martes, 31 de marzo de 2020

Ahora nos toca a los viejos.


Gustavo De la Rosa.

Nuestra generación, los nacidos inmediatamente después de la Segunda Guerra (nací seis meses después del estallido de la bomba atómica) y que vivimos en zonas agrícolas con grandes limitaciones y escasa infraestructura urbana, hemos disfrutado de una vida que nos proporcionó una patria que llevamos hundida en nuestra alma, tal vez gracias a la música de Tata Nacho, Jorge Negrete y Luis Pérez Meza, que cantaron tanto del orgullo mexicano que nos lo creímos a pie juntillas.

Nosotros venimos de casas sin drenaje, escusados de hoyo que se cubrían con cal cada semana y agua traída desde el pozo del pueblo; lámparas de petróleo nos daban luz por la noche, aunque primero debíamos recortar el carbón de la mecha, limpiar la bombilla y cargar su depósito con un oloroso combustible, y teníamos radio de baterías, si es que lo teníamos. En estas circunstancias, algunos virus nos acompañaban desde la infancia.

El sarampión era tan común que las madres buscaban que nos contagiáramos siendo niños de preprimaria porque así, según su experiencia, era más benigno; de igual forma enfrentaban la tos ferina y la viruela loca, aunque sí se consideraba necesaria la vacuna contra la viruela negra y temían a la poliomielitis, que dejaba graves secuelas e invalidaba a los niños de sus piernas.

En 1957 apareció la vacuna Salk, seguida por una gran diversidad de vacunas preventivas, pero todavía en las décadas de los 60 y 70 las personas morían de diarreas en verano y de pulmonía o intoxicados por el monóxido de los calentones de petróleo o gas en invierno; las alergias se convertían en resfrío, luego en gripe que evolucionaba a bronquitis y algunas veces hasta en una neumonía que se llevaba a la tumba a sus víctimas, y esto era frecuente en niños pobres o en viejos debilitados por la edad y las malas condiciones de vida.

Sin embargo, yo veía a mi padre partir al trabajo todos los días, y a mis hermanas y hermanos también cuando llegaron a su edad laboral; aunque en ocasiones había alarmas por enfermedades, la gente sólo se recogía unos días y pronto seguía trabajando, impulsando la economía; sí, la vida era difícil, pero nunca tan aterrorizante como ahora.

Hoy, en 2020, tenemos drenaje, agua corriente, gas entubado, una televisión de pantalla plana en nuestras tres habitaciones, vivimos rodeados de calles pavimentadas (aunque algunas volvieron a ser de terracería con las lluvias recientes) y todos en la familia poseemos grados académicos importantes pero vivimos encerrados, aunque no sólo por estos últimos días de emergencia sino desde 2008. En esta frontera, simplemente en estos tres meses, han sido asesinadas 375 personas, la mayoría en la vía pública y algunas vinculadas al mercadeo de drogas.

En tales circunstancias de violencia generalizada se presenta la crisis del coronavirus; con los primeros cuatro casos registrados y contemplando que pronto se dispararán los contagios y ocasionarán una crisis de salud local, se nos pide permanecer en casa; aunque ya lo hacemos, hay datos que nos permiten observar tendencias y determinar las áreas de mayor riesgo, y así como la poliomielitis de nuestra niñez se ensañaba con los niños, podemos decir que este virus la trae contra nosotros los viejos, pues el porcentaje de fallecimientos en mayores de 70 años es del 85 por ciento.

En estos momentos lo más importante para la sociedad es proteger la salud colectiva, pero la inactividad generalizada no puede durar mucho tiempo, pues pronto se acabarán las mercancías producidas en el mundo ya que el cierre y suspensión de trabajos viene de arriba hacia abajo; sólo aquí, en una ciudad industrial con cerca de 400 mil empleados y a una semana del encierro, ya se ha detenido el trabajo en el 30 por ciento de las empresas, y falta lo más difícil: la cumbre de los contagios.

Aunque estoy convencido que esta ciudad no puede doblarse ante un microscópico virus, los cuatro casos registrados seguramente van a aumentar en las próximas dos semanas, superando a los servicios de salud como los homicidios superaron a las instituciones de procuración de justicia, y es que instituciones programadas para funcionar al límite de la normalidad se acaban por colapsar cuando llegan las crisis (afortunadamente en esta guerra, los virus no son capaces de corromper al personal hospitalario).

Una vez pasada la emergencia, dentro de semanas o meses, poco a poco volverá la calma y deberá recuperarse la economía, para entonces ya profundamente afectada; se tendrán que reconstruir las cadenas de producción y comercialización de bienes y mercancías, y tal vez tenga que revivir el mercado interno del país. Por eso son tan complicadas las decisiones que toman los responsables de la nación: si aflojan las medidas de prevención se desata la epidemia, pero si aprietan demasiado desactivan las actividades productivas y comerciales, las madres que abrazan tan fuerte que asfixian.

Si de algo soy enemigo es de dar consejos y decir cómo deben decidir los que gobiernan, aunque en esta ocasión tampoco lo haré, sólo quiero advertir que los efectos en la salud de los jóvenes son menos incapacitantes e impactantes, y que puede ser que esta ocasión, nos toque a los viejos.

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