Salvador Camarena.
Antes que
nada y por sobre todas las cosas, Adolfo Lagos Espinosa es una víctima de la
violencia en México. Eso es decir mucho. O debería serlo. Una víctima es única,
es una familia rota, una tragedia universal para los suyos.
Aunque es
igualmente cierto que Adolfo Lagos Espinosa es apenas una de muchas víctimas
este año. Porque si a octubre iban 20 mil 878 homicidios en México, entonces el
promedio diario supera las 68 muertes violentas. Pero, insisto, no porque sean
muchas, demasiadas, Adolfo Lagos Espinosa es menos víctima.
Para nadie,
y menos que nadie para su familia y amigos, resulta un consuelo que en el caso
de Adolfo Lagos Espinosa la sociedad se haya conmovido ante lo absurdo de su
muerte, que hayamos sabido que tenía una buena carrera, y que tengamos la esperanza (sólo eso, esperanza) de que su
expediente no se perderá como ocurre con muchas de las carpetas que sobre
homicidios se abren en los ministerios públicos.
Ante esta muerte de 'alto impacto'
sería tonto quedarse con una explicación que no por probable o verdadera deja
de ser simplista: esa explicación que dice que a Adolfo Lagos Espinosa lo mató
la imprudencia de una de las personas que estaba encargado de cuidarle. Eso es
muy parcialmente cierto.
Porque a
Adolfo Lagos Espinosa, víctima de la violencia.
Vivimos en una gigantesca ruleta
rusa. La pistola está cargada y dispara demasiadas veces al día en cualquier
rincón de la República.
Las autoridades no se dan abasto a
levantar los casquillos de tanto disparo. Hay morgues desbordadas y fosas
clandestinas llenas de muertos no tan antiguos y otros en los puros huesos.
Ante eso, evidencia cotidiana e
incontestable de un no débil, sino raquítico entramado institucional para
prevenir y perseguir actos delincuenciales, anteponemos una solución hechiza:
dependiendo del bolsillo, contratamos alarmas y cámaras, pagamos un seguro más
amplio, algunos optan por el blindaje para vehículos, una chapa de seguridad
'inviolable', nos encerramos detrás de rejas, bardas, plumas, y detrás de la
espalda de escoltas, muchos escoltas.
Las cifras no dejan lugar a dudas. La
industria de este extravío luce boyante. Las empresas de seguridad crecieron en
el sexenio 180 por ciento, y hasta 2016 cifraban en 28 mil millones de pesos el
tamaño de su negocio (EL FINANCIERO https://goo.gl/yE32uC).
Buscamos
soluciones privadas en lugar de embarcarnos, en lo individual y en lo
colectivo, en el largo y demandante esfuerzo social que significa no dejar solo
en manos de los políticos el tema de la seguridad pública.
Sobran los
diagnósticos del desastre en las policías de todos los niveles, pero no les
hacemos caso ni ponemos manos a la obra.
Cedimos al chantaje de los priistas,
que en 2013 lograron que el tema de la violencia fuera alejado de los
reflectores y las primeras planas. Ellos sabían cómo hacerlo. Qué
irresponsables fuimos.
Quisimos creer que mientras el
gobierno 'se hacía cargo' nosotros podríamos salvarnos
solos. Porque se mataban 'entre ellos', porque a quien anda en buenos pasos no
le pasa nada, porque para qué traes una bici cara, porque a quién se le ocurre
ir al Edomex, porque en vez de defender las calles y el país entero nos hemos
resignado a perderlo de a poco a poco.
Adolfo Lagos
Espinosa, junto con decenas más, son los muertos del domingo. Los muertos de
una sociedad que no se cansa de engañarse con que el problema terminará si
gasto en cuidarme. Si hago como que el problema de todos no es mío.
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