Diego Petersen Farah.
Se lo tenemos que agradecer a Trump.
Nunca pensé que algún día diría esto. Me siento mal por escribirlo, lo borré
tres veces. Sé que es políticamente incorrecto y yo mismo me miento la madre
por pensarlo, pero ni modo, es cierto, tenemos que agradecerle al impresentable
color naranja que por primera vez en tres décadas los economistas políticamente
correctos de este país, aquellos que han estado del lado ganador y que han
controlado todos los espacios de Hacienda, Economía y Banco de México, hoy
estén pensando fuera de la caja.
Hace un año
nadie se imaginaba un mundo sin TLC. En realidad, nadie se imaginaba que Donald
Trump iba a ser Presidente de Estados Unidos. Pero cuando se planteaba la
posibilidad el peso temblaba, los economistas temblaban, los empresarios
temblaban, los periodistas temblábamos (más por un efecto pavloviano que por
entendimiento, pero temblábamos).
Pensar en el
fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte era invocar el
apocalipsis, el comenzó se del acabose. Lo imaginado por San Juan en sus
visiones apocalípticas era cosa de niños comparado con lo que significaba para
México vivir en el destierro del paraíso de ser socio comercial de Estados
Unidos.
Hoy, esos mismos economistas
comienzan a imaginar un México sin Tratado. Algunos aseguran incluso que no
pasa nada, lo cual tampoco es cierto. El premio Nobel de Economía, Paul
Krugman, dice que de acabarse el Tratado simplemente seríamos un poco más
pobres. No es para nada una buena noticia, pero tampoco se derrumba el país.
Entramos al
Tratado de Libre Comercio en los años noventa con fe infantil. Ahora sí que,
como dice Martha Debayle, nos dejamos ir como gorda en tobogán. Pagamos el
precio, bastante alto en algunos sectores, pero pensábamos que esa era puerta
de entrada al primer mundo. Al grito de “mueran los improductivos” abrimos la
economía. Y sí, se murieron todos los que no fueron capaces de competir con los
mejores.
Hoy podemos celebrar que la economía
mexicana es mucho más competitiva, pero cometimos el peor de los errores:
basamos nuestra competitividad en salarios bajos.
La terquedad y malos modos del presidente
estadounidense nos han obligada a salir de la caja e imaginar al menos cómo
sería el país sin el Tratado. Por 30 años hemos estados atrapados en el
pensamiento único, en una sola visión y un solo camino. Hoy tenemos la
oportunidad, obligada por las circunstancias, pero oportunidad al fin, de
pensar distinto. No
se trata de tirar todo por la borda, México es otro antes y después del libre
comercio, pero con lados brillantes y otros profundamente oscuros.
El
pensamiento único suele ser muy mal consejero. De cara a la elección de 2018 se
abre el debate en serio sobre modelo económico y podemos hacerlo con un poco de
menos prejuicios. Gracias Trump (joder, lo dije otra vez).
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