Salvador Camarena.
El presidente se dejó crecer la barba. “Qué bien se le ve el
look, señor presidente”. En contraste, vacaciones van y vacaciones vienen pero
su amigo hace años luce igual, medio estragado, medio delgado, a pesar del
esmerado peinado.
El presidente se cuidó de alejarse de los reflectores cuando
la cosa cambiaria se complicó en septiembre. No estuvo con la quemazón del peso
frente al dólar de estos meses porque, ya se sabe, presidente que devalúa se
devalúa. Su amigo, en cambio, se ha deslizado con ese deslizamiento del nunca
acabar.
En su momento, al presidente los empresarios nunca se le
salían del huacal. Ni rechistaban. Hubo una vez, hace de esto un par de años en
Acapulco, que la nota fue que el presidente había abierto en su agenda un
pequeño espacio para escuchar a los banqueros en su plenaria. Magnánimo el
presidente, que dispuso oídos a las quejas de los señores del dinero. Debería
aconsejar a su amigo sobre cómo tratar a esos barones, pues su amigo, vimos el
lunes, nomás no pudo lograr la adhesión de todos los señorones a su pacto,
copia que como todo remedo nació chiquito, contrahecho.
Luego de largas semanas de silencio en el tema Trump, el
presidente esta semana ya dijo lo que se va a hacer. No hizo política, qué va,
porque ya se sabe que los presidentes dictan instrucciones, trazan un rumbo.
Así, tan sólo dos meses después del triunfo del fascista yanqui, el presidente
nos hizo la luz: ante Estados Unidos ni confrontación ni sumisión. Ahora le
toca a su amigo traducir en hechos el camino a seguir entre esas dos posturas
que, como ya mencionó el presidente, representan puertas falsas. Suerte al
amigo del presidente, y a los que somos sus gobernados, porque la vamos a
necesitar.
El presidente fue un gran arquitecto del pacto grandote, el
de por México. A su amigo le dijo: aguanta el costo de las reformas, bajará tu
popularidad, pero eso será transitorio, luego la gloria será toda tuya. La
Patria, esa señora morena vestida de blanco, te lo reconocerá en mayúsculas. Es
hora que el amigo no ve esa hora. Seguro el amigo del presidente toma el
teléfono rojo para llamarle y preguntar por la red si tardará mucho más en
llegar eso del agradecimiento de la Patria, porque en las calles, y en la otra
red, puras mentadas de madre suenan.
Somos iguales, dijo un día el presidente al saber que a él y
a su amigo les cuestionaban sus casas construidas por constructoras
contratistas de contratos oficiales del Edomex, y del gobierno federal. Pero el
presidente nunca quiso vender su casa en el club, faltaba más, mi familia no
quiere, argumentaba con un dejo de indignación por la ocurrencia en las
poquísimas entrevistas de periodistas que cuestionaban eso al presidente. La
mujer de su amigo en cambio prometió que se desharía de ese contrato. No, no
son tan iguales su amigo y el presidente.
Hay secretario de Hacienda y hay (es un decir) de
Gobernación. Y hay presidente y hay un amigo del presidente. En la crisis de la
gasolina todos han salido raspados, todos menos –como tenía que ser– quien
trazó las políticas desde que el candidato era candidato: exacto, todos han
quedado chamuscados por el aumentazo, menos el presidente. Así tenía que ser.
Porque así también son los proyectos transexenales. Alguien tiene que quedar a
salvo, para cuidar el legado, seguro pensó nuestro listo presidente.
Y mientras el amigo trabaja rodeado de pinos, el presidente
despacha viendo a Juárez de frente.
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