Jorge Javier Romero Vadillo.
El ramalazo que la llegada de Donald Trump a la presidencia
de los Estados Unidos le ha provocado a México no ha hecho sino exacerbar los
males crónicos de un Estado que no se reformó a tiempo. Si bien la crisis que
se manifestó en toda su crudeza a partir de 1982 –anunciada desde el inicio de
la década de 1970– llevó al final del régimen del PRI en su forma clásica y
provocó una oleada de reformas económicas y políticas relevantes, la estructura
fundamental del orden social no se transformó y, por más apertura económica y
reforma electoral, lo esencial del arreglo: su inveterado patrimonialismo, su
clientelismo crónico, su estructura de maquinaria repartidora de rentas y el
sistema de botín en todos los ámbitos de la administración pública, se mantuvo
inalterado.
El corporativismo
sindical, intacto, ha servido para mantener a los trabajadores sin instrumentos
de resistencia, lo que ha garantizado un modelo económico cuya casi única
ventaja competitiva han sido los salarios de miseria, mientras otras
instituciones del antiguo régimen, como la
no reelección –virtuosa en un régimen no democrático, pues garantizaba la
circulación política y establecía límites a la concentración de poder– se han vuelto extremadamente
disfuncionales, pues generan horizontes temporales de muy corto plazo, lo que
exacerba la depredación, agravada
por la inexistencia de administraciones públicas profesionales capaces de
atemperar la ineficiencia de unos cargos electos de precaria formación y ávidos
de sacar el mayor provecho posible del puesto obtenido, concebido como
patrimonio personal.
La seguridad pública,
que en el antiguo régimen se sustentaba en la venta de protecciones privativas
y en la negociación individual o colectiva de la desobediencia, se desmorona
ante la inexistencia de cuerpos profesionales civiles técnicamente capacitados
y sometidos a procesos claros de rendición de cuentas, por lo que el control
territorial se desmorona y no queda más remedio que recurrir a las fuerzas
armadas para evitar el colapso, con costes ingentes para los derechos humanos y
para la posible construcción de un orden jurídico auténtico, capaz de sustituir
la ficción aceptada a la que el antiguo régimen nos acostumbró.
El Estado mexicano
hace agua por todos lados. Su sistema de salud está al borde de la saturación,
su sistema educativo está en situación catastrófica, sus infraestructuras se
caen a pedazos, su capacidad de ordenar la vida social en torno a reglas claras
y aceptadas mayoritariamente se deteriora día a día. El orden que queda
parece mantenerse más por inercia que por la legitimidad del arreglo político.
La economía surgida
de la apertura comercial y del Tratado de Libre Comercio de la América del
Norte se basó, desde su concepción hace dos décadas, en vender salarios bajos a
la industria orientada al mercado estadounidense –pues a pesar de que
Canadá también es socio del acuerdo, el intercambio con aquel país es precario
y casi todo transcurre a través del vecino común–, sin que se desarrollaran
nichos tecnológicos propios, ni se buscara fortalecer el mercado interno, tan
endeble como en el momento del colapso del modelo de sustitución de
importaciones, por las mismas razones de entonces: trabajadores urbanos y
rurales mantenidos en niveles de subsistencia, sin capacidad alguna de
convertirse realmente en consumidores de bienes intermedios.
En ese escenario de
descomposición resulta natural que cada ladrido del perro rabioso instalado en
el patio vecino provoque pánico. La adversidad que sorprendió al país por
el triunfo del demagogo desaforado y hoy nos sobrecoge no ha hecho sino mostrar de manera descarnada las contrahechuras de
nuestro orden social y la enrome irresponsabilidad de los dirigentes políticos
que durante veinte años pusieron el acento en unas supuestas reformas
estructurales sin otro objetivo que desmantelar la capacidad de intervención
del Estado en la economía y no intentaron siquiera modificar su estructura
básica, para transformarlo de un Estado manipulador de los factores económicos
a uno con capacidad regulatoria eficaz, promotor del crecimiento con base en la
inversión en infraestructura, en salud y en educación, sujeto a la rendición de
cuentas y basado en un orden jurídico sólido.
Después de veinte
años desperdiciados, durante los cuales los políticos se han aferrado al
mantenimiento de la maquinaria distribuidora de rentas, en un país en el que la
política corrupta ha sido históricamente casi la única vía para el ascenso
social,
El espejismo del
crecimiento económico basado en la exportación de manufacturas sin contenido
tecnológico propio y apuntalado por la renta petrolera se ha esfumado y,
como en un juego de serpientes y escaleras, volvemos a la casilla de arranque. Este año los fantasmas de la inestabilidad
económica y la recesión que se creían conjurados salen detrás de las puertas de
cada armario y paralizan a una sociedad ya de por sí aterrada por la violencia.
Y entonces sale el
Presidente Peña Nieto con un domingo siete más: un pacto de estabilización y
estímulo económico sacado del repertorio estratégico del gran demiurgo de la
Reforma Económica de final del siglo pasado: Carlos Salinas de Gortari
forjó su candidatura presidencial gracias a que supo echar mano de los recursos
de manipulación del antiguo régimen que, aunque maltrechos, sirvieron para
lograr un pacto de rentas entre un movimiento obrero sometido al control
político y unos empresarios debilitados por la crisis económica que ya para
1987 llevaba un lustro. El pacto, renovado una vez que se hizo con la
presidencia, fue exitoso debido a la debilidad de los actores involucrados,
sobre todo el movimiento sindical, y se basó en la contención salarial para
frenar la inflación y detener la descomposición del tejido económico. La
contrapartida estatal fue un severo ajuste presupuestal y el compromiso de
disciplina macroeconómica.
El margen de maniobra político que tenía entonces Salinas
era superior, incluso después de la crisis y la ruptura del PRI que puso en
jaque al régimen, al que tiene Peña Nieto hoy. Es cierto que el movimiento sindical sigue tan sometido como entonces
–incluso es más débil ahora–, pero
la capacidad gubernamental para disciplinar al resto de los actores ha
desaparecido casi por completo. Así, el pacto propuesto por Peña suena a
agua de cerrajas a unos empresarios cada
vez más desconfiados y se enfrenta al hartazgo social por el abuso evidente y
la corrupción política imperante; así, la mayoría de la sociedad lo ve con
desdén, mientras crece la radicalidad del descontento y se escuchan barruntos
de rebelión en un país ya de por sí convulsionado por la violencia.
El ridículo de llegar
a un acto público sin siquiera tener la garantía de que todos los convocados
aceptarían al menos participar en la representación, solo es una prueba más de
la falta de talento de un gobierno al que, a dos años de su final, se le
han agotado los recursos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.