Jorge Javier Romero Vadillo.
Javier Lozano es un político desfachatado. Suele decir lo que piensa
con crudeza, sin tratar de enmascarar en lo más mínimo su talante reaccionario,
su vocación de hombre de derecha, su impertinencia y su grosería, aunque
esta última la pretenda barnizar con el supuesto refinamiento de aficionado a
la música académica. La vulgaridad de su
manera de abordar la política choca en un país de modales hipócritas y falsas
cortesías, un país en la que la política se desarrolla como un baile de
máscaras permanente.
Sin embargo, Lozano solo se
diferencia de la mayoría de los políticos mexicanos en su expresión descarada,
pero no en el fondo.
Sin pelos en la lengua, Lozano ha declarado, orondo, que si le reducen
el sueldo se va a dedicar a robar, como si su salario como legislador fuera el
pago que la sociedad mexicana le tuviera que hacer al extorsionador para que no
la deprede más. Así, el senador Lozano se
muestra como un claro ejemplo de un bandido que ha optado por la política como
una forma de prolongar su bandidaje, como la manera para extraer rentas de la
sociedad sobre la cual ejerce su dominio. Con sus dichos, el conspicuo
calderonista no hace otra cosa que mostrar sin ropajes ni oropeles lo que en su
origen define a la política, pues de acuerdo con la metáfora criminal sobre el
nacimiento del Estado planteada hace dos décadas por Mancur Olson, el poder en su cuna no fue otra cosa que
la institucionalización del robo de largo plazo por parte de grupos que
justificaban su existencia en darle a la sociedad protección frente a otros
ladrones más devastadores.
En la medida en la que se
extiende temporalmente el dominio, a los bandidos les interesa que la comunidad
a la que roban prospere, porque así aumenta la cantidad de recursos de los que
se pueden apropiar, pero si su horizonte
temporal de robo se reduce, entonces se trataran de apropiar de una mayor proporción
de la renta pública con lo que acabarán por matar a la gallina de los huevos de
oro. Toda similitud con los dichos de Peña Nieto –cuyo descaro no es
producto del cinismo abusivo, como el de Lozano, sino de la simpleza– con la
realidad no es mera coincidencia.
La tragedia mexicana es que, precisamente como resultado de la
existencia de esta maquinaria depredadora controlada por una coalición estrecha
de intereses, la política es casi la única vía de ascenso social que existe en
el país. Como el acceso a la organización económica está fuertemente
restringido, el emprendimiento productivo o mercantil no es un mecanismo al
alcance de todos para prosperar, pues solo aquellos que son hijos de
empresarios ya prósperos tienen posibilidades de dedicarse a los negocios
privados. Así, solo la política es percibida como una actividad útil para
ascender en la escala social y mejorar de situación económica. Solo desde la
política se puede llegar a los altos puestos de la administración, pues la
burocracia no es más que un espacio de reparto de parcelas de rentas entre las
clientelas y las redes de lealtad de los políticos.
Las marañas regulatorias para hacer negocios, las barreras
proteccionistas para formar partidos, las restricciones legales para formar
sindicatos no son otra cosa que mecanismos que sirven para que los políticos
vendad protecciones y privilegios, para garantizar la disciplina de sus
clientelas o para impedir la organización social que pudiere restarles poder.
Esa es la forma primitiva en la que opera lo público en este país.
El efecto en el sistema de incentivos
sociales de esta forma de orden ha sido devastador. Como para ingresar al servicio público lo que se necesita es pertenecer a
una red de lealtad, nada importa la
buena formación ni el desarrollo de capacidades técnicas o profesionales.
Como el entorno es incierto y no hay garantías jurídicas sólidas, en la empresa
privada también se opta por el
reclutamiento entre los parientes y los amigos, para reducir la incertidumbre a
partir de las lealtades personales. Los políticos encumbrados garantizan la
lealtad de sus clientelas con su discrecionalidad para dar y quitar empleo y
aseguran sus fuentes de rentas con su capacidad discrecional para negociar la
desobediencia de un sistema jurídico abigarrado, propicio para la extorsión.
Si por algún lado debe empezar la reforma de este contrahecho Estado es
por quitarle a los políticos la capacidad de disponer arbitrariamente del
empleo público para repartirlo entre clientes y válidos. Mientras cada
funcionario le deba el puesto al jefe político y este pueda despedirlo
discrecionalmente, cada burócrata será un cómplice de la depredación, pues no
tendrá ningún incentivo para contener el latrocinio.
Si de los que se trata es de
construir un Estado moderno, no depredador, se debe empezar por construir
servicios públicos profesionales, desde el barrendero o el policía de la
esquina, a los que se ingrese por méritos y se avance y permanezca de acuerdo
con el desempeño, no gracias a lealtad y disciplina lacayunas a cambio del
derecho a utilizar la pequeña parcela de poder concedida para el beneficio
personal. Sin discrecionalidad para repartir empleos y favores y sin prebendas
jugosas como la que defiende Lozano, tal vez la política se pueda convertir en
una actividad para la gente decente, con ganas de servir a la comunidad en
lugar de robarla.
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