Alejandro
Páez Varela.
¿Quién pierde
sin México Libre? Podríamos empezar por esa pregunta que genera,
necesariamente, otras preguntas. ¿Pierde el sistema de partidos? No; lo que
sobran son partidos (yo eliminaría, de entrada, a Encuentro Solidario y a la
Basura Verde o-como-se-llame) y ya el sistema democrático es lo suficientemente
“robusto”, por no decir caro. ¿Pierde la oposición? No: la hay; sólo que no
tiene ni pies ni cabeza. ¿Pierde México? Respondo con pregunta: ¿Y como por
qué?
¿Quién
pierde, entonces? Sin temor a equivocarme, pierden Margarita Zavala, Felipe
Calderón y todos los que, con ellos, esperaban regresar al erario. Y gana el
erario: menos bocas qué alimentar. Y gana algo de credibilidad el Instituto Nacional Electoral;
apenas en 2017 le habíamos gritado “árbitro vendido” por la elección de Edomex;
gana algo de terreno.
Creo que,
además, gana la cultura de la legalidad. Margarita y el expresidente, su
esposo, acumulan años de acusaciones de fraude. Por orden de importancia está
la elección de 2006 y la candidatura de fotocopias del 2018, pero no son las
únicas. Con la cultura de la trampa araron sus carreras y del regodeo con la
chapuza están sembrados sus campos. La guerra que vive México, por ejemplo. Se
lanzó para tratar de ganar legitimidad y se sostuvo inventando argumentos: que
“era necesaria”, que “el país no podía esperar más”, que era para “acabar con
los grupos criminales”; mentira, mentira, mentira. Estados Unidos detuvo a
Genaro García Luna y otra vez, a mentir: que casi casi ni lo conocían; que
nadie les advirtió que trabajaba para el crimen organizado. Mentira tras
mentira.
Y no se
trata de mentiras inocentes. El fraude de 2006, por ejemplo, puso a todos
contra todos y luego vino la herencia de sangre, la matanza que no termina.
Tampoco se trata de mentiras y nada más: son campos sembrados de impunidad: ni
Margarita ni Calderón han pagado uno solo de sus engaños; básicamente se han
salido con la suya una y otra vez. El INE (y esperemos que el Tribunal
Electoral también) apenas les puso freno. Y hasta allí. No los hizo pagar.
Nadie los ha hecho pagar. Se han aprovechado del círculo vicioso que permite a
muchos en México evitar el castigo: hacen su fechoría; luego las pelean como
buenas; pagan multas o ganan y se siguen. Así como cualquiera dentro de la
política o en el mundo de la criminal.
México gana,
creo; México se libra, al menos por ahora, de esos dos engaña bobos. Dos
engaña ilusos. Dos que saben jugar a la desesperanza y la desilusión para
colarse, para colocarse, para seguir pegados a la ubre de los impuestos.
Siempre al amparo del dinero público. Siempre jalándole al cochinito del
erario. No saben ganarse la vida, como millones de mexicanos; más bien se ganan
la vida con la vida de millones de mexicanos.
Con un
poco de decencia, con un poco de honestidad –que no han mostrado hasta hoy–,
Margarita y Calderón deberían entender que quizás sea momento de buscarse un
empleo; uno digno. Recurrir a los que los han apoyado con dinero siempre y
pedirles un préstamo para poner una tienda; algo de fiado –aunque no sé si sean
buena paga– y poner una farmacia, un puesto de tacos. Trabajar por primera vez
en su vida sin tocar los impuestos de todos los demás.
O reunir
a todos los que esperaban disfrutar con ellos las mieles del dinero público
(ahora a través de México Libre) y decirles: hasta aquí. Ahora toca aportar al PIB; crear
riqueza y no sólo gastársela. Formar equipos de diez o de cinco y discutir cómo
–así le hemos hecho muchos– crean una empresa; cómo poner un changarro. O un
despacho: la mayoría estudió derecho. Sí, me gusta para un despacho. Y si
quieren retribuir en algo a la sociedad, tomar casos pro bono. Casos como, por
ejemplo, los de las familias de desaparecidos; los de las familias que
perdieron a alguien en manos de las fuerzas del Estado. Las víctimas de la
guerra que desataron desde 2006. Me gusta, sí, un despacho; una firma de
abogados.
Y si de
plano hay contrición; y si de plano hay arrepentimiento, dedicar algo de tiempo
a rascar la tierra con las uñas, de Norte a Sur y de Este a Oeste, para ayudar
en las tareas de sacar huesos de los miles y miles que nunca tuvieron una buena
sepultura; huesos de las víctimas de su guerra, regados por todo el enorme
cementerio que también es su país.
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