viernes, 27 de enero de 2017

Construir el (otro) muro.

Salvador Camarena.

Acabó el primer round contra Trump. La delegación mexicana regresa a su esquina. Enrique Peña Nieto y su equipo han de aprovechar cada minuto que dure la pausa. Para respirar profundo, para evaluar, “escuchar, aprender, corregir”.

Algunos de los golpes recibidos en este round –los que corresponden al endurecimiento de la política migratoria, independientemente del muro– dolerán durante años. Morirán más mexicanos (y centroamericanos) al intentar evadir a policías fronterizos empoderados. Otros tantos paisanos sufrirán vejaciones a manos de autoridades migratorias azuzadas, ni más ni menos, que por su presidente.

Bajo un discurso –que la ley es para ser aplicada a plenitud y que les exige eso, no ser blandos– Trump fue el miércoles al Departamento de Seguridad Interior a ordenar el ataque contra los migrantes: ha dado permiso para violar derechos.

Ese golpe es serio. Habrá que aplicarse para minimizar el daño. El gobierno federal debe convertir en realidad la promesa de que cada consulado se convertirá en una defensoría jurídica para los paisanos.

La batalla también es por los símbolos: aumentar los fondos destinados a los consulados, que sea una cantidad robusta y enviar de inmediato esos fondos; sumar a despachos (con nombre y apellido) de abogados de México y Estados Unidos que estarán prestos a actuar; acompañarse de quienes saben más de derechos humanos (sobre todo esas ONG que han sido cuestionadas por la actual administración, pero es tiempo de hacer frente común); reforzar con los mejores profesionales a cónsules inexpertos o impresentables (remember Orlando). Y que todo eso se vea.

Más símbolos. Mostrar que dialogamos con el mundo: que nos levanta el teléfono Alemania y China, que tenemos productos para el mundo y que estamos abiertos al planeta. Que hace mucho que venimos aprendiendo a ser globales, que no tememos a la competencia. Que no estamos solos. Y que no nos sabemos solos. Que no tenemos miedo.

No sabemos cuándo iniciará el segundo round, puede ser en cualquier minuto. Con cualquier tuit. No desesperarse por contestar, pero no tardar demasiado en hacerlo. Medir cuidadosamente cada acertijo que se plantee.

Pero hay algo muy positivo: el choque inicial no resultó en un KO fulminante. Los golpes bajos dolieron, pero no doblaron.

¿Qué sigue?

Construir un muro de apoyo de los mexicanos a la posición mexicana.

Informar, explicar y debatir aquí, en casa, sobre lo conversado en privado en Washington por el canciller, Luis Videgaray, y el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo. Convencer a los mexicanos de que se ha defendido bien al país en esos encuentros.

Demostrar que hay estrategia.

Que la delegación mexicana sepa que contará con el apoyo, round tras round, si se nota que en todo momento tienen la guardia alta y el ánimo resuelto. Que se olviden de su tendencia histórica de desdeñar la crítica, que se les note que entienden que la tribuna exige porque hay un país de por medio, no sólo un gobierno; que criticar es leal, que los paleros no ayudan.

Sigue operar con universidades, alcaldes, intelectuales, empresarios, opositores y hasta iglesias, el envío de mensajes de fraternidad a las ciudades que defienden su calidad de santuario de inmigrantes; sigue no dejar de ir a Estados Unidos porque un mexicano, como Michelle Obama lo aprendió de joven, nunca piensa que hay un espacio que le esté vetado.


Y sigue el turno de la sociedad: que cada uno se las ingenie, y actúe, para armar el muro donde se estrellará, tarde o temprano, Trump.

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