Pablo Gómez.
Aquella
frase tan comentada y criticada de Andrés Manuel López Obrador, “al diablo con sus instituciones”, se ha
convertido en una realización bajo la actual administración, pero no en un
sentido de renovación para mejorar. El largo proceso de deterioro y
degeneración de las instituciones del Estado mexicano se ha llevado a peores y
mayores consecuencias.
La Procuraduría General de la
República siempre tuvo el problema de que el presidente en turno le daba
órdenes al procurador, pero nunca estuvo tan deteriorada como ahora.
Al tiempo de
su renuncia, Raúl Cervantes dijo que es preciso que el Ministerio Público
federal sea eficaz e independiente. Él
no pudo lograrlo en el breve lapso de su gestión, pero es que nadie puede, ya
que no es cuestión simplemente de nuevas leyes, sino de que la PGR no es una
verdadera institución del Estado, como tampoco lo son las procuradurías de las
entidades federativas.
La Fiscalía General que está prevista
en la Constitución, cuya ley aún no existe, sería la infortunada heredera de la
vetusta PGR. Ya desde ahora las designaciones del fiscal general y del fiscal
anticorrupción han generado un gran follón en el Congreso, debido a que no hay
institucionalidad en la procuración de justicia, no existe una digna profesión
de los y las fiscales, no hay de dónde sacar maestros prácticos del Ministerio
Público. Nomás véase que todos los procuradores y procuradoras han sido unos
improvisados, pero, eso sí, disciplinados y disciplinadas al presidente de la
República. Esa institución está mandada al diablo.
En la PGR
todavía se sostiene la tesis de que el basurero de Cocula fue convertido en un
gran horno crematorio, durante una sola noche, ni siquiera completa, mediante
el simple uso de gasolina y llantas, para desaparecer 43 cuerpos sin que se
haya podido recuperar el más pequeño residuo luego de un gigantesco incendio
cuya existencia pasó desapercibida por completo.
Aturdidos, pudimos observar cómo
Enrique Peña Nieto mandó al diablo a la maltrecha Secretaría de la Función
Pública. Fue colocado ahí un abogado como secretario, con la expresa encomienda
de investigar la misteriosa enajenación de una Casa Blanca de Las Lomas. El presidente de un país nombra
especialmente a quien le va a investigar a él y a su esposa, el cual les
exonera, naturalmente. ¿Cómo se llama la obra? La tragedia política mexicana.
Luego, ante el desprestigio de aquel señor
secretario, debido a la unánime burla popular, la procuradora fue trasladada
ahí como relevo después de haber fracasado como jefa del Ministerio Público
federal.
El secretario de Gobernación, Miguel Ángel
Osorio Chong, se ha negado sistemáticamente a dar cuenta de lo ocurrido en
Nochixtlán el 19 de junio de 2016, donde murieron siete civiles. Con esa
actitud, el “jefe del gabinete” ha mandado al diablo, como instituciones, a la
Policía Federal y a su Gendarmería, de las cuales es el jefe superior. Lo que Osorio hizo luego de los
hechos fue ordenar una “investigación”, y después se olvidó del asunto para
siempre.
Por su lado,
la Comisión Nacional de los Derechos
Humanos, después de 16 meses de dificultosas indagaciones, recién ha concluido
que hubo violaciones a la libertad, la integridad y la seguridad, así como al
acceso a la justicia, a la verdad y a un recurso jurídico efectivo. El
operativo de aquel día es considerado por la CNDH como indebidamente diseñado,
preparado, coordinado y ejecutado, todo lo cual, decimos, es responsabilidad
política del secretario de Gobernación. La recomendación del ombudsman será,
eso sí, intrascendente para el poder político que se especializa en mandar al
diablo a las instituciones.
Tenemos una pandemia de atracos en numerosos
gobiernos locales. Las denuncias públicas de hechos escandalosos y el cambio de
partido gobernante en algunos lugares han llevado a que varios exgobernadores
sean inculpados. Esta corrupción no es nueva, pero tiene una característica que
no siempre ha estado presente: el Estado corrupto se encuentra ahora demasiado
descentralizado. El presidente de la República no ha logrado organizar bien los
procedimientos y su partido está volcado sobre los recursos públicos, sin
descontar que algunos más, de otras procedencias, también se han servido lo que
han podido. Esas instituciones fueron mandadas al diablo, aunque bien sabemos
que, ocurrió por enésima vez.
La Presidencia de la República
siempre ha presionado a los medios de comunicación. Compra servicios
publicitarios para complacer y recibir halagos y notas destacadas, pero también
impone fuertes límites. Antes, los motivos eran la gobernabilidad, el interés
de partido, el bloqueo de críticas y de críticos, el ocultamiento o deformación
de hechos, en fin, los intereses generales del poder. Ahora las cosas han
cambiado para empeorar. Los periodistas expulsados lo han sido debido a
críticas de la conducta personal del presidente o de familiares de éste. Ya
llevamos varios casos muy fuertes que han producido escándalos. De esa manera,
la Presidencia de la República también ha sido mandada al diablo por el
mismísimo presidente que pone por delante a su propia persona.
La Suprema Corte de Justicia acató
una consigna del gobierno para impedir la consulta popular sobre la reforma
energética, solicitada mediante todos los elementos legales y procedimentales.
El argumento fue tan baladí que nunca se olvidará ese lance de la Corte en
contra de la democracia participativa. Con un solo voto en contra, el del
ministro José Ramón Cosío, la mayoría de togados mandó al diablo al Poder
Judicial y a esa institución constitucional conocida como el derecho ciudadano
de ser consultado.
En un
minucioso recuento podríamos traer a nuestra memoria miles de actos
institucionales que han mandado al diablo a las instituciones.
No dudo que con la frase de “al
diablo con sus instituciones”, López Obrador haya querido decir que es preciso
reformar las instituciones porque las actuales son malas, en lo que tendría
razón, pero se debe agregar que, para hacerlas verdaderamente nuevas, no sólo
hay que cambiar nombres y titulares.
La tarea de
reconstrucción institucional de México es gigantesca, pero no se ha iniciado
aún, todo ha sido hasta ahora, más o menos, cosmético.
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