Por Pablo
Gómez.
Está
claro que Emilio Lozoya no es exponente de “la peor corrupción estructural
mexicana”. Hay episodios, sistemas, tramas, personajes y fortunas mucho peores.
Nomás pensemos en el imperio corrupto de Carlos Salinas de Gortari. Pero el
papel que jugó el hoy perseguido de la justicia es ocasión para que el país se
asome a uno de los episodios de la historia de su Estado corrupto.
Lozoya
viene de la alta burocracia política mexicana, toda ella corrompida, en línea
con uno de los elementos básicos del poder. Su padre fue uno de esos burócratas
empoderados. Pero, luego de un adecuado entrenamiento, ese personaje se
proyecta en el momento en que le podía ser útil a una causa política concreta
que era la recuperación de la Presidencia de la República por parte del PRI, a
partir del gobierno del Estado de México y de la candidatura de Enrique Peña
Nieto.
El antes
fue la precampaña y campaña del abanderado priista, con todo el impresionante
apoyo mediático de Televisa. El después fue la llegada de Peña a la Presidencia
de la República. El hoy es la oportunidad de averiguar más sobre las tramas
corruptas.
Conseguir
apoyos mediáticos y económicos tuvo que ser el primer paso. Emilio Lozoya no
era un político operativo. Sus tareas tenían que ver con relaciones,
especialmente entre empresarios y poderosos de la esfera pública. Hizo bien su
trabajo en tanto que logró obtener financiamientos. Así, tuvo que estar
vinculado a Luis Videgaray.
El primer
cargo penal que se le hace es obtener de la trasnacional brasileña Odebrecht
fondos para la campaña de Peña Nieto. ¿Cuánto entregó al PRI y cuánto retuvo?
No lo sabemos, pero supongamos que todo se lo dio a Videgaray.
Ya como
director de Pemex, Lozoya había de beneficiar a la empresa donante. Según la
acusación, así fue, pero con nuevos y mayores sobornos.
Hoy, se
tiene que saber dónde está el dinero, cuál fue su ruta y destino. Es un
laberinto.
Pero hay
más. Pemex tuvo participación en la llamada Estafa Maestra, es decir, fondos
entregados a organismos públicos como pago de algún servicio pero que no se
aplicaban al objeto establecido en el convenio sino se canalizaban a través de
empresas fantasmas. Aquí, el hoy tendría que ser el conocimiento del propósito
de tal estafa y del destino final del dinero.
Mas lo
que supera la relación de Lozoya con Odebrecht y la versión petrolera de la
Estafa Maestra es la compra de Pemex de la planta de Nitrogenados por 500
millones de dólares a la empresa privada Altos Hornos de México. Se ha calculado
que esa “chatarra”, como la definió la Auditoría Superior de la Federación,
podría haber tenido un valor de unos 15 millones de dólares, si acaso.
Los
privatizadores neoliberales en el gobierno no sólo vendían y entregaban
propiedades públicas sino también estatizaban chatarra. Todo, para hacer
negocios corruptos.
El jefe
de Altos Hornos, también perseguido, no hubiera podido quedarse con la
totalidad del dinero. Eso hubiera sido imposible. Así que ya no fueron sólo 10
millones de dólares procedentes de Odebrecht. Después cayeron otros 500
millones volando entre las sombras de los forajidos. ¿Cuál fue la distribución?
¿Dónde está ahora el dinero?
Qué
pequeño se antoja, comparativamente, aquel robo a Pemex de mil millones de
pesos para financiar la campaña de Francisco Labastida como candidato del PRI
en el año 2000, por órdenes de Ernesto Zedillo a través de Romero Deschamps y
Rogelio Montemayor, a la sazón líder sindical y director de la paraestatal,
respectivamente, ambos connotados y muy activos priistas de estrellato
salinista. Entonces hubo total impunidad penal gracias a la capitulación en la
activación del aparato de justicia por parte, directamente, de Vicente Fox y su
partido, el PAN. Se otorgó un perdón de facto. Sólo se logró una multa
electoral contra el PRI, justamente de esa misma cantidad.
Quizá en algún
momento, el mismo Peña Nieto y su administrador y operador político, Luis
Videgaray, entre otros, tuvieran que ser interrogados si el fiscal careciera de
otra opción. Habría que esperar que, llegada la situación, no fuera sólo un
espectáculo mediático.
Lo peor
de este periodo de la historia del Estado corrupto mexicano sería que el
desempeño de Emilio Lozoya resultara haber sido algo marginal. Poca cosa en
términos comparativos al gran total. Entonces tendríamos un hoy desgarrador.
Puede ser.
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