Ezequiel Flores Contreras.
A dos años de haber asumido la
gubernatura, las promesas que hizo el priista Héctor Astudillo Flores de romper
círculos viciosos y dar tranquilidad, paz y justicia a los guerrerenses,
quedaron en el olvido. Su gobierno está marcado ahora por la violencia, la
impunidad y la corrupción, en una entidad donde el narco lo controla casi todo.
En marzo
pasado el obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel
Mendoza, afirmó que el gobierno de
Astudillo había pactado con el narco en algunas regiones de la entidad. Sin
embargo, agregó, la violencia no cesa porque “en el fondo hay cierta
repartición de dividendos entre ambos”.
“Por debajo de la mesa ya hay
arreglos. El gobierno y las bandas delincuenciales ya se entienden, sólo que
públicamente no lo quieren decir. La violencia sigue porque no la quieren
aplacar, porque esto del narcotráfico es un gran negocio a nivel nacional, y ni
modo que los de Guerrero sean almas puras”, expresó el obispo en aquella ocasión.
Pero Astudillo se empeña en negar la crisis que
vive Guerrero, bajo el argumento de que los más de 4 mil homicidios dolosos y
los cientos de desaparecidos durante su administración “no son turistas ni
personas famosas”.
De acuerdo
con el gobernador, la ola de violencia
“viene de años atrás”. Los culpables, dice, son sus antecesores: Zeferino
Torreblanca Galindo y Ángel Aguirre Rivero, y el interino Rogelio Ortega
Martínez.
No obstante,
con todos ellos mantiene un pacto de
impunidad, pese a que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha
comprobado que, en conjunto, los tres exmandatarios desviaron alrededor de 20
millones de pesos del Fondo de Aportaciones para la Seguridad Pública.
El dinero lo utilizaron para comprar
armamento de manera irregular y adquirir un sistema de espionaje telefónico. A
ello se suma que entre 2014 y 2015 se otorgaron contratos millonarios a
empresas particulares sin licitación de por medio.
Y este año
Astudillo se ha enfocado en impulsar millonarias campañas publicitarias para
atraer turismo a la entidad, así como a promocionar la inversión extranjera en
zonas controladas por el narco.
Mientras
tanto, grupos criminales y guardias
comunitarias supuestamente vinculadas con el narco controlan franjas completas
y mantienen zonas silenciadas en las regiones Centro, Costa Grande, Acapulco y
Tierra Caliente, donde el vacío de autoridad ha provocado que se suspenda el
derecho al libre tránsito y se ha coartado la libertad de expresión. La
sociedad, pues, vive aterrada.
Para
contrarrestar esa situación, en abril pasado Astudillo envió al Congreso local
una iniciativa para para desarmar a las guardias comunitarias e impedir que
sigan desempeñando “funciones de seguridad”, como el castigo de diversos
delitos mediante esquemas internos de justicia popular.
Con dicha
iniciativa, que permanece congelada en la Comisión Instructora de la LXI
legislatura local, el mandatario estatal
pretende inhabilitar no solo a los grupos de autodefensa que, ha dicho, están
infiltrados por el narco, sino también a la Coordinadora Regional de
Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria (CRAC-PC), que opera en la región
de Costa Chica y la Montaña.
Ante los
desaparecidos, el silencio.
En contraste, Astudillo ha hecho
mutis sobre el caso de los tres funcionarios desaparecidos desde mediados de
septiembre, cuando un grupo armado los privó de la libertad en el municipio de
Arcelia, en la región de Tierra Caliente.
Se trata del subsecretario del
Migrante, Adolfo Vergara de La Paz, y su medio hermano, Juan Salgado de La Paz,
delegado regional de la Dirección Estatal de Transportes, así como Tomás Flores
Castillo, jefe regional del Departamento de Preparatorias Abiertas de la
Secretaría de Educación estatal, según informaron a Apro fuentes oficiales que
pidieron el anonimato por temor a sufrir represalias.
El gobierno
estatal se ha negado a fijar una postura pública sobre este hecho.
De acuerdo con cifras oficiales del
Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), en
2016 se registraron 2 mil 213 homicidios dolosos en la entidad, y de enero a
agosto se contabilizaron mil 540 asesinatos. Las cifras oficiales no contemplan
los meses de septiembre y lo que va de octubre, con una tendencia de 200
homicidios mensuales.
En estos últimos 24 meses, el nivel
de inseguridad y violencia en Guerrero se mantiene igual que hace 10 años, es
decir, con un promedio anual de dos mil homicidios dolosos, y las estadísticas
oficiales reflejan un repunte en los delitos de extorsión y secuestro.
Además, las
acciones del gobierno de Héctor Astudillo Flores para garantizar la seguridad y
castigar a los responsables contradicen las recomendaciones de la asamblea
general de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre el derecho a la
libertad de pensamiento y expresión, y la seguridad de los periodistas y
trabajadores de los medios de comunicación en el continente.
Y no sólo la inseguridad sobresale en
Guerrero, el nepotismo también tiene un lugar preponderante. Por ejemplo, el
pasado lunes 16, Ricardo Astudillo Calvo, hijo del gobernador, se coló a un
acto oficial de la Secretaría de la Juventud (Sejuve) para hacer proselitismo
electoral.
Ese día, en
un evento encabezado por el propio mandatario estatal y su esposa, Mercedes
Calvo Elizundia, en su calidad de presidenta del DIF, se entregaron premios al
mérito juvenil en el auditorio “José Joaquín de Herrera”.
En
respuesta, integrantes de la organización perredista denominada Juventudes de Izquierda
(JIZ) exigieron este miércoles al gobernador que se abstenga de realizar actos
oficiales para promover electoralmente a su hijo, y a éste le pidieron “que
deje de utilizar recursos públicos con fines electorales”.
Asimismo,
exhortaron al titular de la Sejuve, Humberto Díaz Villanueva, a que se conduzca
de manera institucional y trabaje para la sociedad y no para el hijo del
mandatario.
Los negocios.
También el lunes 16, el alcalde
priista de esta capital, Marco Antonio Leyva Mena, solicitó licencia para
separarse del cargo, luego de la confrontación que tuvo con el gobernador por
el control de las ganancias que genera la recolección y reciclaje de la basura
en la región centro de la entidad.
Días antes,
el miércoles 11, Apro dio a conocer que
Astudillo y Leyva destinaron recursos millonarios para beneficiar a empresas
virtuales y a dueños de predios privados, además de que depositaron residuos
sólidos en una franja de “narco-fosas” en Iguala, con el propósito de asumir el
control del negocio de la basura.
Leyva Mena admitió que de 2014 a la fecha los
gobiernos estatal y municipal han gastado más de 62 millones de pesos en el
saneamiento de un relleno sanitario clausurado y la ejecución de dos proyectos
de tratamiento fallidos, situación que ha provocado una crisis en esta ciudad.
Incluso
reveló que el cabildo de Chilpancingo emitió un acuerdo desde el año pasado
para que el secretario de Imagen Urbana, Carlos Ramírez González, se encargue
de la recolección de basura, a pesar de que el hecho representa un conflicto de
intereses sancionado por la Ley de Responsabilidades de Servidores Públicos.
Y es que el
funcionario municipal, que gana más de 60 mil pesos mensuales y forma parte del
grupo político del gobernador, es propietario de un negocio privado de unidades
recolectoras de desechos sólidos que operan en Chilpancingo sin regulación y
cobran el servicio a la sociedad.
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