Raymundo
Riva Palacio.
La vida en
Morelos no vale nada. Por cinco mil pesos, un joven mató a dos personas, a
plena luz del día, a un costado del Palacio de Gobierno en el centro de
Cuernavaca. Era una apuesta –la muerte o la cárcel como alternativas opuestas–
que jugó con la esperanza de huir. Fracasó en este intento, pero tuvo éxito
para subrayar las condiciones de inseguridad en ese estado, donde el ecosistema
de impunidad es parte del paisaje local. El gobernador Cuauhtémoc Blanco
declaró estar muy enojado, en una reacción emocional. Tampoco hay que
sorprenderse. Blanco llegó a la gubernatura no por su talento político, sino
como parte de una manipulación de políticos para hacerse del poder,
aprovechando la popularidad del exfutbolista, por quien se volcaron en las
urnas. El desastre de Morelos, en ese sentido, es una culpa colectiva.
Blanco está
gobernando un estado difícil, al ser parte del corredor del narcotráfico que se
extiende de la Ciudad de México hasta Acapulco, que desde hace una década ha
sido un botín disputado por organizaciones criminales. Las autoridades
estatales han identificado células de cuando menos cinco grupos
delincuenciales, de presencia nacional, como el Cártel Jalisco Nueva
Generación, y local, como el Comando Tlahuica, enfocado en el control del
sistema de agua potable y el alcantarillado de Cuernavaca –un negocio de 300
millones de pesos anuales. También se encuentran los violentos grupos
regionales Los Rojos, Guerreros Unidos –que tiene una estructura y niveles de
operación que permiten considerarlo como un cártel– y La Familia Michoacana.
Morelos no
era un estado de criminalidad atomizada, pero la degradación en los sistemas de
seguridad y un gobierno incompetente dispararon el fenómeno desde octubre de
2018, cuando Blanco llegó a la gubernatura. Desde entonces, la espiral de
inseguridad se volvió incontenible. Se incrementaron los homicidios dolosos, el
robo, los secuestros y las extorsiones, particularmente en la zona sur del
estado, donde personas que conocen la entidad reportan que los alcaldes son
víctimas preferidas de los criminales, así como los comerciantes a quienes
cobran derecho de piso. Si no pagan, dicen estas personas, balacean e incendian
los locales, o privan de su libertad a los propietarios para asesinarlos como
mensaje de escarmiento para quien desee imitarlos.
Los homicidios
dolosos, que son delitos de alto impacto, crecieron 36 por ciento en el primer
trimestre de este año, comparado con el mismo periodo en 2018, y solamente
entre diciembre de 2018 y marzo de 2019, se elevaron 10 por ciento, lo que
refleja el desbordamiento del crimen ante la inoperancia gubernamental. Morelos
es el sexto estado donde más crecieron los homicidios dolosos, después de Nuevo
León (103.87 por ciento), Quintana Roo (71.79 por ciento), Tabasco (69.60 por
ciento) Sonora (46.05) y Jalisco 45.57. La organización Semáforo Delictivo
llegó a contabilizar uno de estos crímenes cada hora.
La alta
incidencia delictiva supera los máximos alcanzados en el anterior gobierno de
Graco Ramírez, que desataron protestas callejeras y marchas continuas. Ello,
pese a que la cifra negra de delitos es muy elevada. De acuerdo con el Inegi,
sólo 10 de cada 100 delitos son denunciados, ante la falta de confianza en las
autoridades y la ineficiencia arrastrada en obtener sentencias condenatorias.
La mala gestión de Blanco es el principal factor al que le atribuyen en Morelos
la crisis de seguridad. El gobernador no es quien toma las decisiones de fondo,
sino su jefe de Oficina, José Manuel Sanz, que acompañó a Blanco desde que era
alcalde de Cuernavaca.
En el poder
estatal, Sanz ha sido el arquitecto de la ruptura de la coordinación entre las
corporaciones de seguridad estatal y municipales, en donde anuló a las
alcaldías al imponer un modelo donde el gobierno del estado concentra todas las
funciones de seguridad pública y tránsito, incluyendo los ingresos derivados de
las multas. El resultado ha sido el desinterés de los alcaldes en cooperar en
materia de seguridad o, como es el caso del presidente municipal de Cuernavaca,
Antonio Villalobos, de enfrentamiento total. Blanco no tiene buena relación con
él, a quien considera cercano al exgobernador Ramírez, y que cuando no pudo
impedir que tomara posesión, cerró la Presidencia Municipal y lo obligó a
rendir protesta en la calle.
Los
problemas políticos de Blanco, que se reflejan en el resto de su gestión y del
ataje rápido de problemas como el de la seguridad, se extienden dentro del
gabinete y con sus aliados políticos. Uno de los choques más significativos es
con el fiscal –que asumió en el gobierno de Ramírez–, Uriel Carmona Gándara, a
quien ha buscado destituir, pero no ha podido negociar su salida con el
Congreso local. Esta falta de respaldo político está asociado con otra disputa
en la que se embarcó el gobernador actual con sus aliados de Morena, y en
particular con la presidenta nacional, Yeidckol Polevnsky, con quien se peleó
públicamente.
Blanco es
uno de los gobernadores más incompetentes, con problemas de seguridad y
gobernabilidad. Sin embargo, no es el principal culpable del desastre en
Morelos. Un partido local, el Socialdemócrata, lo hizo su candidato –reportes
en la prensa morelense hablan que a cambio de siete millones de pesos– para
alcanzar el poder. Tras ganar la alcaldía se pelearon y Blanco fue reclutado
por Encuentro Social como su candidato a gobernador. Ese partido le añadió el
apoyo del hoy presidente Andrés Manuel López Obrador, y en su conflicto con
Ramírez, el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, también lo
respaldó.
Blanco y
Sanz están peleados con todos, sin encontrar salida a los problemas. La
inseguridad los está devorando. Y los responsables de que sea gobernador están
irresponsablemente callados, mientras Morelos, que no parece importar fuera de
procesos electorales, se pinta de rojo.
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