Salvador
Camarena.
Una marcha
es una marcha incluso si quienes marchan son quienes antes –típicamente– se
quejaban de las marchas.
Una marcha
es una marcha a pesar de que otros crean que el derecho a las marchas se lo
habían ganado sólo ellos, los que casi siempre estaban abajo en la rueda de la
fortuna electoral y ahora están arriba.
Una marcha
es una marcha sin importar que quienes marchen sea mil, doce mil o más de
treinta mil. Las marchas no se miden con un calibrador único. No son eventos
deportivos. Obedecen a un contexto casi irrepetible. Entender el mecanismo
interno de esta o aquella marcha, por tanto, demanda que quienes se acerquen a
ellas lo hagan con curiosidad, sin prejuicios ni petulancia.
Las marchas
son bienvenidas si no piden cancelar derechos de otros, marginar a otros,
callar a otros, impedir marchar a otros.
En casi toda
marcha hay pancartas fuera de lugar, excesos o desorden. A veces más, a veces
menos. Reducir una marcha a lo que dijo un manifestante denota pereza mental o
perversidad discriminadora.
Así como
antes se ha intentado descalificar grandes marchas en reclamo de justicia por
desmanes de infiltrados o porros, ante esta marcha debería observarse el bosque
y no sólo unas cuantas mantas.
¿Ante qué
marcha estuvimos el domingo? Frente a quienes viven con desasosiego por el
cambio pretendido desde Palacio Nacional.
Hay tensión
en el ambiente, y los que marcharon, y algunos otros, tienen dudas sobre las
maneras (proyectos y no pocos funcionarios incluidos) mediante las que el nuevo
gobierno pretende privilegiar una agenda que combata la desigualdad y termine
con la corrupción.
Y esas dudas
no serán atendidas. Serán, en el mejor de los casos, minimizadas. Por
funcionarios de AMLO, por simpatizantes de éste. Y por el Presidente mismo, que
ayer sin embargo dio un mensaje más bien sobrio de bienvenida a las
manifestaciones en su contra, que no necesariamente a sus reclamos.
En la marcha
no sólo hubo ciudadanos: algunos profesionales de la política, de manera
oportunista, aprovecharon (¿o generaron?) esa movilización.
Sin embargo,
lo importante es qué va a pasar con los más, que son esos que están inquietos
por el cambio de la marcha del país. Clases medias y altas que se sienten
amenazadas para empezar, porque les cambiaron el lenguaje del poder, el acceso
al mismo, la certidumbre de que todo seguiría igual.
Y ahí está
la oportunidad para los que marcharon. Ojalá entendieran que el cambio se hizo
porque quien creía que México iba bien se negaba a ver que “el modelo” que
teníamos condenaba sin remedio a la mitad de la población a la pobreza. Ojalá
comprendieran que en buena medida el llamado a cambiar también fue hecho con
respecto a ellos: con la votación mayoritaria no sólo se castigó al PRIAN y se
desapareció al PRD; fue sobre todo un basta ya, que también interpelaba a los
conformes con esa realidad corrupta.
Nadie puede
señalar que los que marcharon es la primera vez que lo hacían. Pero también es
posible que sea verdad que esos que marcharon nunca se indignaron
(generalizando, de nuevo), tanto como para marchar por los casos de Ayotzinapa,
la casa blanca, los desaparecidos y las víctimas de la violencia en general
(más allá de los casos del 2004 y 2008).
Y hay que
recordarnos que una marcha no basta para cambiar algo. Antes no bastó. Hoy
tampoco será así. La buena noticia es que muchas veces al salir a la calle por
una marcha se descubre que no hay marcha atrás. Que toca seguir. Y eso, de
momento, es una buena noticia para México.
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