En medio del enojo
ciudadano, las protestas y manifestaciones por el gasolinazo, un tema no menor
tendría que estar sobre la mesa, para hacerle frente y equilibrar el alza con
el poder adquisitivo: el salario mínimo.
No solo se trata de
un asunto de elemental justicia social, sino que políticamente ayudaría a
despresurizar la crisis política-social. Eso, más que rimbombantes acuerdos y
pactos, podría transformar la vida de millones.
Durante años, el
asunto estuvo olvidado. Por décadas, el salario mínimo no fue revisado y perdió
poder adquisitivo -de 1976 a 2014 se redujo 71% a nivel nacional y 77% en la
CDMX-. El 1 de mayo de 2014, Miguel Ángel Mancera tomó la bandera y ahí
comenzó la ruta, que pasó por la desvinculación del salario mínimo de cualquier
concepto de cobro, sanciones y multas, hasta, finalmente, un incremento que
sigue lejos de lo suficiente para que lo que gane un trabajador alcance para
cubrir las necesidades más elementales de alimentación, vivienda, educación,
vestido y transporte.
A partir del 1 de
enero, el salario mínimo pasó de 73.04 a 80.04. El aumento, cierto, fue el
más sustancioso de los últimos años y, por primera vez en décadas está por
encima de la inflación, pero con el
incremento de más del 20% al precio de las gasolinas, sigue siendo una falta de
respeto para millones. La propia
Coparmex había señalado –antes del gasolinazo- que el minisalario debía llegar
a 89.35 pesos y ni qué decir otros cálculos que lo colocan por arriba de los
100 pesos, pero no.
Pasado el formalismo de cada año, parece que el tema moriría
hasta diciembre próximo –cuando se revise y anuncie el alza-, pero lo revivió, de nuevo, Mancera. El Jefe de gobierno puso
sobre la mesa que el minisalario debe crecer hasta los 171.3 pesos para el 2018, pero señaló que
debe haber un aumento a partir de este año. La propuesta la tenía el gobernante
capitalino desde la semana pasada y por eso solicitó la presencia del
Presidente en la reunión de la Conago de esta semana, pero ni Peña Nieto
asistió a la reunión, ni Mancera la formalizó.
Desde el gobierno
federal nos han dicho hasta el cansancio que el precio de la gasolina en México
no es el más caro del mundo. Y, en estricto sentido, es cierto. Pero si lo
comparamos con el salario mínimo, sí es ofensivo. México es, hoy, la segunda
nación con el minisalario más bajo en América, solo arriba de Haití. Una
miseria.
Urge subirle. Siete
millones de mexicanos que lo ganan o 12 millones de personas que reciben entre
uno y dos salarios mínimos, no pueden esperar un año, ni pueden aguantar
gasolinazos de 20%.
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