Por Ricardo
Ravelo.
El cártel de Los Zetas, que tuvo su
expansión en Veracruz con el respaldo político de altos funcionarios estatales,
no está extinguido en esa entidad. Algunos de sus más destacados representantes
ahora se escudan en las entrañas del Tribunal Superior de Justicia, encabezado
por Edel Álvarez Peña, ex Alcalde de Coatzacoalcos, uno de las demarcaciones
que lleva más de una década sumida en la violencia criminal.
Es el caso
de Manuel Fernández Olivares, señalado
en investigaciones federales como una pieza importante de Los Zetas, quien,
desde el Poder judicial, donde ha fungido como juez de distrito, ha servido a
los intereses de esa organización criminal liberando a presuntos delincuentes
ligados a ese grupo delictivo.
La historia de Fernández Olivares,
conocido en el mundo del hampa como “El Pámpano”, es larga y en ella están
entreverados nombres de políticos y abogados que presuntamente están
relacionados con Los Zetas desde hace varios años.
Los
expedientes hablan: En el año 2011 fue
capturado en Veracruz Luís Hernández Lechuga, “El Lucky”, cabecilla de Los
Zetas en la plaza de Veracruz; meses después, en octubre de 2012, durante la
implementación del operativo “Veracruz Seguro”, fueron aprehendidos otros
presuntos miembros de ese grupo criminal: Cristopher Fuentes Letelier, “El Chuletón”;
Ignacio Valdez Ramírez, “El Chilango” y Gerardo Trejo Cruz, “El Trejo”, quienes
formaban parte de la estructura operada por “El Lucky”. La carrera de este
sujeto creció con el apoyo de altos funcionarios estatales y de políticos
priistas.
Estos criminales fueron interrogados
por Pedro Alberto Huesca Barradas, entonces Fiscal investigador especializado
adscrito a la Fuerza de Tarea de la Secretaría de Marina, desaparecido después
presuntamente por el crimen organizado.
En las
declaraciones que rindieron –expediente 947/2012/VER-FIEAFTVS– los detenidos incriminaron a Fernández
Olivares: afirmaron que era uno de los agentes del Ministerio Público aliados
de Los Zetas a quien por sus servicios entonces le pagaban cien mil pesos en
efectivo.
Fernández Olivares, “El Pámpano”,
según sus antecedentes, empezó su carrera en la procuración de justicia como
agente ministerial. Desde entonces se le relacionó en la defensa de presuntos
delincuentes. Después saltó al Poder Judicial. A él se le atribuye la liberación,
en el año 2002, del narcotraficante Ubaldo Gamboa Tapia, conocido como “El
Uba”, quien fue asesinado en 2004 por sicarios al servicio del capo Albino
Quintero Meraz, jefe de la plaza del narcotráfico en el puerto de Veracruz
durante el sexenio de Miguel Alemán.
En 2009, un ciudadano denunció a Fernández Olivares
por favorecer el desalojo de una vivienda que le fue despojada a sus
propietarios por parte de un agente de la policía ministerial que presuntamente
estaba relacionado con Los Zetas. Así empezaba a tejerse la historia sucia que,
hasta la fecha, carga en su haber Fernández Olivares.
No obstante, los señalamientos que
pesan en su contra desde hace una década por sus presuntos nexos con el crimen
organizado -y que constan en la indagatoria PGR/SIEDO/UEITA/114/2009– Fernández
Olivares ha tenido una carrera meteórica en el Poder Judicial veracruzano: en
2017 fue designado juez primero de primera Instancia en Coatzacoalcos.
En julio de ese mismo año, unos meses
después de su nombramiento, fue removido del cargo porque presuntamente
protegió a Hernán Martínez Zavaleta, un Zeta conocido como “El Comandante” que,
según las investigaciones, era el jefe de la plaza en el sur de Veracruz.
A pesar de los señalamientos
reiterados que lo relacionan con el narcotráfico, la carrera de “El Pámpano” no
se ha detenido, por el contrario, este personaje se encumbró en lo más alto del
Poder Judicial tras el arribo de Edel Álvarez Peña como presidente del Tribunal
Superior de Justicia en el estado.
Actualmente funge como Secretario de Acuerdos de la
Sala Constitucional del Poder Judicial; es asesor jurídico de Álvarez Peña,
según se afirma, y no sólo eso: con frecuencia se le ve muy cerca del Gobernador,
Cuitláhuac García Jiménez, en las reuniones de seguridad para la Construcción
de la Paz, a las que asiste por recomendación de Edel Álvarez.
Además, tiene acceso a las reuniones privadas y a
información sensible, de carácter reservado, donde se discuten los temas de
combate a la criminalidad precisamente ahora que está en abierta disputa la
plaza de Veracruz entre los cárteles de Los Zetas y Jalisco Nueva Generación,
respectivamente.
