Dolia
Estévez.
Francamente
cansa volver a escribir sobre el tema de las armas. Son demasiadas veces. Esta
vez me rehúso a ser parte de un debate que hace tiempo considero estéril. Me
niego a volver a exponer los mismos argumentos contra el acceso ilimitado a las
armas de fuego. ¿Para qué? Nada cambia. No hay voluntad política. Los intereses
financieros del poderoso lobby armamentista y la guerra cultural que instiga
han rebasado a las instituciones. La gente regresará a su rutina. Habrá otra
masacre. En otro lugar. Con otras víctimas. Otra vez el debate. La misma
película reciclada. Ya me sé el final.
De mayor interés me parece abordar la
reticencia de la clase política a definir ciertos actos de violencia extrema
como terrorismo. Donald Trump dijo que abrir fuego contra miles de civiles
indefensos en el festival musical de Las Vegas era un “acto de maldad”. Al día
siguiente, la palabra “terrorismo” era trending topic en Twitter, aunque los
políticos evitaron usarla, con la excepción de un puñado de legisladores
demócratas.
La negativa
tiene que ver con la redefinición del concepto tras los ataques terroristas del
2001. Se cree que, para ser considerado un acto de terrorismo, el o los autores
deben ser musulmanes o individuos con vinculados internacionales. De ahí que a
muchos les cayó el anillo al dedo cuando el grupo extremista islámico ISIS se
adjudicó (sin presentar pruebas) la autoría de los actos en Las Vegas. Alex
Jones, fundador de Infowars, publicación promotora de las teorías de la
conspiración, dijo que los responsables eran terroristas de ISIS, banqueros
“globalistas”, la izquierda y el movimiento antifascista. Sin embargo, el FBI descartó a ISIS, al señalar que el grupo extremista
tiene un largo historial de alegatos falsos. El más reciente, el ataque en el
Puente de Londres en junio de este año.
LO CIERTO es que las autoridades siguen sin dar con
la causa. Stephen Paddock, el hombre anglosajón que mató a 59 personas y dejó
heridas a más de 500 el domingo en la noche, rompió patrones. Tenía 64 años. No
era musulmán, inmigrante o descendiente inmediato de inmigrantes. Según su
hermano, era millonario. No tenía antecedentes criminales o de trastorno
mental.
Baja las
leyes federales, las recurrentes matanzas en Estados Unidos no son tipificadas
automáticamente como actos terroristas. El código federal toma en cuenta el
móvil no el tamaño de la masacre. Para
ser terrorismo doméstico, debe haber motivación política, ideológica o
religiosa. El terrorismo es definido
como “el uso ilegal de la fuerza y la violencia contra personas o propiedades
para intimidar o presionar al gobierno, la población civil…con el propósito de
promover metas políticas o sociales”.
Bajo esa
explicación se puede argumentar que fue político el origen de la violencia del
supremacista blanco que en agosto pasado atropelló a una mujer durante una
manifestación contra el racismo en Charlottesville. Sin embargo, ni ese ni
otros actos de terrorismo doméstico, muy probablemente perpetrados con
intenciones políticas o sociales como el racismo, han sido codificados de
terrorismo. De hecho, después de 2001, las autoridades no han presentado
ninguna acusación por terrorismo doméstico.
El profesor
David C. Rapoport, reconocido experto sobre terrorismo de la Universidad de
California y fundador de la publicación Terrorism and Political Violence, a
quien consulté para efectos de esta columna, explica: “Hasta lo que sabemos, el asesino no tenía móviles políticos,
aunque posteriormente podríamos enterarnos de que sí. No obstante, fue un
homicida múltiple, un criminal, pero no un terrorista”.
Uno de los
primeros actos que los académicos definen como terrorismo se dio hace casi
siglo y medio. En 1878, en la Rusia zarista, la menchevique Vera Zasulich,
autora y traductora de la obra de Karl Marx, atentó contra la vida de Fyodor
Trepov, Gobernador de San Petersburgo. En el juicio, se le preguntó por qué
soltó el revolver antes de matar a Trepov. “No soy criminal—soy terrorista”,
respondió. Es decir, logrado el objetivo de llamar la atención, Zasulich
consideró innecesario extremar la violencia matándolo. Rapoport me dijo que en
el mundo actual no se espera que los terroristas se auto limiten como Zasulich.
Rapoport no
considera que las matanzas que han generado psicosis de terror colectivo hagan
necesario redefinir el concepto. “No, la cantidad de víctimas no es, y no creo
que jamás sea, un criterio para la definición legal de terrorismo”. Explicó que
el terror es una “reacción emocional” que toma formas diversas y que puede ser
producida por personas y circunstancias que no necesariamente llamaríamos
terroristas o terrorismo. Pese a la interpretación ortodoxa a la que se aferran
los académicos, Rapoport concede que la violencia en Las Vegas produjo un gran
terror, “aun cuando los tribunales no hubieran juzgado a su autor como
terrorista”.
Al margen de la estrecha y
contraproducente definición de las leyes y los especialistas, la masacre de
civiles en Las Vegas fue obra de un terrorista doméstico. El enemigo está en
casa. Quiera o no
reconocerlo, Estados Unidos duerme con él.
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