Javier Risco.
Siempre me
han encantado los relatos de viajes y de aventura, y mientras más lejano y
riesgoso el viaje, mejor. De pequeño alucinaba con Gulliver y con los cuentos
de Simbad y Marco Polo, luego vino Julio Verne y ya más grande, Melville con
Moby Dick. Me fascinaba la vida de Jacques Cousteau y ahí, en la estática
embarcación en la que me acostaba cada noche con la cabeza en popa, soñaba con
colarme en un barco y zarpar y convertir mi vida en un viaje, en el que cada
llegar sería el primer paso de un volver a zarpar.
Claramente
no lo hice. Hoy tengo tan poco tiempo para viajar que mientras menos riesgoso y
lejano el viaje, mejor. Si es a Cuernavaca y no manejo yo, mejor. Sin embargo,
la fascinación persiste y cada vez que me topo con la noticia de que alguien se
atrevió a romper un límite, a pararse donde nunca nadie lo había hecho, me
agito un poquito y en alguna medida, no menor, el joven yo siente envidia.
Eso me pasó
cuando me topé con el nombre de Victor Vescovo, un estadounidense aventurero ya
maduro, de cabellos canosos y largos, acordes a la figura de “viejo lobo de
mar” que, según yo, debe tener todo aventurero que se precie de tal. Su aspecto
exuda bizarría a tal punto que no parece por ninguno de sus ángulos que es un
multimillonario que ha hecho una fortuna comprando empresas en bancarrota, y
que, de no ser por su decisión de surcar los mares más bravos, enfrentar los
climas más inclementes y escalar las montañas más peligrosas, perfectamente
podría pasarse la vida en pantuflas frente a una chimenea, sin más riesgo que
el de las agruras que le producirá su próxima comida.
Pero no, el
señor Vescovo en sus ratos libres se juega la vida (y la fortuna) batiendo los
récords de aventura más extremos. Es uno de los doce norteamericanos que han
conseguido “el Grand Slam de los Exploradores”; es decir, que subieron la cima
más alta de cada continente y que han llegado esquiando, tanto al polo norte
como al polo sur.
Pero el 28
de abril de este año, este superhombre-millonario se convirtió en el primero en
estar en las cuatro esquinas de la tierra, ya que, además de ambos polos y el
Everest, toco el fondo del abismo challenger en la Fosa de las Marianas, el
punto más hondo de nuestro planeta, a 10 mil 928 metros de profundidad.
Doce horas
duró su inmersión a bordo de un submarino que se mandó a hacer para la ocasión
y que le costó ni más ni menos que 48 millones de dólares. 12 horas de aventura
pensé. Debió ser maravilloso, solo él lo sabe.
Obviamente
se me vino a la mente las 20 mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne,
sólo que en esta ocasión Vescovo es Pierre y el Capitán Nemo a la vez y está
secuestrado sólo por su afán de romper los límites. Sin embargo, en su descenso
no se encontró con ningún cefalópodo gigante ni fue atacado por ningún otro
tipo de monstruo marino. En cuanto tocó fondo, Vescovo se encontró con algo
peor, mil veces más espantoso que las bestias desconocidas.
En el fondo
más oscuro del mar, que debe ser el lugar más oscuro y solitario que podemos
imaginar, había una bolsa de basura y envolturas de caramelo. Sí.
Este
terrible hallazgo de Vescovo es el equivalente a que Colón haya encontrado un
“Pedro was here” rayado en un árbol cuando llegó a las Antillas, o que Neil
Armstrong hubiera encontrado una colilla de cigarro.
Como
explorador de corazón me siento un poco decepcionado y como humano
contaminante, me avergüenzo.
Esa bolsa es
la prueba de que nuestro mal viaje es mucho más que nosotros mismos. Esa bolsa
es la muestra de nuestra verdadera incapacidad.
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