Por Guadalupe Correa-Cabrera.
Hace algunos días,
el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se declaró en contra de
continuar con la Iniciativa Mérida, o el plan de cooperación antinarcóticos
entre México y Estados Unidos que se vincula al tema de la seguridad en nuestro
país. En este contexto, se plantea, además, la necesidad de reformular el
combate al tráfico de drogas y reducir los niveles de consumo de éstas a través
de eliminar la prohibición a las sustancias que hoy son ilícitas. Lo anterior
forma parte del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que propone “reorientar
los recursos actualmente destinados a combatir [el] trasiego [de drogas] y
aplicarlos en programas de reinserción y desintoxicación”.
La propuesta del
Gobierno mexicano ha recibido fuertes críticas por parte de la oposición y de
algunas organizaciones de la sociedad civil especializadas en los temas de
seguridad y que surgieron al amparo—o que trabajaron cerca—de las dos
administraciones anteriores. Algunos advierten sobre los riesgos de poner fin a
la Iniciativa Mérida, enfatizando sus supuestos éxitos y alertando sobre los
posibles peligros de terminar con este tipo de cooperación que ellos consideran
clave para mejorar la seguridad del país. Destacan el hecho de que a través de
este programa de cooperación, México adquirió equipo muy necesario para
enfrentar a la delincuencia organizada, al tiempo que recibió valioso
asesoramiento para mejorar la infraestructura en el Poder Judicial.
Quienes apoyan la
Iniciativa Mérida hacen énfasis en la supuesta capacidad institucional que se
generó de la mano de Estados Unidos y consideran la ayuda como fundamental para
el combate exitoso al crimen organizado en México. Ellos nos recuerdan que este
acuerdo de cooperación fue mucho más que una estrategia anti-drogas y destacan
la versión oficial de que la iniciativa vino por parte de México y que el
programa se dio en el marco del reconocimiento de una “responsabilidad
compartida”.
Ciertamente, la
Iniciativa Mérida no fue exclusivamente una estrategia bilateral de combate a
las drogas. Los cuatro pilares de la Iniciativa son los siguientes: I) Afectar
la capacidad operativa del crimen organizado; II) institucionalizar la
capacidad para mantener el Estado de Derecho; III) crear la estructura
fronteriza del siglo XXI; y IV) construir comunidades fuertes y resilientes. Un
enfoque en el desarrollo institucional y la inclusión de la sociedad civil
parecen haber sido partes integrales del acuerdo.
No obstante lo anterior, es preciso reconocer el hecho de que, como lo haría cualquier otro
país en el mundo, Estados Unidos decidió participar en un programa de este tipo
por así convenir a sus intereses. Desde que Nixon declara en 1971 su “guerra
contra las drogas”, Estados Unidos ejerce una enorme presión e influencia sobre
otros países del hemisferio Americano, que abona a la prohibición de los
estupefacientes en esta región y a la criminalización de su oferta y trasiego.
Este país ha gastado billones de dólares en programas de cooperación
anti-drogas enfocados en el descabezamiento de los denominados “carteles de la
droga” (kingpin strategy) y, más recientemente, en la militarización de la
lucha anti-narcóticos. Lo anterior representa para Estados Unidos grandes beneficios,
entre ellos: una mayor capacidad de control geoestratégico en el continente
americano y mayores ventas de armamento que benefician a su economía.
Parece entonces
adecuado afirmar que la Iniciativa Mérida no se hubiera dado en un esquema
distinto al de la prohibición actual que encabeza la Unión Americana. Lo
contenido en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 y la propuesta de
terminar con Iniciativa Mérida en su modalidad actual, redirigiendo los
recursos asignados hacia el desarrollo de proyectos de infraestructura en el
sur de México, representa una propuesta de transformación radical en la
cooperación bilateral en materia de seguridad. Evaluando los resultados
efectivos del esquema actual de prohibición y militarización de la estrategia antinarcóticos
con un enfoque en las cabezas de los carteles, un cambio fundamental de los
esquemas de cooperación entre México y Estados Unidos parecería bastante
apropiado y lógico.
La Iniciativa Mérida avala, refuerza y complementa la denominada “guerra contra las drogas”
o militarización de la seguridad en México con un enfoque en los capos de la
droga que inició Felipe Calderón y que ha continuado hasta nuestros días. Si
analizamos bien los resultados de la estrategia en general, podríamos hablar de
una cooperación definitivamente fallida, pues los indicadores de homicidio y
violencia se encuentran en sus niveles más altos de la historia contemporánea.
Además, el contubernio entre las autoridades y el crimen organizado ilustran la
debilidad del Estado de Derecho y la fragilidad de las instituciones mexicanas
de procuración de justicia. Lo que es peor, no obstante los recursos
millonarios que se han invertido en el combate al narcotráfico, hoy en día
Estados Unidos vive una de sus peores crisis de adicciones y el comercio de
estupefacientes se ha mantenido intacto, diversificándose y adaptándose
exitosamente a las nuevas condiciones del mercado.
El costo que ha pagado
México por una guerra que nunca debió haber hecho suya es exorbitante. Más de
200 mil muertos en doce años, decenas de miles de desaparecidos y la
disfuncionalidad del sistema de procuración de justicia mexicano hacen
necesaria una transformación radical de la estrategia de seguridad en México y
una redefinición de los paradigmas para la cooperación con Estados Unidos. Los
altísimos costos que ha pagado México en términos de recursos materiales y
vidas humanas parecen dar la razón al actual Presidente de México: debemos
terminar con este programa y buscar nuevos esquemas de colaboración con nuestro
vecino del norte. Nuestro país pagó muy caro el apoyo que Estados Unidos le dio
condicionado y a cuentagotas. En pocas palabras, Iniciativa Mérida representó
para nuestro país muchos garrotes y pocas zanahorias.
La estrategia de
seguridad mexicana en el marco de la cooperación anti-narcóticos con Estados
Unidos ha sido hasta la fecha fallida, por decir lo menos. ¿Por qué no
cambiarla? Tenemos ahora una multitud de células criminales operando como
sistemas complejos adaptativos. El tema de la corrupción y la protección que
brindan autoridades gubernamentales a entes criminales son aspectos delicados.
Nuestro principal problema no son las drogas, sino estos grupos fuertemente
armados que extraen rentas de los ciudadanos y negocios mexicanos. El tema de la
Guardia Nacional es complejo y controvertido. La militarización inicial de la
estrategia alentó la militarización criminal a niveles nunca antes vistos. No
parece ser factible en este momento la “seguridad sin guerra” o, mejor dicho,
la seguridad sin militarización policial. Es irónico pero es real y la idea de
la Guardia Nacional no fue del todo descabellada.
De lo que sí podemos
prescindir es de la prohibición y de la cooperación con Estados Unidos en sus
término, bajo sus reglas y para proteger sus intereses. Apoyo, sin condiciones,
al Presidente de México para dar fin a la irracional “guerra contra las drogas”
y la fracasada Iniciativa Mérida.
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