Javier Risco.
El lunes
comenzó, al menos como idea consumada, la construcción del Aeropuerto
Internacional “General Felipe Ángeles”. El presidente Andrés Manuel López
Obrador dio el banderazo de inicio a los estudios de impacto ambiental y a la
creación del proyecto ejecutivo –al menos es lo que creo, porque no se puede
colocar ninguna piedra sin alguno de estos documentos. Tampoco por ley se puede
iniciar la construcción si no se realiza una consulta a los pueblos
originarios, consulta que no se ha llevado a cabo; sin embargo, el Ejecutivo
tiene otros datos: “Se llevó a cabo una consulta de los pueblos de los
alrededores de Santa Lucía, ¿qué creen? La gente aprobó el proyecto. Es una muy
buena noticia”. De acuerdo con una nota firmada por la periodista Neldy San
Martín, en el semanario Proceso, Román Meyer, secretario de Desarrollo Agrario,
Territorial y Urbano (Sedatu), indicó que “sólo se ha consultado al pueblo de
Xaltocan y se analiza con el INPI si consultarán a las otras comunidades que
también se autoadscriben como originarias”. Así que otra vez le informan mal al
Presidente, un solo pueblo ha dicho que sí, no han sido consultadas aún decenas
de comunidades y varios pueblos originarios que rodean el Aeropuerto de Santa
Lucía. Su frase “se llevó a cabo una consulta de los pueblos” debe cambiar a
“se llevó a cabo una consulta a un pueblo”.
Arturo
Hernández, integrante de “Vecinos en defensa del cerro de Chiconautla” y
afectado por la construcción del nuevo aeropuerto, alza la voz y señala en El
Financiero Televisión: “Queremos únicamente que se nos consulte conforme al
derecho nacional e internacional (…) Por ejemplo, revisando el proyecto de
manera apresurada, ahí se dice que el actual aeropuerto ocupa 2 mil 331
hectáreas y se requieren más de mil hectáreas para completar el proyecto, en
donde pueblos como San Lucas Xolox, que es inmediatamente vecino del proyecto,
desaparecería casi en su totalidad; San Miguel Xaltocan, que es otro pueblo,
correría igual suerte y lo mismo una colonia que está al pie de la base aérea;
sin embargo, estos vecinos nunca han sido consultados. Ahora, en cuanto a agua,
se dice que inicialmente requerirán 700 mil litros de agua durante la etapa de
construcción, y una vez que entre a operar, van a requerir 6 millones de litros
de agua. El acuífero Cuautitlán-Pachuca es uno de los más explotados de la
cuenca de México, de cada 500 litros de agua que se le extraen, únicamente
regresa uno al subsuelo. ¿Qué dice la Sedena? Que va a construir una planta
tratadora de aguas residuales, que construirán una red captadora (…) sin
embargo, la Sedena ni siquiera publica qué volumen de agua se precipita sobre
la zona.
Hay estudios
de la UNAM que hablan que ante el cambio climático se están formando fenómenos
convectivos, esto quiere decir que se forman islas de calor y que solamente
llueve en determinadas zonas y de manera torrencial, que no permite la
absorción de agua (…) entonces, el agua sólo escurre, entonces la Sedena carece
de un estudio serio, ante esa desinformación, ¿ustedes qué harían?”
Dos ejemplos
claros de los vacíos de información y de los asuntos pendientes de un gobierno
que le urge colocar una primera piedra que no lleve a ninguna parte. Es apenas
la voz de uno de los afectados, él es la muestra de la falta de una consulta,
pero, sobre todo, la falta de un proyecto formal.
La promesa
sigue en pie, estará listo en 2021 y no habrá sobreprecio. Les concedemos la
duda, aunque la realidad muestre que el fracaso es inminente, al menos en esta
primera etapa.
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