Javier Risco.
Todo el
tiempo hablamos de cifras, porcentajes y reconstrucciones por decreto. Algunos
proponen tandas, otros tienen un protagonismo ausente y existen los que, 23
días después, se siguen peleando con los miembros de su partido para saber
cuánto deben 'donar'.
La mayoría de nuestros gobernantes
viven en un mundo de escenografía, caminan entre calles cercadas por militares,
rodeados de una burbuja de funcionarios que les impide ver una realidad
destruida a diez metros. Se toman fotos, prometen tres o veinte mil pesos y a
lo que sigue. La única verdad es que la reconstrucción no depende de ellos, no
depende del discurso vacío, depende de seguir de pie.
Cuántas
historias comienzan cada mañana en un albergue, en una casa ajena, en una cama
prestada; escuchan radio y de casualidad leen el periódico, pero tratan de
volver a una rutina, a una normalidad que parece difícil de reconstruir.
En esta
etapa no basta poner paredes, solicitar créditos y cobrar un apoyo; muchos de
los damnificados regresan a sus casas destruidas, miran desde la calle fotos
perdidas y buscan consuelos en vecinos que tienen más información que ellos.
Un ejemplo
aguarda en el edificio que está en la esquina de Concepción Beistegui y
Yácatas, en la colonia Narvarte, de la única delegación que siempre han
gobernado los blanquiazules y que colapsó minutos después del sismo del 19 de
septiembre. Uno de los 52 que dejó sin patrimonio a cientos de capitalinos. Uno
de los tres primeros que serán demolidos para enterrar entre escombros las
historias que aún están al descubierto.
En esa
esquina vivían seis familias y en la parte de abajo funcionaban cinco negocios:
un local de carnitas, una tienda de abarrotes, una barbería, una planchaduría y
una tintorería. Estos dos últimos eran atendidos desde hace diez años por
Enrique Alcántara, quien a sus 64 años sólo vive de lo que la edad le permite
hacer aún: planchar y lavar ropa.
Enrique
estaba trabajando en el negocio ‘La 12n’ aquel martes, alcanzó a salir antes de
que tres niveles dejaran el edificio sin posibilidad de volver a levantarse y
con más de seis décadas de vida no sabe aún cómo hizo para correr hacia afuera.
Un cuarto de ese inmueble era su hogar.
No pagaba
renta, pero lo dejaban dormir ahí. Afuera de lo que queda de este sitio, desde
la esquina de Concepción Beistegui, además de las ruinas, se pueden observar
paredes llenas de fotografías que aún guardan parte de la vida de quienes hoy
no tienen un sitio dónde colgar sus recuerdos.
En color
sepia o amarillentas, las fotos de lo que parece eran dos recámaras, delatan la
propensión a la nostalgia de Enrique, quien vivía ahí con sus dos hijos. Los
tres sobrevivieron, aunque hoy duermen debajo de una delgada lona azul del
campamento que arropa a quienes hace un mes vivían en una zona residencial.
Don Enrique
no se conforma con agradecer estar con vida. Dos días después del sismo que lo
dejó sin casa y sin un local para trabajar, un antiguo cliente que le ha
confiado años la pulcritud de sus camisas le regaló un burro de planchar y una
plancha, para que no iniciara de cero.
“Yo no me
puedo quejar, aunque lo perdí todo también me di cuenta de lo bendecido que
estoy por todos esos clientes lindos y amables y generosos que siguen
acordándose de este viejo del que quizá ni el nombre conocían, pero que me
permiten tener unos pesos para comer”, dice el anciano.
El gobierno
no lo ha ayudado, porque el cuarto en que habitaban no era de su propiedad ni
rentaba, por lo que no lo consideran como un damnificado que merezca, aunque
sea, los tres mil pesos de ayuda que regalaron a más de mil impostores. Él ha
pedido que se le tome en cuenta, nada más. Hasta hoy no ha sucedido.
Sin embargo,
don Enrique no pierde la fe, y aunque
las autoridades no se han acercado a él, sus clientes le llevan todos los días
ropa que planchar para que cobre al menos los 108 pesos por docena que le
permiten comprar comida para él y sus hijos. Aquel que lo busque lo va a
encontrar con su pequeño burro de planchar azul del que cuelga un letrero
amarillo con la leyenda: ‘De pie y trabajando’.
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