John M.
Ackerman.
La
próxima llegada de cuatro nuevos consejeros electorales al Instituto Nacional
Electoral (INE) constituye una oportunidad de oro para equilibrar la
integración del máximo órgano de decisión de esta importante institución del
Estado mexicano. Desde la creación en 1990 de su predecesor, el Instituto
Federal Electoral, este instituto ha contado con muy pocos consejeros con un
compromiso irrestricto con la defensa de la justicia social y una verdadera
democratización de la vida política del país.
Entre
1994 y 1996 Miguel Ángel Granados Chapa, José Agustín Ortiz Pinchetti y Ricardo
Pozas Horcasitas fueron quienes pusieron de pie al nuevo instituto electoral al
defender con fuerza su autonomía, aun en condiciones muy adversas. Entre 1996 y
2003 los consejeros Jaime Cárdenas y Jesús Cantú libraron una batalla heroica
contra el sistema autoritario de aquella época, tal y como exponemos a detalle
en el libro Organismos autónomos y democracia: el caso de México
(IIJ-UNAM/Siglo XXI, 2007). Y más recientemente el consejero Roberto Ruiz
Saldaña ha demostrado gran valentía al defender la institucionalidad
democrática contra las triquiñuelas de Lorenzo Córdova y Ciro Murayama.
Todos los
otros consejeros nombrados a lo largo de las últimas tres décadas han jugado un
papel de cómplices, en mayor o menor medida, del viejo sistema de corrupción
estructural. Existen casos particularmente escandalosos, como el de Luis Carlos
Ugalde, quien fue directamente responsable por el fraude electoral de 2006, o
Marco Antonio Baños, quien siempre se ha considerado a sí mismo un fiel soldado
del PRI.
También ha
habido muchos consejeros cuya obsesión con la supuesta “neutralidad”,
malentendida como “llevarse bien” con absolutamente todos, incluyendo los
fraudulentos, los sujetó a los chantajes del viejo régimen. Es el caso, por
ejemplo, de José Woldenberg, Leonardo Valdés, Alfredo Figueroa y Pamela San
Martín, entre otros.
Hay
también casos de consejeros que se presentan en sociedad como paladines de la
transformación democrática, pero en realidad operan sistemáticamente a favor de
sus intereses personales y políticos dentro de la institución electoral.
Córdova y Murayama son los ejemplos más claros de este fenómeno. Estos dos
militantes del dispendio y el derroche son los equivalentes de Aurelio Nuño y
Emilio Lozoya dentro del gobierno de Enrique Peña Nieto. De hecho, fue
precisamente Nuño quien operó desde la Oficina de la Presidencia de la
República el nombramiento de Córdova como consejero presidente del INE en 2014.
Es
importante recordar y repetir, una y otra vez, que la victoria ciudadana de
2018 no la debemos a los consejeros electorales actuales sino a la enorme dignidad
del pueblo mexicano, que logró derrotar al viejo régimen a pesar de la
implementación de las muy conocidas estrategias de fraude electoral. En lugar
de defender la democracia, los consejeros evidenciaron la misma indolencia y
complicidad de siempre con las viejas prácticas del PRIANRD.
Y la
persecución de parte del INE a Morena por el fideicomiso Por los demás, junto
con la más absoluta impunidad para la Operación Berlín, constituye solamente un
botón de muestra de la falta de autonomía e imparcialidad de la mayoría de los
actuales consejeros electorales. Para una revisión integral de las
irregularidades cometidas en la más reciente elección presidencial se puede
consultar el informe universitario sobre Los Claroscuros de las elecciones de
2018 (véase: https://bit.ly/39zW8y6).
Ahora bien, si
queremos cambiar el modus operandi del INE habría que asegurar que los cuatro
nuevos consejeros electorales electos en las próximas semanas por la Cámara de
Diputados tengan un perfil totalmente diferente a los anteriores.
En primer lugar,
los nuevos consejeros deben tener experiencia directa en las luchas
ciudadanas contra el viejo régimen. Los candidatos deben poder demostrar con
hechos concretos su compromiso irrestricto con los principios democráticos y su
valentía frente al sistema autoritario y los poderes fácticos, preferentemente
desde las organizaciones populares o comunidades en lucha.
Segundo,
se debe seleccionar a personas que no tienen relación alguna con los consejeros
actuales. Sólo evitando este tipo de conflictos de interés tendrá el nuevo
grupo de consejeros la independencia y la autonomía necesarias para poder
transformar al INE desde dentro. De lo contrario, se repetirá el viejo modelo
de negociaciones en los oscurito para acomodos y prebendas institucionales.
Tercero, es
importante, desde luego, que los integrantes del máximo órgano de dirección del
INE tengan una formación técnica y profesional básica. La fracción 1. d) de la
Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales (LGIPE) establece que
los consejeros deben tener título de licenciatura y “contar con los
conocimientos y experiencia que les permitan el desempeño de sus funciones”.
Sin embargo,
más allá de este requisito básico e importante, los diputados no deberían
dejarse deslumbrar por aquellos candidatos que tengan muchos posgrados o hayan
memorizado cada letra de la LGIPE.
La
abultada estructura del INE está llena de expertos y expertas en la
legislación electoral y al llegar a sus cargos, los nuevos consejeros contarán
con un amplio presupuesto para contratar a todos los asesores necesarios para
resolver asuntos técnicos.
Lo más
importante no es la formación académica de los nuevos consejeros, sino su
compromiso irrestricto con luchar sin tregua desde sus nuevas posiciones para
arrancar de raíz el sistema de corrupción estructural y establecer por fin una
verdadera democracia en nuestro país.
En este
sentido, es recomendable que los diputados dejen a un lado las instrucciones
que un grupo de académicos y empresarios cercanos a los consejeros actuales
pretenden girar a la Junta de Coordinación Política. El documento Diez buenas
prácticas para asegurar un proceso de designación de Consejeros Electorales
transparente y equitativo, firmado por Ricardo Becerra, María Amparo Casar y
Gustavo de Hoyos, entre otros, no tiene otro propósito que intentar presionar a
los diputados para que nombren nuevos consejeros que sigan en la misma línea
que los anteriores.
Es hora de
que el INE recupere su vocación original de servicio a la sociedad civil y a la
plena participación democrática.

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