Salvador
Camarena.
Para
criticar a aquel que no se comprometía a profundidad con alguna causa, alguna
vez Carlos Castillo Peraza citó en un artículo a Charles Péguy al transcribir:
“tiene limpias las manos, porque no tiene manos”. Solo aquellos que han rehuido
a tomar una decisión difícil —qué chiste tiene optar entre algo evidentemente
bueno y una opción notoriamente mala—, pueden decir que tienen la conciencia
tranquila, que no los atormenta su razón.
El
presidente Andrés Manuel López Obrador presume con frecuencia que él es dueño
de una conciencia en paz, que vive tranquilo con sus decisiones, que duerme
bien.
Lo dijo, por
ejemplo, el 21 de octubre pasado, a propósito del fiasco de la detención del
hijo de un narcotraficante: “Va a pasar el tiempo y la gente de Culiacán, de
Sinaloa, va a poder juzgar si se hizo bien o se hizo mal. Yo tengo mi
conciencia tranquila y sé que actuamos de manera correcta”.
En la fecha
de esa declaración apenas habían transcurrido unos cuantos días del operativo
que costó ocho vidas. Además de ese costo en sangre, la derrota del gobierno
representó una afrenta para el Estado mexicano. El saldo de tan bochornosa
operación, sin embargo, no hizo mella en la conciencia del tabasqueño.
Tal
declaración se ha repetido en más de una vez. La volvió a decir, por ejemplo,
este lunes, al rechazar las críticas por su manejo de la crisis de feminicidios
y por la violencia: “Yo tengo mi conciencia tranquila porque trabajo todos los
días para garantizar la paz y la tranquilidad en el país”.
Bienaventurados
aquellos a quienes la responsabilidad de dirigir una nación no les desvela,
como —según ha dicho— ocurre con AMLO, quien el 3 de enero pasado fue
cuestionado sobre los tres principales problemas que le preocupaban en el año
que iniciaba.
“No me quita
el sueño ningún problema, porque estoy atendiendo todo lo que pueda significar
un daño a la población, todo el tiempo estoy atento, atendiendo para que se
puedan enfrentar los grandes y graves problemas nacionales. Por eso estoy
tranquilo con mi conciencia, que eso es muy importante, yo creo que es lo
principal para poder dormir. Cuando se atienden los problemas lleva uno
ventaja. Problema que se soslaya, como se dice coloquialmente, estalla”.
Qué
tranquilidad debe dar ser una persona que cree que basta con que uno chambeé
para sentirse satisfecho; que sin esperar el resultado de lo que se emprendió,
sin mediar eso uno vaya por la vida libre de carga de la duda, sin la
mortificación de esa vocecita que serrucha a la mente al recordarle que buenas
intenciones y madrugar no garantizan cuentas positivas al final de la jornada.
El
Presidente de la República no cree en la ética de las responsabilidades. Si yo
trabajé de buena fe me he ganado el derecho al sueño, e incluso a la vanidad de
presumirlo. Si algo sale mal, seguro será por un compló, no por mis malas
decisiones.
Era más
interesante el AMLO que en octubre declaraba que “la política es, entre otras
cosas, optar entre inconvenientes, siempre hay que decidir. Se equivoca uno
menos cuando se pone por delante el interés nacional, cuando por encima de los
intereses personales, por legítimos que sean, se sitúa el interés colectivo, el
interés de la nación”.
En cambio,
hoy para todo el presidente parece optar por tener él una buena noche de sueño,
una conciencia tranquila, aunque eso no le devuelva la tranquilidad a mujeres,
hijas, madres, hijos, hermanos y padres víctimas de la violencia.
Pero usted,
presidente, no se preocupe, ya sabemos que duerme tranquilo. Vaya conciencia,
vaya manos limpias que no quieren comprometerse a optar entre inconvenientes.
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