Salvador Camarena.
Uno de los grandes retos para Claudia Sheinbaum como jefa de
Gobierno era encontrar su voz. Dicho de otra manera, definir su espacio, su
mensaje, su relación con los capitalinos que la eligieron el 1 de julio.
Al plantear esa identidad, de paso, podría aspirar a
convertirse en protagonista de nuestra política. Y algunos creen que si lograba
eso, y dada su cercanía con el Presidente de la República, podría mutar en
candidateable a suceder a AMLO.
Porque eso es parte de lo que puede dar la capital a su gobernante:
una dimensión nacional y, por qué no, hasta internacional.
Para no irnos más lejos, desde Carlos Hank hasta Marcelo, de
Cárdenas a Andrés Manuel, el Distrito Federal servía de trampolín para
aspiraciones mayores. Vaya, hasta Miguelito, luego de pasar con más pena que
gloria por la capital, se creyó el cuento que le contaban de que podía aspirar
a la grande. En fin.
Pero antes de futurear está la aduana nada sencilla del
reconocimiento de los capitalinos, impacientes como pocos en algunas cosas, más
adictos, también como pocos, a toda suerte de resiliencia.
No está fácil descifrar el entuerto, hay que conceder eso:
aguantamos más marchas que días al año, pero nunca se sabe cuándo estallará en
los chilangos un hartazgo porque de repente se consideró que algo era
demasiado, incluso en términos de los habitantes del altiplano.
Sin embargo, tampoco debe ser gran ciencia hallarle el modo a
la capital. Marcelo pudo. Andrés pudo. Encinas pudo. Vaya, hasta Rosario
Robles, que sustituyó al ingeniero Cárdenas, pudo.
Es demasiado pronto para definir si Claudia podrá o no con la
rienda de esta ciudad. Sin embargo, hay señales del modo Sheinbaum de gobernar
que no son positivas o halagüeñas.
La ciudad vive una escalada violenta. Y hay quien señala que
la actividad económica de la capital acusa los efectos de una supuesta
parálisis inmobiliaria.
Esas circunstancias, por mencionar sólo dos, no son de
sencilla resolución. Y en concreto, sobre la criminalidad, tampoco nadie puede
señalar que Sheinbaum hizo algo para desatar una crisis.
Pero lo que ambos temas tienen en común es que hoy no está
claro cómo pretende la jefa de Gobierno, además de sostener reuniones
matutinas, lidiar con esos problemas estructurales (los inmobiliarios son un
mal necesario de la ciudad: generan riqueza pero –muchas veces– depredan en el
camino).
Claudia no ha encontrado la manera de comunicar a los
chilangos que está a cargo, que sabe qué hacer, y que puede lograr una solución
al respecto.
Si lo anterior es cierto en asuntos cuya gravedad se evidencia
semana a semana, lo es también con temas coyunturales.
En la crisis de abasto de las gasolinas, Sheinbaum y su
equipo salieron tarde y mal. Fueron figuras ausentes mientras los capitalinos
desesperaban en las filas. Una vez más, el carácter del defeño mostró ese viejo
callo: todo mundo se autoorganizó a sabiendas de que con el gobierno es difícil
contar.
Y luego ha habido un par de problemáticas, que no han llegado
al punto de grandes crisis, en torno a deficiencia en servicios urbanos como lo
es el Metro sin escaleras eléctricas, o en desatención a mujeres violentadas.
En esos episodios, de nuevo, los de la nueva administración
se vieron faltos de recursos mediáticos (o habría que decir, empáticos).
Para rematar, llegaron los incendios y el mal humor se ha
instalado. La jefa de Gobierno no se enteró del malestar, o no acusó recibo del
mismo, sino hasta pasado el fin de semana.
Son demasiadas coincidencias. O, dicho de otro modo, ha
marcado en este primer semestre un antiestilo: Claudia no sale a la palestra
con oportunidad, ni con tino.
Es frente a los problemas estructurales, y es en las
tormentas inesperadas, que debiera notarse su liderazgo. Más si tenemos en
cuenta que tiene peso innegable en el Congreso de la Ciudad (37 de 66 diputados
son de su partido, si sumamos al PT y PES llegarían a 40), más si recordamos
que 11 de las 16 alcaldías son de su partido.
A estas alturas debiera quedar más que claro que es LA jefa
de la política capitalina, que su liderazgo marca la convivencia.
Pero con todo de su lado, incluido el favor presidencial,
¿alguien escucha la voz de Sheinbaum?
Su mensaje no marca el espacio, ni logra una relación con los
capitalinos. Estos, no quepa duda, se rascarán con sus uñas y capotearán
tormentas de ozono, partículas PM o agua.
Pero ¿Y Claudia? ¿En dónde quedará en ese escenario la
doctora?
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