Por Ricardo
Ravelo.
La mañana
del jueves 9, el Presidente Andrés
Manuel López Obrador informó que el concurso para la construcción de la
refinería de Dos Bocas, Tabasco, fue declarada desierta y que Petróleos
Mexicanos y la Secretaría de Energía se harán cargo de su construcción mediante
el esquema de subcontratación de obra que, probablemente, se le otorgue a una
empresa mexicana o en su defecto a una extranjera que cumpla con las exigencias
del gobierno federal.
El anuncio volvió a sacar a flote el
problema de la refinación de crudo en el país, el estado de las seis refinerías
con la que cuenta Pemex y la problemática, nada menor, por cierto, de que un
país petrolero compre gasolinas al extranjero para cubrir el consumo interno.
Esto quiere decir que México no está
produciendo la gasolina suficiente ni siquiera para el autoconsumo. Grave, muy
grave resulta este tema porque se supone –subrayo– se supone que en 1997,
durante el sexenio de Ernesto Zedillo, se llevó a cabo una extensa y profunda
modernización de refinerías en el país con miras a no sólo cubrir el consumo
interno sino incluso exportar al mercado internacional las gasolinas producidas
en México.
Hoy queda más que claro que el
proyecto de reconfiguración de las seis refinerías de Pemex resultó un
verdadero fiasco. Fue todo un saqueo el que se orquestó desde el poder para
quebrar a Pemex. De aquel proyecto resultaron muchos nuevos millonarios que
actualmente no han sido molestados por ninguna autoridad. Un pacto de impunidad
los cobija desde hace varios años.
En reciente
conferencia, Cuauhtémoc Cárdenas, ex
candidato presidencial y ex Jefe de Gobierno del Distrito Federal, expuso que
no está de acuerdo con la construcción de otra refinería en México. Se refirió
al proyecto de Dos Bocas, Tabasco, impulsado por el Presidente López Obrador y
dijo que no es necesario construir otra refinería sino invertir en las que ya
se tienen.
Cárdenas
Solórzano expuso también que, al paso
que va México, en el sentido de que seguimos importando gasolinas del
extranjero, podría convertirse en un importador incluso de petróleo crudo, pues
resulta que las grandes reservas petroleras que se descubrieron durante el
Gobierno de Enrique Peña Nieto pasaron de ser probadas a probables. Otro
fraude, otra mentira.
Es cierto que el país cuenta con
reservas de petróleo y muy bastas en todo el territorio, pero se necesita
tecnología de punta, de la cual se carece en México, para extraer el petróleo
de las aguas profundas o de las zonas montañosas, como es el caso de la región
conocida como El Paleocanal, localizada en Chicontepec, Veracruz, un territorio
rico en petróleo descubierta en los años setenta.
Tiene razón Cuauhtémoc Cárdenas
cuando afirma que el Gobierno debe invertir en las refinerías que ya existen y
modernizarlas. Pero el Presidente tiene la última palabra.
El recuento
de daños causados al país desde 1997, cuando comenzó el proyecto de la reconfiguración
de las refinerías, es muy amplio. El
quebranto económico para Pemex es descomunal. Se cometieron una barbaridad de
abusos. En aquellos años el entonces titular de Pemex-Refinación, Jaime Mario
Willars, fue acusado de traición a la patria porque maniobró para que Pemex
perdiera un juicio internacional con la empresa coreana Conproca, el cual se
dirimió en un árbitro internacional con sede en París.
El gran negocio consistió no en ganar
el juicio en beneficio de Pemex y del país sino en perder el juicio. Y para
ello, los abogados de Pemex trabajaron conjuntamente con los de la empresa
privada para orquestar la derrota jurídica de la paraestatal. Así, Jaime Mario
Willars resultó multimillonario de la noche a la mañana, con la complacencia
del poder en turno, entonces encabezado por Ernesto Zedillo.
El 21 de
junio de 2015, después de 15 años de
litigio, Pemex le pagó a Conproca 296 millones de dólares y con ello
resolvieron todas las disputas legales existentes tras la reconfiguración de la
refinería Héctor Lara Sosa de Cadereyta, uno de los fraudes mayúsculos que se
han documentado en México.
Pemex fue demandada por Conproca y le exigió un
pago de 668 millones de dólares. En este negocio participó la empresa alemana
Siemens, cuyo representante en México –el empresario Jaime Camil –resultó
abiertamente beneficiado gracias a las maniobras de su amigo y compadre Ernesto
Zedillo.
Camil, un próspero empresario
lagunero cuya historia está plagada de claroscuros, fue una pieza clave del
desastre en el que terminó el proyecto zedillista de reconfigurar las
refinerías de Pemex. Hasta la fecha, tanto Camil como el resto de los
empresarios y funcionarios públicos siguen impunes.
Luego del
escándalo derivado del fiasco en el proyecto de Cadareyta siguieron otros más cuando se decidió que se modernizaran otras
refinerías como Tula, Madero y Minatitlán.
A la vuelta de más de veinte años, dichos proyectos son un fracaso y el
descenso en la baja de producción de gasolinas tiene que ver con el trabajo tan
chapucero que realizaron en las refinerías.
Muchas de
esas refinerías, por ejemplo, no
procesan los petrolíferos pesados como el Olmeca o el Maya. Peor aún, en el
Gobierno de Peña Nieto las refinerías operaron a menos del 50 por ciento de su
capacidad, pues el negocio de la Presidencia de la República era muy jugoso:
importaban gasolinas a bajo costo y en México las vendían a elevados precios.
Por otro
lado, se le dio rienda suelta al
huachicol a través de la organización de cárteles dedicados al robo de
combustible. Los gasolineros vivieron épocas de bonanza: compraban combustibles
robados y los vendían al precio oficial, elevado tras el alza criminal de los
precios. Y hasta la fecha siguen robando al consumidor al no despachar los
litros completos.
Ahora que el
Presidente López Obrador anunció que la licitación para construir la refinería
de Dos Bocas se declaró desierta, es la
oportunidad de los técnicos mexicanos para demostrar que si tienen la capacidad
que antes, por intereses económicos, se les negó.
En México hay suficiente mano de obra
calificada para construir barcos –lástima que los astilleros en México
desaparecieron– y para edificar refinerías y diseñar toda la tecnología
necesaria para hacer frente a las necesidades que exige el país: perforación en
aguas profundas, exploración, entre otras tareas.
Para esas tareas fue fundado en los
años setenta el Instituto Mexicano del Petróleo, para formar a los técnicos que
la industria petrolera necesita y evitar así la contratación de mano de obra
extranjera que, en muchos casos, se capacitaron en México durante los años de
esplendor de la industria petrolera.
Para hacer realidad estas prioridades
sólo se necesita voluntad política y amor por México. Y, como diría un jarocho,
también se necesita una escalera grande, otra chiquita y un poco de madre y
amor por el país para salir adelante.
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