Salvador Camarena.
Hace once
días Arturo Ángel, reportero de Animal Político, publicó una cosa digna de
escándalo.
El periodista que reveló los fraudes
con empresas fantasma en el Veracruz de Javier Duarte dio cuenta de que la
Procuraduría General de la República ha abierto 56 averiguaciones previas en
contra de Javidú por presunto desvío de recursos, pero que ninguna ha sido
consignada ante un juez, ninguna. Cero. Nada.
Esas
averiguaciones involucran más de 21 mil millones de pesos de presuntas
anomalías detectadas por la Auditoría Superior de la Federación. Monto que se
suma a otros 35 mil millones de pesos que tampoco encuentra la ASF y que, a su
vez, podrían convertirse en nuevas denuncias. (http://bit.ly/2qJEy8C)
Son
cantidades delirantes. No es necesario traducirlas, como mandaba una no tan
vieja escuela periodística, en el número de escuelas u hospitales que se
podrían hacer y/o mantener con esos montos.
Es un chorro
de dinero, para decirlo coloquialmente sin recurrir a la otra mexicanísima
palabra que también empieza con ch.
El remate de
esta historia es todavía más increíble. Porque es de no creerse que muy probablemente el caso de toda esa lana quede
fuera del proceso por el cual será extraditado, e inicialmente juzgado, Javidú.
Así que
cuando sientan en el estómago ese piquete de gusto al recordar que el
exgobernador de Veracruz está en una cárcel, pongan freno a sus bajos
instintos. Porque si bien es cierto que don Javier no está en un lecho de
rosas, de ahí a que el futuro que le
espera sea el proceso legal más severo y ejemplar en términos de castigo, cabe
un largo trecho. Cabe, por ejemplo, un escepticismo del tamaño de 56 mil
millones de pesos.
Todo esto
viene a cuento porque al igual que ha ocurrido con Javidú, de cuyas condiciones
carcelarias han trascendido sonseras como que pidió un colchón, etcétera, ayer
nos enteramos de que a Roberto Borge, exgobernador de Quintana Roo, lo ponen a
lavar baños.
Borge lava baños. Qué gran festín
para las redes, qué pobre información de cara a la búsqueda de justicia.
Hoy en Quintana Roo hay gente que aún
no se atreve a denunciar los despojos de los que fueron víctimas en tiempos de
Borge porque aún se teme al gran poder que tuvo. Y,
sobre todo, porque la estructura mediante la cual pudo ocurrir un sexenio de
latrocinio no se fue ni mucho menos cuando desapareció del mapa el hoy detenido
en Panamá. Borge tiene beneficiarios y benefactores en notarías, organismos de
gobierno, el Congreso local y el federal, juzgados, etcétera.
Si la investigación (es un decir) de
la PGR en contra de Duarte es el parámetro, temamos lo peor con Borge. Según el boletín dado a conocer la
semana pasada por esa fiscalía, al
exgobernador lo detuvieron sólo por un delito. Uno que no ameritaría, por
cierto, cárcel si esa fuera la única imputación que lo forzara a regresar a
México.
En ese
contexto, el periodista Pedro Canché, que fue víctima del despotismo de Borge,
ayer reveló que visitó, por sorpresa, al exgobernador. De su crónica lo que
destaca es que lo ponen a lavar baños.
Claro que da
gusto imaginar a Borge lidiando con los retretes. Pero no nos distraigamos, lo que toca es documentar periodísticamente
sus atrocidades. Si cedemos al impulso de lo anecdótico, no sería extraña la
noticia de que por más que lo investigó (sic) la PGR nada se consignó ante un
juez. Y en cosa de meses Borge se olvidaría de los baños, pero los que
tendríamos que lidiar con la porquería seríamos nosotros.
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