Por Jorge Zepeda Patterson.
Es cierto, tenemos un
Presidente atípico, provocador y más rijoso de lo que quisiéramos, usa las
estadísticas a su antojo y le cuesta aceptar la crítica. Pero antes de ponerse
un “chaleco México” y salir a la calle a pedir su renuncia o darle un like a
los hashtags virales que vomitan en su contra, pongamos un poco las cosas en
perspectiva.
Primero, porque nada
se ha roto, para decirlo rápido. A estas alturas con Ernesto Zedillo el peso se
había devaluado y la economía había entrado en una debacle que obligó a Estados
Unidos a un rescate tan humillante como misericordioso. El dólar y la inflación
se mantienen sorprendentemente controlados y las perspectivas económicas no
están para fiestas pero tampoco son alarmantes. No tendremos una recesión de
menos nueve por ciento en el PIB como sucedió en 2009 con Calderón, ni locuras
como la nacionalización de la banca con López Portillo. Por lo demás, está
claro que el desempeño de la economía mexicana depende más del entorno
internacional y las veleidades de la globalización que de las decisiones de su
presidente. Rijoso o no, la enorme prudencia con la que ha llevado la relación
con el intempestivo huésped de la Casa Blanca revela que en las cosas que en
verdad pueden dañar a México, López Obrador es mucho más presidencial de lo
que sugieren sus exabruptos y refranes desgastados. Pelear con Trump en nombre del orgullo mexicano, habría sido la vía
idónea para exaltar a la masa y reforzar su popularidad en la calle. Sería lo esperable
de un populista nacionalista e irresponsable como el que nos pintan sus
adversarios en las redes sociales. Pero en el fondo AMLO no come lumbre ni
comete locuras, pese a su folclórico estilo.
Vayamos a lo que en verdad importa. En cinco meses introdujo nuevas leyes en el ámbito laboral que rompen
el control de las élites sindicales y constituyen un misil en contra del dañino
corporativismo del viejo régimen. Una medida histórica, por donde se le vea, a
la que no se atrevieron los gobiernos de “la apertura” de Fox y Calderón. En
cinco meses redujo a diez por ciento la ordeña de los huachicoleros, un cáncer
salvaje y violento que creció frente a la pasividad, si no es que con la
complicidad de los gobiernos anteriores (y sí, hay detenidos, pese a que diga
lo contrario la propaganda de sus adversarios). No sé si la Guardia Nacional
sea la solución contra la inseguridad pública que va devorando región tras
región de nuestro país, pero pago por ver. Lo que está claro es que no podíamos
seguir por donde íbamos.
Pero, sobre todo, me
parece que habrá un antes y un después con AMLO en lo que toca al dispendio y
la corrupción de la clase política. La apropiación del patrimonio público como
un derecho adquirido por los funcionarios ha recibido un tiro de muerte,
espero. Muchas de las medidas de austeridad del nuevo Gobierno parecen
anecdóticas, incluso imprácticas y en más de un caso perjudiciales (la pérdida
de talento, por ejemplo). Puede ser un exceso someter las jornadas
presidenciales al caos de los aeropuertos y al desgaste de la clase turista en
cabinas de avión abarrotadas, pero en conjunto, eso, los zapatos desgastados y
todas las normas, usos y costumbres que se están imponiendo, entrañan un cambio
radical del saqueo al que se sometía a la administración pública. Antes de
execrar el siguiente “me canso ganso” habría que recordar los excesos
faraónicos y multimillonarios de una clase que creció bajo la consigna de
político pobre es un pobre político.
Cuando veo la
intensidad con que se repudia en algunos círculos a López Obrador, la
vehemencia biliosa que provocan los dislates y defectos del Presidente, las
redes de odio que se han construido en su contra, me pregunto ¿qué hay en el
fondo de esta reacción? ¿Por qué antes no encontraban el aire irrespirable?
Supongo que tampoco les gustaba la corrupción,
el saqueo, la pasividad ante la inseguridad galopante o la frivolidad del
Gobierno, pero más allá del chiste inocuo por las torpezas verbales de Peña
Nieto, no parecía provocar urticaria, como ahora, lo que hacía y decía el
presidente.
Me parece oportuno
llamar la atención sobre los desaciertos de la nueva administración, pero sería
conveniente apuntar también sus aciertos; eso se traduciría en un mejor
Gobierno. Habría que evitar nutrir el ambiente intoxicado que provoca la eterna
cantaleta unilateral de algunos medios sobre los negros del arroz de la 4T o
los memes y videos de odio que circulan en la redes. Habría advertir que muchos
de esos videos, pese a la calidad de producción que ostentan, son propaganda
disfrazada de noticia y plagada de información falsa o distorsionada.
En suma, sugiero
bajarle dos rayitas porque será una travesía larga; no hundir el barco cuando
apenas va saliendo del puerto, sobre todo porque todos vamos en él.
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