Julio
Astillero.
El lunes 10
de junio no llegó la crisis tan auguralmente mentada. Las variables económicas
mostraron tranquilidad y, en algunos casos, ganancias para el país que tres
días atrás parecía estar encaminado a pasar momentos muy difíciles.
Puesto a
elegir entre dos opciones altamente negativas, el gobierno de Andrés Manuel
López Obrador hubo de escoger lo menos peor. De no haber aceptado las
imposiciones trumpistas en materia migratoria, el lopezobradorismo habría
arribado al lunes de la verdad en muy malas condiciones, con un arancel
estadunidense sobre productos mexicanos que dañaría a la economía del vecino
país pero, sobre todo a la de México, colocada esta en situación de crónica
terapia intensiva como acumulación de las políticas económicas de los gobiernos
anteriores que saquearon la riqueza nacional, impidieron el desarrollo de industria
y agricultura que nos dieran capacidad de resistencia ante embates externos y
convirtieron al Estado en una maquinaria adversa a los intereses mayoritarios
del país.
El muy
amargo trago referente a la imposición migratoria trumpista ha sido manejado
con vocación edulcorante por el Presidente de México y sus principales
operadores políticos, con excepción de quien ahora ha quedado irónica y
provisionalmente colocado más a la izquierda que sus compañeros de élite:
Porfirio Muñoz Ledo, el camaleónico político que considera “gravísimo que el
país selle sus fronteras, en contra de los tratados internacionales", lo
cual sería imposible y contrario al derecho humano a la migración. El propio
sábado del mitin tijuanense, ante el presidente López Obrador, el multipartidista
Muñoz Ledo planteó: Lo que es inmoral es el doble rasero de ambas fronteras, en
la frontera norte pedimos que nos abran la puerta y en la frontera sur se nos
pide cerrarla para hacerles un oscuro favor a los Estados Unidos.
Sin embargo,
el Presidente de México logró algo de lo poco alcanzable: tiempo. Poco tiempo,
es cierto, y sujeto a una revisión que coloca a México en condición de
castigable párvulo ante el sádico profesor Trump. Pero, a fin de cuentas, la
bomba no explotó este 10 de junio, aunque el propio evaluador norteño comenzó
de inmediato a carcomer la base discursiva de aterrizaje político que el
lopezobradorismo ha tratado de consolidar.
Trump ha
centrado sus nuevos ataques en tres puntos: 1) la presunta existencia de
acuerdos secretos; 2) entre esos acuerdos no confesos, la supuesta disposición
mexicana a comprar productos agrícolas a los patriotas productores
estadunidenses; y, 3) la advertencia de que la guillotina de los aranceles se
mantiene en lo alto para ser activada cuando sea necesario.
La facilidad
con que Trump logró doblegar a México en materia migratoria, a partir del
manejo fullero de la carta de difícil aplicación real de los aranceles, y la
inmediata continuación de sus tácticas ventajosas, confirman el talón de Aquiles
de la economía y la política mexicanas, talón que nunca era exhibido o golpeado
en anteriores gobiernos priístas o panistas porque su entreguismo a Estados
Unidos lo hacía innecesario, pero que ahora es resaltado ante los intentos de
cambio que plantea López Obrador: Washington puede condicionar y someter los
proyectos populares de cambio con la simple amenaza de mover resortes
económicos determinados. Una verdad sabida, pero nunca tan drásticamente
confirmada como ahora.
En ese
sentido, es de preverse que Trump se aplique a amenazar y golpear al gobierno
mexicano cuantas veces sea necesario en el proceso de búsqueda de un segundo
periodo en la Casa Blanca. El rubio multimillonario usará a México como escalón
para subir de nuevo al podio ganador, mientras el gobierno intenta hacerse de
más tiempo, pergeña posibilidades de una diversificación de relaciones
comerciales geopolíticamente muy complicada y afianza su base política y
electoral ante la guerra con el trumpismo que podría durar el resto del periodo
a cumplir por el tabasqueño.
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