Salvador
Camarena.
Este martes,
el presidente Andrés Manuel López Obrador se reía de quienes en columnas
periodísticas creen que ya debería renunciar.
“Uno lee a
los columnistas y están ya pidiendo la renuncia del Presidente, pero la gente
está en otra sintonía”, comentó López Obrador en la mañanera.
Tiene razón
el mandatario. Quien a estas alturas del sexenio –cuando no ha transcurrido ni
la mitad del primer año– demande su renuncia suena desubicado, prematuro,
cantamañanas, etcétera.
Es lógico,
además, que esas peticiones en los medios sean desatendidas por un mandatario
con alta popularidad, que confía sobre todo en la fuerza de su monólogo y en el
regular contacto popular, donde, en efecto, poco se escuchan reclamos de gran
calibre.
Sin embargo,
más que atender esas columnas, el Presidente debería escuchar otras señales,
por ejemplo las de sus propios colaboradores, que desde hace meses resienten el
empoderamiento de la Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda, Raquel
Buenrostro, a quien va dirigida, claramente, la carta de renuncia de Germán
Martínez al IMSS, documento que ayer sacudió a la opinión pública.
Buenrostro
estuvo hace meses a punto de ser corrida de Hacienda. Su jefe, Carlos Urzúa, le
reclamó el envío de un oficio que definía a distintas dependencias recortes
específicos. Esa instrucción provocó distintos reclamos en el gobierno, y Urzúa
llamó a cuentas a su subalterna. Ésta salvó el cuello al prometer que no se
saltaría de nueva cuenta las trancas, pero en las semanas subsiguientes, antes
que cumplir lo ofrecido al secretario ha logrado que el Presidente deposite en
ella más poder de decisión, lo cual ha derivado en parálisis del gasto y en
negociaciones bizantinas sobre la reestructuración gubernamental emprendida por
AMLO.
Hoy ha
quedado al desnudo la disfuncionalidad del modelo concentrador del presidente
López Obrador. La carta de renuncia de Germán Martínez debe ser leída no como
el anticipo de una crisis en el Instituto Mexicano del Seguro Social, sino como
un diagnóstico puntual de lo que ha de ser corregido por el Presidente si no
quiere que su administración tropiece con su propio pie.
Los motivos
esgrimidos por Martínez permiten varias lecturas. Más allá de discursos
oficiales, por supuesto, desveló que la marcha de la inversión en
infraestructura en el IMSS está en 0%, que al instituto se le regatea
presupuesto para la atención de los más pobres, que el personal del instituto
está castigado en número y remuneraciones, y que el abasto de medicamentos vive
al filo de la navaja. Por delicado que sea ese diagnóstico, atribuible a
decisiones donde interviene Buenrostro, es tan sólo uno de los componentes de
la carta.
Destacaría
dos más: Martínez advierte en su renuncia que si al IMSS se le quitan, cosa que
instruyó Buenrostro en un memorándum fechado el 29 de abril, sus delegados, se
vulnera de grave manera la capacidad recaudatoria del instituto y la prestación
de los servicios a los derechohabientes. Esto sin contar que un superdelegado
nombrado por AMLO no tiene las facultades para nombrar un delegado del IMSS
dado que este organismo tiene una composición tripartita, que le confiere
gobierno propio, incluidos los mecanismos para nombrar a sus delegados
estatales.
Y, segundo,
el hoy exfuncionario advierte claramente que hay una intención de desviar dinero
del IMSS a otras funciones. Si damos por sentado que los programas sociales del
gobierno sí tienen presupuesto, es fácil leer entre líneas que a lo que
Martínez se refiere es a Pemex: quitar dinero a atención médica para meterlo a
comprar gasolina no suena muy “primero los pobres” que digamos.
El gobierno
de Andrés Manuel López Obrador puede desoír a sus críticos cuanto quiera. Pero
no debería desatender la carta-renuncia de Martínez, quien incluye en ella
gestos de fraternidad hacia el mandatario. Porque al final, no sería raro que
el Presidente tuviera razón cuando ayer también decía en la mañanera que los
columnistas a veces ni en nuestra casa tenemos influencia.
Sin embargo,
el real peligro para el gobierno, y por consiguiente para el país, está en
decisiones que, aunque cargadas de buenos propósitos (combatir la corrupción y
el dispendio), pueden atascar la marcha de la administración. Decisiones como
las que se achacan a Buenrostro, a quien López Obrador escucha en demasía.
Primera
llamada, primera. Ojalá el Presidente sepa conjurar errores de su equipo que
podrían dañar severamente a su administración… desde el corazón de la misma.
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