Por Pablo Gómez.
Desde un punto de vista meramente formal Pemex está en quiebra porque debe más de lo que tiene. Pero bajo un
análisis estrictamente económico, Pemex ha sido saqueado por los gobiernos
anteriores.
Esa inmensa deuda
externa de la petrolera, que asciende a más de 100 mil millones de dólares, no
fue consecuencia de necesidades reales de la empresa, sino de una forma de
financiamiento del gasto público improductivo, la cual, por tanto, fue
inconstitucional.
Fobaproa-IPAB llegó a
alcanzar 100 mil millones de dólares de deuda (un millón de millones de pesos
de entonces), por lo que se puede decir que la “quiebra” de Pemex es una nueva
versión, sólo que este endeudamiento público no ha sido para cubrir deudas y
quebrantos de empresarios y bancos privados, sino para sufragar el gasto de
operación del gobierno federal durante los cuatro sexenios anteriores. Sin
embargo, ambos fraudes también tienen en común que el pueblo tendrá que pagar.
Como se sabe, el
débito gubernamental debe ser destinado a inversiones que produzcan
directamente un incremento en los ingresos públicos, excepto reestructuraciones
o regulaciones monetarias. Esto señala la Constitución. Para eludir fácilmente
este mandato, las sucesivas administraciones mantuvieron muy pesada la “carga
fiscal” de Pemex, obligándolo a contratar deuda soberana. Es decir, el dinero
que Pemex invertía no venía de sus propios ingresos, lo que hubiera sido
natural y nada oneroso, sino de los préstamos.
Si los impuestos de
Pemex hubieran sido fijados según el exacto nivel de sus necesidades de
operación, mantenimiento e inversión, la empresa no hubiera tenido que
contratar deuda, pero el gobierno tampoco hubiera podido financiar sus gastos
de operación, los cuales fueron aumentando con enorme velocidad a partir del
gobierno de Vicente Fox. En el fondo, se trataba de gasto político.
Se pasaba el dinero de
una caja a otra para poder elevar el gasto no productivo mientras la inversión
de Pemex se tenía que financiar con créditos en el extranjero, después de
saquear todos los días a Pemex. La Ley de Ingresos disponía una cantidad fija
diaria que Pemex debía entregar como anticipo del pago de sus contribuciones.
México cometió el mismo
error que otros países pobres del mundo: dilapidó sus excedentes petroleros en
gastos de mantenimiento político, meramente operativos, de una burocracia
costosa y parasitaria, así como en subsidios, muchos de los cuales eran
innecesarios. A esto hay que agregar la inmensa corrupción que llevaba ríos de
dinero hacia las cuentas de gobernantes, funcionarios y contratistas.
Los sucesivos gobiernos
decían que el dinero procedente del petróleo debía ser destinado a cubrir las
necesidades de gasto de “todos los mexicanos…”. Pero esa afirmación era una
mentira. Gran parte del dinero procedente del petróleo se estaba usando en
sufragar el gasto administrativo del gobierno, en lugar de usarlo en
inversiones productivas, petroleras también. La tolerancia hacia la elusión y
la evasión fiscal era menos problemática porque más de un tercio del
presupuesto se cubría con los excedentes petroleros. En síntesis, todo fue un
esquema parasitario hecho por parásitos.
En los últimos años,
ante la crisis de la deuda pública y bajo la política de extinción de la
empresa por quiebra total, Pemex tuvo que reducir drásticamente sus
inversiones. Cayó la producción y la petrolera fue presentada como el fracaso
más grande, aunque corrupción y huachicol seguían hacia arriba.
El nuevo gobierno está
ahora entregando recursos frescos a Pemex, ha rebajado parte del pago de sus
derechos fiscales y autorizó una reconversión de deuda. Se ha evitado más del
90% del robo de combustibles. Si Pemex continúa invirtiendo para producir más,
el fisco podrá ir poco a poco regresándole lo que le debe con el fin de hacer
de esa empresa una plataforma de crecimiento y desarrollo.
Al mismo tiempo, la
producción de refinados es una tarea de Pemex por una razón: México no debe
depender (al menos no casi totalmente como ahora ocurre), de las importaciones
de gasolinas y gas porque en el momento en que hubiera problemas en el
suministro, la economía del país podría paralizarse. Nadie, en serio, podría
sostener que México deba seguir trayendo de fuera el 90% de las gasolinas.
El esquema elaborado
por la convergencia política PRI-PAN en la “reforma energética” incluyó el plan
para que compañías extranjeras trajeran las gasolinas. Pero eso no cambiaría en
nada la situación. Quizá la complicara.
No existe energético
más caro que el que no se tiene. Así han pensado los estadunidenses desde hace
años en su política de alcanzar la autosuficiencia en hidrocarburos. Ya casi lo
logran, aunque deban producir petróleo y gas más caros. ¿Y México? ¿En qué es
distinto en ese aspecto? Estados Unidos tiene el más poderoso ejército para ir
a buscar el petróleo a donde sea, pero eso ni por asomo lo podría intentar
México.
Moody´s afirma que Dos
Bocas costará más de 10 mil millones de dólares y no los ocho mil calculados
por el gobierno, lo cual ha de generar, dice, un boquete fiscal. Se basa en la
falta de experiencia nacional en la construcción de refinerías, pero no explica
dónde está la experiencia propia de esa “calificadora” de riesgos en la
presupuestación de complejos petroleros. Sean ocho mil, 10 mil o más, el
gobierno de México tiene que hacer lo que sea necesario, para lo cual no se
requieren empresas calificadoras porque no es un asunto meramente financiero
sino estratégico, un problema de Estado.
Eso nos lleva a un tema mucho más complejo: más allá de los
viejos conflictos regionales históricos, la
globalización no está evitando del todo nuevas contradicciones internacionales.
Los desbalances del comercio han vuelto al escenario, como lo indica la
“guerra” arancelaria de Estados Unidos contra China, así como otras medidas
tomadas en contra de diversos países, incluido México.
Al mismo tiempo, Estados
Unidos ha recrudecido su capacidad de bloqueo comercial y financiero contra
aquellos países considerados como amenazas o sencillamente de gobiernos
“indeseables”.
Pasar de la “guerra
arancelaria” a los bloqueos comerciales y financieros requiere tan sólo un
paso. ¿Hasta dónde podrían llegar los conflictos dentro de la modernísima
globalización? ¿De qué manera y hasta qué punto se podría descomponer la
libertad mundial de comercio y circulación de capitales? En verdad no lo
podemos saber, sino sólo sospechar. Por lo pronto, Dos Bocas debe ir adelante y
luego averiguamos.
Así se trabajan estos temas.
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