hundimientos, refirió Saraí González, quien trabaja en un hospital
local. Los accesos viales son malos y hace falta que les den mantenimiento.
“Vivimos en mundos diferentes. Porque aquí es como la devastación: te sientes
solo”, comentó.
“Construcción en peligro de derrumbe”,
es lo que se lee en las pancartas que cuelgan por todos lados. “Es abandono
total lo que sufrimos”, acusan algunos de sus pobladores. “El pueblo se tiene
que organizar. Si esperamos a que traigan ayuda no vamos a salir”, comentan
otros. Y es que conforme pasan las horas y los
días, los oriundos de San Gregorio se van quedando a solas y la desesperación
se hace, poco a poco, más evidente.
No sólo no
hay información. Los vecinos del pueblo acusan que las autoridades dan
dictámenes contradictorios o tardíos, por lo que no pueden seguir adelante con
sus vidas. Además, dicen, el gobierno
trata de minimizar los daños y no hablan de todos los muertos, heridos y casas
en riesgo.
La gente
tiene miedo de otro sismo. Algunos no vieron más oportunidades y abandonaron su
tierra. San Gregorio es dolor y duelo. Y mientras que durante los primeros dos
días posteriores al sismo la localidad se desbordaba entre voluntarios,
estudiantes, vecinos y unos cuantos elementos de Protección Civil, en la
actualidad se halla más vacía.
Los militares ni sus luces; las
policías se esfumaron con el viento y el poblado vuelve a la normalidad: dos
gendarmes en bicicleta son la fuerza de seguridad de San Gregorio. Lo que sí
abundan son los chalecos rosas y azules de los empleados de la Delegación
Xochimilco y del Gobierno capitalino. Pero “son de chocolate”, afirman los
vecinos. “Vienen pa’ la foto y se van”.
“Aquí la Delegación Xochimilco, por
parte del jefe delegacional Avelino Méndez Rangel, pues no tenemos ayuda. Ha
hecho acto de presencia el primer día […]. Vino, se tomó una selfie en la
plazuela con su comitiva y se fue”, explicó Héctor Alejandro Cortés, cuya casa
también es “Inhabitable”.
A su decir, las autoridades locales
“sacan sus fotografías para justificar que estuvieron ahí”. Y para colmo, son
más las instancias privadas y los apoyos externos los que los mantienen a
flote. Inclusive, acusó, delegaciones como la de Coyoacán, Iztacalco,
Iztapalapa, Milpa Alta y Tláhuac han hecho más por ellos que su propio
gobierno.
La gente
está enojada con Avelino “porque toda su gestión ha sido de abandono”, dijo
Antonio Figueroa. Es un hombre cuyo hogar se hizo polvo y quien lleva un mes
viviendo, junto con sus familiares, en el cuarto de una de sus cuñadas. Eso
cuando no se quedan en un campamento que montaron en el terreno que antes
albergaba su casa, gracias al cual, “han venido a donarnos” desde cobijas hasta
casas de campaña, comentó.
Esta situación de incertidumbre y de
olvido, es la que acompaña al sentimiento de tristeza y decepción que personas
como Antonio, Héctor, Perla y Saraí viven y respiran con cada día que pasa sin
que alguien dé respuesta a sus necesidades.
La ayuda llega a cuenta gotas: ya hay
luz, pero el agua escasea. Hasta hace unas semanas, las autoridades locales referían que había al
menos 45 fugas visibles en la infraestructura hidráulica de la zona y que
habían repartido más de un millón de litros de agua potable a través de 47
pipas, en más de una centena de viajes realizados a las localidades más
afectadas.
OLVIDADO,
PERO SIEMPRE SOLIDARIO.
Pero esto no es novedad. Previo al
sismo, los problemas ya asediaban a las 107 mil 270 viviendas existentes en
Xochimilco. De acuerdo con la Sedesol, en la actualidad el 10 por ciento de
ellas [10 mil 620 hogares] no tiene servicios de agua potable; el 0.2 por
ciento [205] está privado de electricidad, y el 1.3 por ciento [1 mil 395] no
tiene acceso a drenaje público.
“Los últimos delegados que ha habido
siempre han sido lo mismo. Sean del partido que sean […]. Nada más van y se
acaban los recursos y no se ve ninguna mejora en la Delegación”, mencionó Antonio Figueroa.
Por eso,
abundó, “hoy en día nos es muy difícil,
ahora que se acercan las elecciones, confiar en alguien porque cuando es
campaña todos te prometen que van a hacer y van a mejorar y van a ayudar. Y
llega el día en que están en el cargo y se olvidan de la gente”.
Sin embargo,
para todos ellos –afectados–, hay motivos para sonreír. Cada mañana es un nuevo
comienzo, y aunque la soledad sea un viejo cáncer para San Gregorio, el pueblo
se muestra solidario.
“Estamos rodeados de seres humanos de
muy buen corazón”, son las palabras que repiten los pobladores, quienes son
eternos agradecidos con todos aquellos que han prestado sus manos, su tiempo,
su apoyo.
Tal es el caso de Yolanda Trejo
Romero, una enfermera de 69 años, quien habla por todo San Gregorio cuando dice
que siente “impotencia de no poder ayudar más de lo que yo quisiera. Me
gustaría poder tener menos años para poder moverme más rápido porque mi pueblo
lo necesita y tenemos que apoyarnos unos a otros”.
Con los ojos
henchidos de lágrimas, la sexagenaria explicó que, desde el momento en que
tembló, se remangó la blusa y salió en ayuda de su gente. El primero al que
apoyó fue al padre de la parroquia de San Gregorio Magno. Iba en chanclas y
nada la detenía. Ni siquiera la hipertensión que podría matarla, ya que
“primero estamos todos”.
Luego se dedicó a montar un centro de
acopio de medicinas en lo que antes “era su casa”, porque está dañada y será
demolida. Un lugar donde lleva semanas durmiendo en una pequeña colchoneta,
haciendo compañía a cúmulos de fármacos bien organizados. Nada detiene a
Yolanda. Ni el tiempo ni la enfermedad; menos un sismo.
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