Las
investigaciones iniciadas en 2012 –728/2012– que fueron atraídas por la PGR
(actual Fiscalía General de la República), según
se pudo averiguar, no están cerradas, pero extrañamente se han mantenido
detenidas durante varios años sin que exista desistimiento de los acusadores ni
una negativa de ejercicio de la acción penal por parte del Ministerio Público
Federal.
Y hasta donde se sabe, el caso sigue
abierto y forma parte de las pesquisas que aún se siguen en contra de otros
personajes veracruzanos que, presuntamente, están relacionados con el cártel de
Los Zetas.
Los Zetas se afincaron en Veracruz,
particularmente en el sur de esa entidad, en el año 2000, apenas 48 meses
después de haber sido fundado. En ese tiempo formaban parte del cártel del
Golfo y actuaban como brazo armado. Tanto en ese tiempo como ahora se caracterizaban
por implementar verdaderos baños de sangre. A ellos se les atribuye haber
puesto de moda la práctica de la decapitación y el descuartizamiento de
cadáveres como instrumentos para infundir el terror.
El cártel del Golfo, bajo el mando de
Osiel Cárdenas Guillén, operó en Veracruz desde 1997 y hasta 2003, cuando Osiel
fue detenido. De acuerdo con el expediente que da cuenta de la vida criminal de
Cárdenas Guillén este personaje –actualmente preso en Estados Unidos– se afincó
en el sur de Veracruz y desde ahí operaba el trasiego de droga desde Chiapas,
Tabasco, Veracruz, Tamaulipas y Estados Unidos.
Osiel Cárdenas abrió varias casas de
seguridad en Coatzacoalcos, uno de sus bastiones, y desde entonces la región
sur de ese estado no ha podido regresar a la tranquilidad: El cártel del Golfo,
primero, y Los Zetas, después, comenzaron a controlarlo todo: se infiltraron en
las filas policiacas, capturaron a las autoridades locales y se relacionaron
con políticos de esa región, cuyo respaldo institucional resultó clave para la
expansión de esos grupos criminales.
Los Zetas, que se independizaron como
cártel en 2003, llegaron a dominar toda la plaza de Veracruz: financiaron a
diputados locales y federales, a presidentes municipales y senadores.
Actualmente controlan varias alcaldías. En el norte del estado, por ejemplo,
tenían un poder descomunal con su representante Francisco Colorado Cessa,
“Pancho Colorado”, fallecido el año pasado en una prisión de Texas, donde
purgaba una condena de veinte años por lavado de dinero.
El estado de Veracruz es uno de los
más sacudidos por la violencia y la imparable ofensiva criminal en buena medida
tiene que ver con la operación de criminales que están protegidos por las
autoridades. Apenas hace unos días el Presidente Andrés Manuel López Obrador
puso en marcha las operaciones de la Guardia Nacional.
La matanza
de Minatitlán –donde varios sicarios ejecutaron a 13 personas en una fiesta
presuntamente como acto de venganza porque un empresario de bares y cantinas se
negó a pagar el derecho de piso– es el más claro ejemplo del poder que ejerce
el crimen organizado en Veracruz, particularmente en la zona sur.
Se sabe que uno de los sicarios,
identificado como Adrián González, alias “El Pelón”, era trabajador de
Petróleos Mexicanos. Tras perpetrar el multihomicidio acudió a las oficinas de
Pemex y solicitó una licencia de tres días, sin goce de sueldo, para ausentarse
de sus labores. Se sabe, también, que la Policía de Minatitlán y de todo ese
corredor petrolero protege las actividades criminales tanto de Zetas como de
miembros del Cártel de Jalisco, de ahí que puedan actuar impunemente.
El caso de Fernández Olivares es un
claro ejemplo de cómo el crimen organizado se esconde en las instituciones
públicas. Y nadie actúa en consecuencia. Ciertos o falsos, las acusaciones en
su contra obran en autos y provienen de declaraciones de miembros de Los Zetas
que conocieron a este personaje.
A pesar de las capturas y asesinatos
de muchos de sus miembros, el cártel de Los Zetas no está extinguido. Tiene
vida y sus piezas están colocadas en la cúspide del poder, incluso en el Poder
Judicial -donde se imparte la justicia– como lo acredita el caso de Manuel
Fernández Olivares, señalado como uno de sus aliados estelares, quien a pesar
de los señalamientos y las investigaciones ni siquiera es molestado, por el
contrario, sigue escalando posiciones gracias al apoyo de Edel Álvarez Peña, de
quien se afirma que es su padrino político.
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