El año 2017 ha comenzado con profunda indignación y
desconcierto entre los mexicanos. A las preocupaciones, cada vez más
justificadas, por los efectos negativos de las políticas de Trump hacia México se han sumado problemas internos que
afectan de manera más inmediata el ánimo y la vida cotidiana de los ciudadanos:
el alza considerada exorbitante en el precio de la gasolina, el espectáculo de
los congresistas adjudicándose directamente beneficios inmerecidos, la
corrupción que aflora de manera escandalosa en diversos niveles. Todo ello
configura un panorama político interno que presagia disturbios y reclamos
difíciles de controlar.
La respuesta
gubernamental ha sido insuficiente. Se
ha eludido con notable indiferencia explicar las causas del aumento en la
gasolina que repercute, sin lugar a dudas, en los precios de muchos otros
bienes y servicios.
Por otra parte, se ha
decidido un cambio en el gabinete que lleva a uno de los mejores amigos del
presidente, Luis Videgaray, a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Semejante
cercanía es un arma de dos filos. Videgaray ha tenido fuertes responsabilidades
en el diseño y aplicación de un gobierno que, de acuerdo con las encuestas,
tiene uno de los niveles más bajos de aceptación. ¿Sólo es responsabilidad del
presidente o también de su equipo más cercano?
El descontento que invade a la mayoría de los mexicanos no
es repentino. Se venía gestando desde hace más de 30 años, cuando tuvo lugar el
claro distanciamiento entre la política gubernamental y las necesidades de la
mayoría de la población: a partir de entonces el crecimiento económico se
estancó en niveles inferiores a lo que requerían las necesidades de una
población creciente, la capacidad adquisitiva de los salarios se deterioró, a
pesar de la inversión en diversos programas sociales la pobreza no disminuyó y
quedó atrapada en ella cerca de 50% de la población. El México desigual lo es todavía más en el siglo XXI.
Es irritante y
patética la incapacidad del presidente y de su secretario de Hacienda para
responder respecto de los motivos que obligaron a los incrementos en el precio
de los combustibles. Una personalidad tan bien preparada como José Antonio
Meade podría articular un buen discurso para transmitir los problemas internos
y externos que lo hicieron inevitable. Eso implica, claro está, reconocer que
hubo errores políticos serios, como haber afirmado, con fines de propaganda,
que la reforma energética reduciría el precio de los combustibles.
Ningún secretario de Estado habla sin anteponer un
reconocimiento al presidente o pronunciándose más allá de lo que fija la
oficina de comunicación social de la Presidencia. A pesar de los grandes
avances en la libertad de expresión, la organización de la sociedad civil y la
lucha partidaria, la cultura cortesana ante el presidente sigue dominando en
México.
Ahora bien, el regreso de Videgaray coloca sobre la mesa, de
manera urgente, la comunicación social y la transparencia de la acción
gubernamental ante la ciudadanía. Cuando van de por medio acciones de grandes
consecuencias para el futuro del país no
bastan frases intrascendentes como “defender los intereses nacionales” o
pronunciamientos afectuosos como “vengo a aprender de ustedes”.
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