Por Gustavo
De la Rosa.
Para la mayoría de los mexicanos, la
corrupción representa el mayor obstáculo para el desarrollo del país y la
equidad social.
Durante los
31 años de lucha (desde 1988), y los 12 años de campaña por la Presidencia de
la República, por la nueva transformación del país y en busca de nuevos modelos
de producción, educación, redistribución de la riqueza, movilidad social, y de
mejores oportunidades para todos los mexicanos, quienes participábamos en ese
esfuerzo teníamos una idea ingenua de lo que significaba el combate a la
corrupción.
No comprendimos cabalmente qué cosa
había crecido tanto en los últimos 80 años o cómo se había consolidado como
sistema de transferencia de recursos del Estado a los plutócratas nacionales y
extranjeros, ni que esa raíz clavada en el alma de la economía mexicana no iba
a extirparse fácilmente. Hoy enfrentamos resistencia de estos grupos, con sus
riquezas y poderes construidos sobre el pantano de la corrupción que cubre todo
el país.
Vimos cómo, en los últimos 12 años de
guerra, los delincuentes se volvieron audaces y ahora carecen de escrúpulos al
establecer su poder o defenderlo; son capaces de asesinar, secuestrar y
extorsionar a los ciudadanos, aterrorizándolos; pero nunca habíamos visto que
un grupo de delincuentes se atreviera a expresarse tan claramente como
propietario de los bienes de la nación, ni que se atreviera a amenazar al
Gobierno con generar un caos mayor si no comparte con ellos parte de la
riqueza, como lo han hecho los ubicados en el núcleo duro de la delincuencia huachicolera.
No tienen empacho en declararse dueños de Salamanca y de los ductos que
trasladan los energéticos de Petróleos Mexicanos.
Ese descaro viene de toda una
práctica repetida durante años, pues ahora sabemos que buena parte de la
delincuencia huachicolera se encontraba trabajando precisamente en la
paraestatal más importante de México; tanto tiempo se adueñaron ilegalmente del
petróleo que llegaron a creer que eran sus dueños auténticos, y ahora se
sienten agredidos cuando el Estado reclama su propiedad original.
Es una situación similar a la que
viven los secuestradores cuando detienen a su víctima y exigen una cantidad por
su libertad, pues se convencen que el dinero que deben pagar los familiares de
la víctima ya les pertenece a ellos y es una obligación de los parientes
conseguirlo. Esta convicción, de ser los dueños del rescate desde antes de
recibirlo, los vuelve más feroces porque han torcido tanto sus valores que
ahora creen que tienen el derecho a ejecutar al detenido si no les pagan.
Por esto los mexicanos corruptos
creen que tienen derecho a llevarse el dinero de las arcas públicas y hacer
negocios ilícitos con la información e influencia adquirida desde su posición
política, y por eso se resisten ferozmente a abandonar sus prácticas y a realizar
una reflexión sobre sus actos ilegales y sus conductas de abuso del poder, y al
desarrollo de las nuevas políticas anticorrupción del actual Gobierno de Andrés
Manuel López Obrador.
Sólo así se explica que el incremento
en los homicidios cometidos durante el régimen nuevo esté caracterizado por un
alto grado de cinismo, atrevimiento y ferocidad; los delincuentes están
convencidos de que están actuando correctamente en este país corrompido, donde
unos delincuentes con oficina gubernamental los encubren y administran la
distribución de las ganancias ilícitas.
Para los individuos criados y
educados en la sopa de la corrupción es incorrecto, casi una traición, que el
Estado, dirigido por Andrés Manuel, trate de quitarles sus negocios, ganancias
y utilidades, ¿quién se ha creído el pejelagarto para venir a cerrar nuestras
fuentes de empleo? Esa es la lógica de los integrantes de los grupos delictivos
en este país, y por eso resulta tan difícil enfrentar y tratar de terminar con
la corrupción en México: ha alcanzado todos los niveles.
Aquí dos ejemplos locales de la resistencia que
oponen los corruptos a los esfuerzos por limpiar algunas dependencias
caracterizadas por sus malas prácticas, en este caso el departamento de
tránsito y la aduana fronteriza.
El nuevo director de tránsito tomó
decisiones para mejorar el servicio de la dependencia, pero encontró que la
mejoría del servicio tenía que pasar por una serie de medidas anticorrupción;
mientras eran palabras, planes y pequeñas acciones no tuvo grandes problemas,
pero cuando se trató de llevar a la práctica los cambios, que significaban
reducir importantes áreas de corrupción sistemática, ha tenido que enfrentar a
un dragón formado por buena parte del cuerpo de agentes de vialidad.
En circunstancias similares se ve la
nueva administradora de la Aduana fronteriza, pues al no llegar con toda la red
de control, administración y reparto de los ingresos ilegales producidos ahí en
los últimos 100 años, se vio rebasada por las estructuras cotidianas del contrabando
durante sus primeras semanas de trabajo. Conforme ha ido tomando control de las
áreas que facilitan el contrabando, la reacción contra ella ha sido concertada
por todos aquellos que habían construido negocios derivados de él. Diariamente
la agreden en los pasquines digitales, la amenazan y exclaman a voz en cuello
múltiples negociantes: “con esta mujer no se puede trabajar”, “es que no sabe
hacer su trabajo”, “no sabe que cerrar la Aduana a nuestra forma de trabajar,
es sacarnos del mercado”, “así no podemos competir con
nadie, no entiende que ahí hay dinero para todos”.
¿Por qué actúan así los agentes de
tránsito corruptos y los contrabandistas? Porque la corrupción es tan vieja y
tan profunda que ellos creen que les ha dado el derecho a vivir fuera de la
ley. Por eso Andrés Manuel está enfrentando tanta oposición y resistencia a la
implementación de las nuevas políticas para transformar el país.
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