Javier Risco.
30 millones
de votos. Durante meses el argumento contra cualquier crítica al Ejecutivo se
reducía a estas cuatro palabras. Cualquier decisión cabía en este argumento:
“no puede cerrar las estancias infantiles”, la respuesta era inmediata “él sabe
lo que hace, 30 millones de votos lo avalan”; “No basta con la Guardia
Nacional, no hay una estrategia real para combatir el crimen organizado”, otra
vez las mismas palabras, “lo eligieron 30 millones para que tome decisiones”;
“Hay un estancamiento económico, ahí están los datos”, y venía de nuevo “30
millones, aprobación del 78%, está luchando contra los intereses de décadas”. Hasta
diciembre de 2019 el Presidente gozaba de una aprobación envidiable, 68%, no
había importado el culiacanazo, no le había hecho nada la crisis del huachicol,
y la crisis de los aranceles lo había dejado con la frente en alto, caminaba
tranquilo.
2020 le ha
presentado otra cara, muy distinta: crisis de abastecimiento en medicamentos;
padres de niños con cáncer que repiten en cada consigna que su enemigo no es ni
el gobierno, ni los partidos, sino la enfermedad de sus hijos; la inseguridad
creciente; los feminicidios que le explotaron en su cara y no fue capaz de
despeinarse, no le importaron; y de pronto una encuesta que lo deja debajo del
60%.
No es todo
fatalismo, de acuerdo con la más reciente encuesta publicada por el diario
Reforma, su figura, la imagen personal del mandatario, se mantiene como un
valor intocable. López Obrador es visto como un personaje simpático, honesto,
justo y que habla con la verdad, su cercanía no se mueve; 67 por ciento cree
que es simpático, 60% cree que es justo, 58% lo cree honesto, 58% dice que es
capaz para gobernar, 54% dice que gobierna para todos, 53% señala que habla con
la verdad, y, por último, 48% dice que une al país, insisto, su figura es lo
que lo mantiene a flote, la gente cree en él, no tanto en su gobierno. ¿Esto es
un pilar sólido? De acuerdo con Lorena Becerra, encuestadora del diario
Reforma, no. La popularidad del Presidente se sostiene, básicamente, por su
imagen personal y por las expectativas sobre su gobierno. Es decir, no se
sostiene por resultados concretos sobre realidades actuales. La aprobación
presidencial está basada en imagen personal y prospectivas, en el momento en
que éstas se vean vulneradas, también la aprobación será dañada, ¿viene lo
peor? No estamos para fatalismos, sino para temperaturas sociales, hoy la
fotografía es de un desgaste de poder, el propio Ejecutivo lo aceptó, no dijo
que tenía otros datos, no denostó al Reforma, no los acusó de vendidos, aceptó
ese 59% y dio acuse de recibo.
El
Presidente debe de escuchar las preocupaciones, aunque no ha acabado su luna de
miel con el electorado que lo votó, su palabra se devalúa, hoy ya no vale lo
mismo que hace un año y debe darse cuenta. Desde 1994 el diario Reforma hace la
misma pregunta “¿Cuál es el principal problema que enfrenta el país hoy en
día?”, en marzo de 2020 la gente respondió “la inseguridad” en un 70%, nunca se
había registrado este número, ni en los tiempos de Calderón, ni en el sexenio
de Peña Nieto, hoy la gente está harta, el acumulado desgasta.
El límite
del Presidente es la opinión pública. El sentir ciudadano hoy está enfocado en
salir a la calle tranquilo, en el temor por sus seres queridos, en llegar a fin
de mes y en poder atajar un problema de salud inesperado. López Obrador no
puede imponer su agenda cuando a sus ciudadanos los están matando, sus salarios
no les alcanzan para cubrir la quincena o temen a cualquier enfermedad. Es el
momento en el que tiene que rendir resultados o su carisma no podrá estirarse
tan lejos.
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